Moda y maquillaje, un juego de máscaras

Los vestidos, como las máscaras permiten el juego de inventarse otra identidad, abandonando el personaje habitual que cada persona siente y muestra. Esta acción posibilita la protección de la individualidad, dando al mismo tiempo la seguridad necesaria que permite el cambio. Sin embargo, este juego de máscaras no se podría completar sin la posibilidad de incluir el maquillaje dentro de sus reglas, ya que, como lo prueban distintos testimonios arqueológicos, la tendencia a adornarse es anterior a la preocupación por el vestido, sobre todo en la utilización del adorno como medio para lograr determinados efectos. Entre esos adornos las pinturas faciales ocupan un lugar fundamental, ya que fueron su primera manifestación. Estas pinturas faciales pueden ser incluidas con pleno derecho en la definición de máscaras si seguimos a José Mosé en su libro Máscaras animistas. En primera instancia, las pinturas faciales enfocadas desde el punto de vista del arte de la cosmética, tienen como finalidad primaria ocultar la identidad, disimulando la verdadera personalidad, pero si las analizamos en profundidad se convierten en verdaderos catalizadores que contienen y controlan las fuerzas vitales, obteniendo su fin contrario: mostrar la verdadera y auténtica personalidad.

Tal vez en nuestro país los indios pehuenches, constituyan un ejemplo de esto. Se adornaban con todas las sortijas de oro y plata que podían ponerse en los dedos y grandes zarcillos, parecidos a candados ingleses, que se colgaban de las orejas; también se pintaban de igual manera hombres y mujeres. Entre los yaguanés, tribu de aborígenes de la parte sur del archipiélago magallánico, existe un mito que explica el rito de iniciación de los varones, que dice que antaño eran las mujeres las que gobernaban la tribu y que, para poder conservar su poder, empleaban máscaras con las que asustaban a los hombres. Uno de ellos descubrió el truco y lo reveló a los otros, que mataron a todas las mujeres menos a una niña. Desde entonces los hombres se disfrazaron con máscaras cónicas de corteza o de cuero de lobos marinos que representaban diversos espíritus con los que asustaban a las mujeres y conseguían mantenerlas sometidas. Así lo entendieron las mujeres de la tribu tukuma de Sudamérica, que en la celebración del carnaval Chané, mientras los hombres de la tribu usaban máscaras, ellas, vestidas con un “tipoi” de brillantes colores, se pintaban la cara con “urucú”, adornando su cabeza con flores.

José Mosé dice en Máscaras animistas: “Una máscara es siempre un disfraz. Pero la cara es más importante que el resto del cuerpo del hombre, en este sentido la máscara es más importante que el disfraz. De todas maneras, máscaras y disfraces son una evasión de nuestra forma de vivir o, mejor, son una evasión del personaje que habitualmente representamos en nuestras vidas”.3 Creemos que vestimenta y pintura facial no sólo se complementan, sino que se necesitan mutuamente para liberar toda la carga de energía suficiente para el conocimiento personal. La estilista francesa Martine Grandval, refiriéndose a la moda en una entrevista para La Nación en abril de 1986 comenta: “Comienzan por el maquillaje en la antigüedad y se van transformando las tendencias a medida que las épocas van cambiando”.

En el N° 1699 de la revista Caras y Caretas, en una nota titulada “El maquillaje en la antigüedad”, podemos leer: “En contra de lo que creen muchas poderosas damas, educadas según el patrón del siglo XIX, el maquillaje no es una creación moderna. En Neddemhein (cerca de Francfort), se ha descubierto junto a la tumba de una dama romana una caja de accesorios de belleza. La cajita es de bronce y está dividida en cinco compartimientos, dentro de los cuales se encontraron lápices de color marrón y blanco, que probablemente se empleaban para sombrear los ojos.

“Contenía una espátula destinada a verificar la mezcla de las cremas, unas tijeras pequeñas y carmín para los labios.” 

La dueña de la cajita de bronce, probablemente era una dama aristocrática, que se levantaba al mediodía. Después de frotar sus manos, brazos y rostro con una pomada muy olorosahelenium, con jabón de harina de habas y con un jugo aceitoso de piel de oveja, usaba alynol para dar brillo a su cara y empastaba su pecho, brazos y garganta con jabón de las Galias, aromatizado con nardo de París, para luego enjuagarse con aguas de Cosmus o Niceras, los perfumes de moda.