
Resultaba igualmente sospechosa la coincidencia entre la desindustrialización de las regiones americanas y el proceso de la revolución que se llevaba a cabo en Europa, en especial con respecto a la industria textil inglesa. El virreinato significaba un cambio sustancial para una ciudad que, desde sus orígenes, había sido considerada por sus habitantes como la más pobre. En 1626, en una nota del Cabildo que: “muchos españoles, por falta de capa y manto no oyen misa ni salen de sus posadas, ni lo hacen sus hijos por no tener camisa”. Enfrentados al problema de la falta de abastecimiento, los pobladores de Buenos Aires se habían dedicado al contrabando, que les proporcionaba dinero fácil y que llegó a estar casi institucionalizado. Desde entonces se evidenció una profunda diferencia entre las ciudades del interior, que vivían de su trabajo, con costumbres tradicionales y aristocráticas y divisiones sociales muy marcadas, y la plebeya población de Buenos Aires, sin títulos de nobleza ni aspiración a tenerlos. Así fue naciendo una activa y bien definida clase media, que se beneficiaba del comercio ilegal. La importancia que fue tomando Buenos Aires a partir de la creación del virreinato impulsó muchas desigualdades en el desarrollo del resto de las provincias, porque acentuaba la desindustrialización del’ interior, proceso que de hecho había comenzado en el siglo XVII, con la llegada de los borbones al trono de España, a partir de una política centralizadora.
Hasta ese entonces, las poblaciones del interior, imposibilitadas, debido al monopolio español, de comerciar libremente con otros puertos europeos, y carentes de atención regular por parte de España, habían abastecido a Buenos Aires con sus productos y manufacturas. Si bien proveían una producción moderada, esta era suficiente para el mercado interno e incluso algunos excedentes eran exportados. En este marco sobresalía la industria textil artesanal y doméstica, dado que en todas las poblaciones del interior existían telares familiares y, en algunos lugares talleres coactivos donde se hilaba la lana, el algodón, el cáñamo y hasta la seda. Esta unidad económica entre Buenos Aires y el interior mantenida aun a pesar del contrabando se quebró abruptamente con la aplicación del Reglamento de Libre Comercio de 1778, que implicaba la libre internación de las mercaderías provenientes de barcos españoles, a través del puerto de Buenos Aires. La inauguración de la Aduana en 1781 fue la consecuencia inmediata de este reglamento, e implicó tanto la prosperidad de la ciudad como el deterioro de las industrias del interior por la competencia de los productos extranjeros, reemplazándose entonces los tejidos del Alto Perú, Catamarca y Corrientes, por los provenientes de Inglaterra. Esto se evidencia, por ejemplo, en dichos de protagonistas de la época. Mariquita Sánchez de Thompson y de Mendeville escribía en una de sus cartas de 1854: “Yo he conocido a estas pobres provincias, ricas y más industriosas que Buenos Aires. La independencia ha sido para ellas la ruina”.
Si bien las disposiciones fundamentales del Reglamento se fundaban en la exclusividad de los barcos de nacionalidad española para acceder al puerto con sus mercaderías, pronto los ingleses aprendieron a eludirlas. El traspaso se hacía desde sus propios barcos a testaferros españoles, que cambiaban sus banderas en las costas brasileñas y recuperaban su nacionalidad de origen al término de estas operaciones comerciales. La prosperidad de Buenos Aires podía palparse en las nuevas obras, como la alameda junto al río, la Plaza de Toros y la fundación del Teatro de la Comedia, realizadas bajo el gobierno de Vértiz y que servían como marco a las clásicas tertulias de la enriquecida clase mercantil, que formaba el grupo social principal. Como señalara Concolorcorvo, “los honrados tenderos se hacían traer pelucas de Francia y ensayaban reverencias que resultaban un poco fuera de lugar en la corte del Virrey. Con todo, la frecuentación del mundo oficial les dará una alta idea de sí mismos y el empaque que solo ostentan las aristocracias del aluvión”. El estallido de la Revolución Francesa causó un fuerte impacto en las colonias, aunque las noticias llegaban tarde al Río de la Plata y solían ser contradictoras. Mientras tanto, en la época de Carlos iv, una España en decadencia que dependía cada vez más de Francia alentaba a los ingleses en sus propósitos de apropiarse de las colonias.
En octubre de 1809 y guiado por la necesidad, el virrey Cisneros dicta la libertad de comercio con Inglaterra y los países americanos. Mientras tanto, los comerciantes ingleses no habían perdido el tiempo: en una invasión menos espectacular pero más efectiva, importaron la actitud de la alta clase inglesa hacia el comercio. Sus nuevas armas fueron espléndidas fiestas como la ofrecida por M. Robertson, contada por Santiago Calzadilla en Las beldades de mi tiempo: “Se hizo el baile para corresponder a la sociedad a la que pretendían incorporarse, tomaron para eso el patio de Las Rancherías y, preparándolo regiamente con todo lo confortable del hogar inglés, dieron la fiesta con tal lujo que repercutió en Londres y hasta el Times dio cuenta de ella. Entre las originalidades y bellezas del tocador de las damas, se encontraban en el toilette una gran cantidad de zapatitos de baile de raso blanco, para el caso de que alguna necesitase cambiar el que llevaba, porque había pocos carruajes. Al terminar la noche y como eran tan lindos, hubo una repartición general y se los llevaron entre obsequios de dulces y flores; de allí muchos enlaces.”
