
Es durante este período que había comenzado mostrando las figuras de mujeres de luto deambulando por Buenos Aires, cuando se borran los últimos vestigios de las antiguas costumbres españolas y surge, hacia fines de siglo, a causa del impacto del proceso inmigratorio y de una mayor complejidad de la sociedad argentina, una etapa de fuertes contrastes. El viajero James Bryce, que visita Buenos Aires en esa época, al observar que las costumbres de los porteños se disolvían por la invasión de distintas nacionalidades, comenta: “Han dejado de ser españoles, sin haber llegado a ser algo diferente”. Esta invasión de distintas nacionalidades había comenzado lentamente a partir de la Revolución de Mayo, cuando uno de los cambios producidos por el régimen que reemplazó a las autoridades del Virreinato fue abrir el país a los extranjeros. En la década del 20 Rivadavia impulsó la corriente inmigratoria; sin embargo, ésta fue escasa. Años después, cuando se produjo la caída de Rosas en 1852 (batalla de Caseros) y cuando se sancionó la Constitución de 1853 que, entre otros mandatos, expresaba la necesidad de promover la inmigración, la corriente de viajantes se hizo continua. Entre 1856 y 1930, el país recibió 6.500.000 extranjeros.
Debemos recordar que el primer censo del país realizado en 1869 (época de Sarmiento) señala una población de 1.200.000 habitantes. Se produjo entonces una situación especial (que sólo se dio en la Argentina con esa magnitud) en que una escasa población debió asimilar a 6,5 millones de inmigrantes lo que llevó, según señala Gino Germani coincidiendo con el viajero James Bryce, a “la virtual desaparición del tipo social nativo preexistente, a la vez que la destrucción de parte de la estructura social que le correspondía. En su lugar emergió un nuevo tipo, aún no bien definido, según algunos, y una nueva estructura”. Bajo el impacto de esta inmigración, le resultó prácticamente imposible a la población criolla, numéricamente muy inferior, aglutinar y poner su sello cultural a los extranjeros que, en oleadas sucesivas, llegaban a Buenos Aires. A su vez, los inmigrantes no pudieron asimilarse ni identificarse con la cultura criolla.
Dentro de los cambios que se produjeron, la clase alta de raigambre española abandonó las maneras abiertas y llanas que la habían caracterizado y, en defensa de su unidad interna, rechazó a los inmigrantes italianos de estratos altos que llegaron al país y fomentó, por otro lado, la inmigración de estratos bajos. Es natural que los inmigrantes trataran de levantar sus defensas culturales (entre ellas, continuar hablando sus idiomas de origen) por los cambios que debieron sufrir a su llegada al país. La mayoría de los llegados, casi un 41%, eran campesinos que pasaron a formar parte del proletariado urbano industrial, debido en parte al predominio de latifundios que dificultaban la radicación de los inmigrantes en las zonas rurales. Además, tenemos que tener presente que la política que condicionó a la inmigración no fue tanto la de poblar las zonas rurales semidesierto sino la de dar una abundante mano de obra urbana, aun cuando utilizaba parte de los recién llegados en tareas rurales como peones asalariados.
El crecimiento de las ciudades, el surgimiento de una industria y el cambio de la estructura social fueron parte de este proceso. El desarrollo económico permitió a su vez el ritmo rápido de la expansión y formación de la clase media a partir de 1870, que estaba formada en sus dos terceras partes por peones de origen humilde. Es así como la movilidad social llegó a ser una pauta normal de la sociedad argentina; se notaba una creciente animosidad hacia la ostentación de riqueza que hacían los nuevos grupos que habían surgido como consecuencia de la creciente expansión económica.
A pesar de esta actitud, la movilidad vertical entre las clases era asombrosa: “En una sociedad como la nuestra, sin tradición y preocupaciones, con un carácter aventurero, impreso por la heterogeneidad de los elementos que la componen, muchos de ellos de recóndita procedencia, a nadie se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni cuáles son sus antecedentes”, advierte uno de los personajes de La Bolsa de Julián Martel. Tal vez podamos encontrar la explicación en el hecho de que la expansión económica y el considerable aumento de población por la inmigración trajo como consecuencia un aumento en las actividades del sector terciario, que determinaron un gran incremento de las clases medias.
Las reacciones de la población frente a los inmigrantes y el ejemplo palpable de la movilidad ascendente están posiblemente representadas en una crónica aparecida el 3 de diciembre de 1885 en el Correo del Domingo, titulada: Inmigrantes: casi una novedad: “¡Ayer he visto dice el cronista por las calles, muchos hombres vestidos de pana con boina azul, inmigrantes recién llegados por supuesto! Andaban los huéspedes mal seguros del terreno que pisaban. Con los hombres y muchachos de boina iban las correspondientes mujeres y chicas de vestidos cortos de colores y su pañuelo de moño en la cabeza. Antes de un año los hombres habrán tirado la boina, la ropa de pana y las alpargatas, y las mujeres habrán cambiado su traje corto y su pañuelo por vestidos más o menos a la moda. Tal vez el cronista, a pesar de su acertada observación, no sabía que las alpargatas, reclamadas insistentemente por los habitantes del campo desde 1865, se habían convertido en uno de los más importantes aportes de los inmigrantes a la vestimenta rural, como herederas de la bota de potro, compañera inseparable de la bombacha.
