El estilo Luis XVI (1774-1792)

Las excavaciones en Pompeya y Herculano constituyeron un factor dominante en el desarrollo del estilo Luis XVI. Existió una clara tendencia hacia los motivos grecorromanos, entre los que figuraban las columnas dóricas, los delfines, las máscaras griegas y las hojas de acanto. Superficies de paneles planos de caoba o de ébano iban bordeadas de molduras de bronce o latón. Las molduras exquisitas de bronce dorado y la marquetería fueron rasgos característicos de este estilo, cuya nota dominante es la simplicidad de forma. Los principales mueblistas del período fueron Riesener, Röntgen, Carlin, Petit, Beneman y Georges Jacob. Gouthière y Thomire se hicieron célebres por el delicado trabajo de sus molduras. Juan Bautista Huet es el más destacado diseñador de tapicerías y toiles de Jouy.

El período de Luis XVI fue prolífico en la producción de nuevos diseños de muebles basados en las excavaciones de Pompeya y Herculano. La nube de cenizas del Vesubio que enterró a estas dos ciudades en el año 79 a. de J. C. las preservó, así como a sus habitantes, para la posteridad. Templos, edificios públicos, caminos, tiendas y villas se encontraban en excelente estado de conservación. Descubiertas en 1708, Pompeya y Herculano continuaron siendo objeto de atentos estudios arqueológicos durante los siglos XVIII y XIX. Sus hermosas villas, con sus frescos, columnas, bronces y cerámicas, cautivaron la imaginación de arquitectos y eruditos.

Desde 1750 a 1760, arquitectos como Gabriel, Delafosse y Soufflot, y conocidos escritores entre los que se contaban Caylus, Piranesi y Winckelmann, desplegaron la vida romana ante los ojos de los franceses. La arqueología se puso de moda.

Pronto los diseñadores y los decoradores siguieron a los arquitectos y abandonaron la florida ornamentación del período rococó, que muchos franceses no habían llegado a aceptar del todo. Escarnecidas por arquitectos tan distinguidos como Blondel y Cochin, las generosas curvas del estilo rococó comenzaron a dar paso a la moderación y a la limitación.

En 1763, el interés despertado por los nuevos descubrimientos era tan grande que los mueblistas franceses se adueñaron de las formas antiguas y las utilizaron para construir nuevos diseños. Pero hasta el reinado de Luis XVI, que comenzó en 1774, no se reunieron los motivos acumulados, dando lugar a una nueva tendencia decorativa que se conoce con el nombre de estilo Luis XVI. Los estilos de transición creados en el período comprendido entre los últimos años del reinado de Luis XV y los primeros del de Luis XVI fueron una combinación de las curvas Luis XV y las nuevas líneas clásicas. Las sillas, por ejemplo, combinaban brazos y frentes curvos con respaldos rectos. Las sillas cabriolet se hacían con los respaldos huecos para acomodar el panier o tontillo que llevaban las señoras elegantes. (Los paniers eran una especie de cestas huecas que se llevaban en la cintura y se sujetaban con huesos de ballena.) La silla bergère seguía siendo popular. Otros diseños eran la silla de respaldo oval, que con frecuencia llevaba un pequeño nudo o lazada en la parte alta, y la silla de respaldo en forma de lira, basada en el instrumento musical griego.

En el desarrollo del estilo Luis XVI, los mueblistas franceses eliminaron el aspecto curvilíneo del período de Luis XV para adherirse a una simplicidad que casi llegaba a la austeridad. Las superficies planas enmarcadas con molduras delicadas fueron uno de los rasgos característicos de este estilo. Planchas de madera sin decorar, especialmente caoba, se utilizaron para las cómodas, los bureaux y las mesas. Su único adorno lo constituía una fina moldura de bronce o de latón, o una estrecha moldura de madera, bien trabajadas y en pequeña escala. La mayoría de los paneles, particularmente en las cómodas, eran rectangulares. A veces iba un dibujo circular u ovalado en el centro de un panel rectangular. Otra característica de este estilo fue el difundido empleo de las monturas doradas, muchas de las cuales eran lo bastante exquisitas como para poder figurar junto a la obra de los grandes orfebres. La marquetería fue otra especialidad del período, consistiendo a veces en ramos de flores o guirnaldas de hojas, o estilizaciones geométricas encerrando un dibujo floral. Una de las grandes realizaciones de la ebanistería en el siglo XVIII sigue siendo ampliamente copiada.

El laqueado chino también estaba de moda. Entre los mueblistas famosos por su exquisito trabajo de laqueado se encontraba Martin Carlin, cuyos diseños se caracterizaron por una gran delicadeza y una elegancia extrema. Utilizó el ébano con profusión, considerándolo como un excelente contraste para las guirnaldas, festones y lazos dorados con los que embellecía sus piezas. En ocasiones utilizó varias maderas, combinándolas con placas de porcelana o de bronce.

El principal mueblista del período de Luis XVI fue Riesener, quien pasó a ser ébéniste real y jefe después de la muerte de su maestro, Oeben, que había sido ébéniste real con Luis XV. Debemos decir que estos dos hombres, los verdaderos creadores de los estilos Luis XV y Luis XVI, fueron ambos nacidos fuera de Francia. Oeben, con su discípulo Riesener, creó el famoso escritorio de Luis XV. Terminado en 1769, dos años después de la muerte de Oeben, fue firmado por Riesener. El escritorio, considerado como una [fragmento incompleto en el original]. Sus mesitas para la lectura o la escritura estuvieron muy solicitadas.

El arte de la cerrajería alcanzó su mayor altura durante este período. Riesener y David Röntgen, ébéniste de María Antonieta, no tuvieron rival en sus bellos diseños. Y hasta el propio Luis XVI se vio atacado por esta fiebre. A pesar de su carácter de aficionado, se le consideró como un gran cerrajero. Piezas mecánicas aparecieron por esta época, así como muebles combinados. Los primeros eran muebles con resortes que abrían departamentos secretos o alzaban o bajaban superficies de trabajo. Los segundos consistían en una combinación de mesas para escribir o trabajar, muchas de las cuales eran obra de David Röntgen.

Los trincheros y las commodes-dessertes, usadas como aparadores, estaban de moda. Estos se hacían en caoba o ébano con molduras de bronce que enmarcaban los lisos paneles de madera. Algunas de estas superficies se embellecían con monturas doradas. Los tableros de estas cómodas solían emplearse para colocar en ellas la porcelana fina o piezas de plata dorada.

El juego fue uno de los pasatiempos favoritos del período, y la bouillotte, un juego popular. Lo jugaban de tres a cinco jugadores en una mesa circular que generalmente tenía un tablero de mármol rodeado de una galería metálica. La mesa era de caoba con patas ahusadas. Una especialidad popular del período fue la athénienne, un antiguo trípode pompeyano con un cuenco encima, generalmente de ónice o de alguna otra piedra preciosa, utilizado para quemar perfume. Las mesas jardinière para plantas también estuvieron en boga, así como las mesas movibles. Estas mesitas, generalmente de forma circular y montadas sobre un pie central, se utilizaban para servir el almuerzo, el té o el café.

Thomire, [fragmento incompleto en el original] cuyo trabajo constituía el compendio de la elegancia. En una época consagrada al culto a la frivolidad, no debe sorprender que se prestara gran atención a un artículo decorativo como la cassolette (vaso de esencia o pebetero). De este modo se mantenían alejados los malos olores de las delicadas narices de los ocupantes de los salones del período de Luis XVI. Pero, desgraciadamente para ellos, el olor de la libertad era demasiado fuerte para neutralizarlo.

Un gran número de diseños llevaban incorporados anaqueles en los que se pudieran exponer colecciones de porcelana exótica o adornos preciosos. La vitrine, diseñada para colocar porcelanas, solía ir superpuesta a una cómoda o una mesa para que su contenido pudiera ser admirado. Muchos diseños llevaban placas de porcelana, en particular las realizadas en las fábricas de Sèvres, y los medallones jaspeados azul y blanco creados en las fábricas de Josiah Wedgwood en Inglaterra. Paneles de porcelana pintada se usaban frecuentemente para decorar mesitas de escritura o de trabajo destinadas a las habitaciones de una dama.