Del corsé a la minifalda: un siglo de moda escrito en el cuerpo

Cada década del siglo XX rediseñó la silueta femenina, empujada por las guerras, las crisis y un puñado de diseñadores que cambiaron las reglas.

La forma del cuerpo vestido cambió en el siglo XX tantas veces como el mundo que lo rodeaba. Entre la silueta en forma de S de 1900 y las tribus urbanas de los años 2000, la moda femenina pasó del armazón rígido a la libertad de movimiento, ida y vuelta, al ritmo de los conflictos bélicos, los desplomes económicos y las pasarelas que imponían cada giro. La historia de esos cambios se lee mejor en las siluetas que en las fechas.

1900, la silueta S y el corsé que moldeaba a la fuerza

El siglo abrió con la silueta S, llamada así por el corsé que empujaba el pecho hacia arriba, estrechaba la cintura y dejaba caer la falda en forma de campana hasta el suelo. Los vestidos seguían siendo largos, las plumas y los encajes hacían furor y los grandes sombreros se cargaban de adornos. Hacia 1908 la línea se hizo más recta y llegó una oleada de orientalismo de la mano de Paul Poiret y los ballets rusos. En paralelo, el mundo laboral empezaba a incorporar el traje sastre y el corte de influencia masculina para las mujeres.

Los años veinte, el pelo corto y el fin del talle marcado

La Primera Guerra Mundial aceleró la comodidad: las faldas treparon hasta media pantorrilla y el corsé desapareció, en parte porque las mujeres ocuparon los puestos de trabajo que dejaban los hombres. De ahí nació la silueta andrógina de los años veinte, cuando el talle bajó hasta las caderas, el sombrero cloché se cerró sobre la cabeza y las mujeres se cortaron el pelo por primera vez. Fue también la década en que el maquillaje dejó de ser exclusivo de artistas para entrar en el bolso de cualquiera, con la polvera y los pintalabios que popularizó la cosmetóloga Helena Rubinstein. Las jóvenes más atrevidas bailaban jazz hasta el amanecer con los labios rojos y los ojos sombreados.

La crisis, la guerra y la vuelta a la cintura.

El crac bursátil de octubre de 1929 cerró el optimismo. En los años treinta la cintura volvió a su lugar natural, las faldas se alargaron por debajo de la rodilla y, desde 1935, los hombros marcados dibujaron un triángulo invertido. La Segunda Guerra Mundial militarizó el vestido: tejidos pobres, trajes de chaqueta como uniforme de ciudad y una escasez tal de materiales que se dictaron leyes para reglar el largo de las faldas. Las medias se volvieron un lujo, se impusieron los pantis y los zapatos topolino de corcho.

El New Look de Dior y el regreso del reloj de arena

En 1947, el New Look de Christian Dior desarrolló el esplendor con una silueta de reloj de arena —cintura estrecha y curvas voluminosas— sostenida por sostenes cónicos y corsés ajustados. La mujer quería frivolidad y prendas femeninas que no parecieran versiones civiles del uniforme, y las curvas se volvieron el nuevo símbolo de belleza. Junto a Dior brillaron Coco Chanel , Cristóbal Balenciaga , Hubert de Givenchy , Nina Ricci , Pierre Cardin y Elsa Schiaparelli , que definieron una década dorada del diseño.

1965, la minifalda que llegó desde Londres

La revolución de los sesenta empujó por la borda el lujo burgués y trajo ropa cómoda y juvenil, sin sombreros ni guantes de vestir. En 1965, la diseñadora Mary Quant lanzó en Londres la minifalda, que se impuso a toda velocidad entre las jóvenes del mundo, y desde 1966 los estampados de flores, mariposas y pop-art invadieron las prendas. Los setenta llevaron esa libertad más lejos con pantalones de campana, blusas de algodón y el reemplazo del algodón por la lycra. Más tarde llegarían la ropa interior visible como bandera de liberación y, hacia fin de siglo, los piercings, los tatuajes y los tintes de pelo.

El cierre del siglo trajo internet y la posibilidad de encargar prendas a cualquier punto del planeta, lo que empujó a la moda hacia una uniformidad universal. La respuesta no tardó: ya en los años 2000, las tribus urbanas se convirtieron de nueva la ropa en una marca de identidad, prueba de que el péndulo entre parecerse y distinguirse nunca dejó de moverse.