La elegancia en la moda masculina

La creciente popularidad de los vestidos más simples y funcionales en la Francia de esa época fue debida en parte a la “anglomanía”, una fascinación por todo lo inglés que entonces imperaba en la cultura francesa. Las primeras señales de anglomanía en el atuendo masculino pueden encontrarse en los últimos años del reinado de Luis XIV, y posteriormente en el femenino, a partir de 1770. Cuando la costumbre inglesa de pasear por la campiña y disfrutar del aire libre se popularizó entre los franceses, apareció el vestido arremangado por los bolsillos (robe retroussée dans les poches) como estilo de moda para la mujer. Las faldas se arremangaban a través de los cortes laterales para los bolsillos y colgaban por detrás en una práctica disposición. Este vestido fue creado originalmente para las mujeres trabajadoras como prenda para trabajar y andar por la ciudad. Según este estilo, la parte trasera de la falda se sujetaba con cordones y quedaba dividida en tres partes drapeadas. Polonia fue dividida (por primera vez) en tres reinos en 1772, y se dice que el término “vestido a la polonesa” se deriva de este hecho político. Cuando los pliegues del centro de la parte posterior del vestido se cosían hasta la cintura, entonces se llamaba vestido a la inglesa (robe à l’anglaise) o al estilo inglés. Consistía en un vestido de cierre frontal y una falda que sobresalía por debajo del corpiño posterior, de forma puntiaguda en el extremo inferior. Más tarde, durante el período de la Revolución, se le incorporó un pero y una falda, y quedó transformado en un vestido de una sola pieza llamado vestido redondo.

Durante el siglo XVII fueron apareciendo constantemente nuevos trajes para hombre, vistosos y ornamentados, pero en el XVIII la moda masculina se hizo más estable y menos estridente. El habit à la française, un terno francés típico del siglo XVIII, consistía en una casaca (habit, llamada justaucorp: en el siglo XVII) que gradualmente fue adquiriendo una forma más ajustada, así como un chaleco y un calzón. Una camisa blanca, una chorrera, el pañuelo para el cuello y un par de medias de seda completaban el atuendo masculino. Los colores vivos, los bordados intrincados, lo; botones decorativos y las complejas chorreras para cuello, pecho y bocamangas fueron elementos importantes para los caballeros que seguían el estilo rococó. En particular la casaca y el chaleco del típico terno a la francesa eran cuidadosamente bordados con hilos de oro, plata y colores varios, así como lentejuelas y falsa perderla. Durante esa época existieron muchos talleres de bordado en París. El tejido para casacas y chalecos muchas veces se bordaba antes de su confección, para que los hombres pudieran elegir sus dibujos preferidos y después encargar el traje confeccionado a su medida.

La anglomanía, evidente en los ternos masculinos franceses desde finales del siglo XVII, siguió estando de moda. Por ejemplo, la casaca inglesa con cuello (redingote) para montar a caballo fue adoptada a modo de atuendo urbano como alternativa a la casaca francesa. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, apareció la versión francesa de la levita, que se llamó frac. Se trataba de una chaqueta con el cuello hacia abajo, generalmente confeccionada con tejido de un único color. En vísperas de la Revolución se pusieron de moda los dibujos a rayas, mientras que la pasión por los intrincados bordados para los trajes masculinos desaparecía. Debido al gusto inglés por la simplicidad, el frac siguió siendo una prenda estándar de vestir a lo largo del siglo xIX, junto con los pantalones que en su momento sustituyeron a las calzas.

Exotismo: chinería e indiana

Hacía tiempo que los europeos sentían gran curiosidad por los diversos productos importados de Oriente. En el siglo XVII, la importación de notables artículos decorativos chinos produjo una nueva forma de exotismo y generó una afición por la chinería (chinoiserie). En las residencias de los aristócratas, la sala de estar solía estar decorada con insólitos muebles y porcelanas chinas, y en el jardín no era raro encontrar un pequeño cenador y una pagoda. La indumentaria también reflejó esta influencia china. Concretamente los tejidos de dibujos asimétricos y las combinaciones inusuales de colores se hicieron populares en esa época. La curiosidad por los pintorescos detalles culturales y la variedad fomentó el interés por las sedas exóticas, los bordados ungen, las rayas de Pequín y el nanquín (algodón amarillo procedente de Nanquín, China). En cuanto a los accesorios, los abanicos plegables orientales, que habían sido complementos importantes de la moda europea desde el siglo XVI, se convirtieron en elementos imprescindibles para completar el “conjunto chino”. Los europeos no concedieron a Japón una identidad cultural diferenciada hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando la tendencia del japonismo cobró auge en Europa. No obstante, en épocas tan tempranas como el siglo XVII y el XVIII, la Durch East India Company ya importaba kimonos japoneses que los hombres europeos llevaban como batines para estar por casa. Como el suministro de auténticos kimonos japoneses importados era limitado, aparecieron los barines orientales confeccionados con indiana (muselina india) para ayudar a satisfacer la demanda. En Holanda los llamaban japonsche rocken, en Francia, robes de chambre d’indienne y en Inglaterra, banianos. Debido a sus características exóticas y a su relativa escasez, se convirtieron en símbolo de un estatus social y económico elevado. La tela indiana, un tejido pintado o estampado hecho en la India, se convirtió en algo tan popular entre los europeos del siglo XVII que las autoridades se vieron obligadas a prohibir su importación y producción hasta 1759.