
“Los más conspicuos y elegantes parroquianos de estos cafés chic se llamaban Manuel Mateo Masculino; Nicanor Albarellos y Eduardo Ibarvals, dos salteños a quienes jamás se los veía con el mismo traje; Cayetano Cazón y Manuel Pérez del Cerro, ambos asiduos clientes de la tienda Infiestas, donde compraban sus impecables corbatas blancas el primero y sus guantes también blancos el segundo.” El refinamiento podía vislumbrarse en las célebres tertulias de Mariquita Sánchez de Thompson y de Mendeville y de Joaquina Izquierdo, cuyo salón le seguía en importancia. La mujer comenzaba muy lentamente a interesarse en la cosa pública, alentada por Bernardino Rivadavia, que había sido deslumbrado en París por el “mundo femenino”, fundando a su regreso la Sociedad de Beneficencia.
Probablemente, el germen de la Sociedad de Beneficencia fue “la bellísima y la inteligentísima Madame Recamier y Madame de Stael, que manejaban el gusto y el Estado a través de los hombres”. A partir del año 1820, la aparición de los esperados “figurines de moda” va a dinamizar la moda en el Río de la Plata, acortando las distancias geográficas. Aunque tardaron varios años en llegar regularmente a Buenos Aires, estas primeras publicaciones de moda de Francia (el Mercure Galante en 1772 y el Mercure de France en 1792), sumadas a la llegada de modistas francesas, van a permitir reducir el tiempo de aparición de las modas en nuestro país. Es así como la información del uso de los tejidos de lana en los vestidos femeninos, las boas de plumas y la nueva moda de usar trajes de novia, que surgen hacia 1828 en Europa, llega rápidamente a Buenos Aires.
Una de las grandes dificultades para rastrear la moda de la época es la desaparición de las prendas; sin embargo, en el Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires “Brigadier General Cornelio Saavedra” se conserva tal vez uno de los únicos vestidos de Remedios Escalada de San Martín que no fue quemado debido a su enfermedad. El vestido es de linón bordado en punto beauvais, con trabajo de pequeñas lentejuelas doradas recamando el bordado; el escote es redondo, y las mangas cortas tienen forma de globo. Del talle no demasiado alto parte una falda que reúne los frunces en la delantera, y se ven claramente en el ruedo los pesos que les colocaban para que no se levantaran al caminar. Es posible que la confección del vestido, cuyo dato se desconoce, haya sido de la época cercana a la muerte de su dueña (3 de agosto de 1823), ya que los talles altos fueron lentamente bajando y buscando su lugar natural hacia 1825. Esta moda comenzó a eclipsarse en 1827, acompañando el comienzo del fin de una importante etapa histórica argentina.
En Europa se suceden en esta época movimientos revolucionarios encabezados por sectores nacionalistas y liberales que se enfrentaban abiertamente a las monarquías vigentes. En Francia estallaron agitaciones sociales en 1830 y 1848, que la transformaron en uno de los centros principales del movimiento que tiene su expresión cultural en el romanticismo.
El romanticismo que marca toda esa época, más que una tendencia cultural es un estilo de vida que busca la expresión libre y la afirmación de la propia personalidad en una exaltación del individualismo, con un verdadero culto del “yo” para diferenciarse de los clásicos que estudiaban al hombre en general. Este individualismo y ciertas características propias del romanticismo, entre ellas el desprecio del formalismo, la búsqueda del color local, la reacción contra las costumbres habituales, se manifestaban en actitudes que parecían completamente extravagantes para la época. Desde luego, una vez más, la moda nos muestra, al responder con exótica originalidad, hasta qué punto está relacionada con los cambios sociales, ya que los románticos buscaban hacerse notar a través de su vestimenta y de su aspecto físico, todo sazonado con una gran exaltación de los sentimientos y actitudes de angustia frente a la muerte.
Mientras en Europa las modas y costumbres eran alteradas por el romanticismo, en Buenos Aires, que no era ajena a sus desbordes, comenzaba un período singular de la historia argentina. Durante ese tiempo, una creciente ruralización de la capital porteña nos advierte que los estancieros y sus grupos de paisanos armados comenzaban a pesar en el manejo público. Su líder natural fue don Juan Manuel de Rosas, y la ideología que sustentaban fue “la santa federación”. Buenos Aires, que había sufrido un proceso de alejamiento de las antiguas costumbres coloniales, vuelve a girar retomando nuevamente las tradiciones hispano criollas.
Sólo si se tienen en cuenta las exageraciones en la moda romántica y la necesidad de subrayar nuevamente lo hispánico es posible entender la moda de los descomunales peinetones, que con su originalidad dominan el panorama de esos años.
