Mujeres que influenciaron la moda argentina

En las grandes casas, como la de los Blaquier (después residencia presidencial) y la de los Ortiz Basualdo o Anchorena, convivían muchas familias. Las hijas casadas se reunían para elegir no solamente los vestidos sino también la ropa interior. Año a año las enviadas por las principales casas francesas trataban de adecuarse a la mentalidad de las argentinas, que solían considerar la ropa, sobre todo la interior, como demasiado avanzada. Adolfo Drago Mitre diría años más tarde: “el influjo de Francia había transformado a la mujer en un dechado de elegancia, y también comenzaba a darle importancia a la instrucción y a su ingenio, algo comenzaba a cambiar, las abuelas de esas mujeres no se habían destacado por su vocación intelectual…”. Pero, claro, ese grupo de elegantes vivía en Francia y hablaba y pensaba en francés.

Este grupo se convirtió entonces en verdaderas directoras del gusto y de la moda, y en precursoras de lo que años después hiciera el francés Gastón Levy, agente que elegía y traía los últimos modelos y los géneros, como también los comisionistas Claire Nougué, Mayoral y Nolín, que preseleccionaban lo que llegaba al puerto. Esta forma de importar la moda, primero a través de argentinas radicadas en Europa y después con comisionistas, era casi necesaria, porque, aunque la importación estaba abierta y se mantuvo así hasta 1947, era muy difícil la importación legal por las largas demoras en el puerto y los trámites de entrada al país, que provocaban que lo importado perdiera vigencia. Enrique Artesiano, dueño de una de las casas de modas con cincuenta años de vigencia en Buenos Aires, dice: “No había otra forma de hacerlo, la moda debe hacerse e inmediatamente consumirse, por lo tanto, si quedaba detenida en la aduana, perdía vigencia y se pasaba de moda, entonces había que pasarla así, siempre se pasó así y actualmente también…”.

Este grupo de mujeres, tal vez las primeras con autoridad que podrían haberse convertido en dictadoras de la moda en Buenos Aires, porque sumaban a su elegancia una aproximación a la cultura de su tiempo, lo fueron sólo a medias porque estaban en París. Vemos así que a lo largo de la historia de la moda en el Río de la Plata hay muchísimas mujeres reconocidas por saber vestirse muy bien, y algunas pocas reconocidas por su audacia y originalidad, como por ejemplo Teresita Urquiza, quien con una personalidad avasallante se salía de los carriles impuestos por París, ayudando con su actitud a sacudir la medida pacatería porteña como cuando, cansada de ser puntualmente copiada, decidió adornar sus aros con racimos de guindas frescas.

En general las mujeres de las clases dirigentes, temerosas de alterar el ideal social que se mantuvo por siempre en el Río de la Plata y que apunta más hacia las formas y los modales, desdeñando completamente por movilizadores los sentimientos profundos, ni siquiera tal vez llegaran a pensar en la posibilidad de transgredirlo. Dentro de este esquema, la manera de afirmar su condición femenina se daba a través de la seducción que ejercían eligiendo muy bien la ropa. Saber elegir con armonía y coherencia fue una cualidad que se dio tanto en las clases altas como en las clases medias que se vestían con modistas de barrio (aunque las primeras también se vestían con buenas modistas). Sin embargo, hasta ahí llegaban, sin atreverse a más. El ideal social estaba avalado, por un lado, por la visión masculina, porque los hombres, vestidos impecablemente a la inglesa ya que habían importado sus costumbres y su forma de vida, no estaban muy dispuestos a permitir que la mujer a su lado desentonara en el conjunto; y, por otro, por la propia visión femenina que se remitía en todo momento a los hombres de la familia: maridos, padres, hijos.

La herencia de la pacatería de la mujer inglesa y de la envidia y el temor al ridículo españoles era una pesada carga para que la mujer argentina pudiera, apoyándose en el refinamiento francés, imponer una personalidad que llegara siquiera a hacer temblar a una sociedad con alto refinamiento estético, pero incapaz de permitir ningún tipo de audacias.

Tal vez encontremos un ejemplo en la descripción que hace la princesa Bibesco, autora de Noblesse de Robe, acerca de las maneras de comprar de un grupo de mujeres, según sus nacionalidades en una casa de modas francesa del 20. Nos dice en primer lugar refiriéndose a una francesa: “ella compra eligiendo sola, sin marido, amante o amigo que la pueda influenciar, difiere de la inglesa, que está invariablemente acompañada de una o más amigas; de la mejicana, flanqueada por su familia completa; de la italiana, escoltada por su perro y su amante; de la rusa, que se hace seguir por su retratista, y de la argentina, que viene siempre con su marido…”.

La clase alta compraba entonces su ropa cuando viajaba y, en Buenos Aires, acudía a las muy buenas modistas y a las comisionistas, encargando también directamente a las casas de París o bien al grupo de sus amigas. La casa Doucet de París fue una de las primeras que se dio cuenta, antes de la guerra, de la importancia del mercado sudamericano, especialmente del argentino y, decidida a tener una representación en Buenos Aires, envió a María Elvira Brulier (entonces oficiala de Doucet) con una gerente y una vendedora, quienes se instalaron en el Plaza. El prestigio que Buenos Aires había ganado en París con el grupo de mujeres de alto poder adquisitivo que compraban, determinó que las importantes casas mandaran como vimos a sus comisionistas. Sin embargo, esas mujeres que anualmente viajaban a Buenos Aires, al estallar la guerra, deciden radicarse en la Argentina, viajando casi todas juntas en el último barco que partió de Francia. En el grupo de recién llegados se podían contar representantes de casi todas las especialidades de la moda: carteras, vestidos, sombreros, pieles; entre ellos llegó al país el peletero Marcel Kummer que se asocia con María Elvira Brulier de Saint Guilhem, “Madame Suzanne”, alquilando ambos un negocio. La clase media, en cambio, con múltiples y nuevos compromisos porque estaba en el poder, se guiaba por las grandes tiendas de modas, por los figurines y por los diarios que, como La Nación, le daban a la moda bastante espacio. También encargaba a las modistas sus vestidos. Algunas de las mejores modistas de Buenos Aires y otras que, como vimos, habían llegado al país durante la guerra, comenzaron a dedicarse con exclusividad a la alta costura.