
Al año siguiente se presentan en un desfile (realizado el 12 de octubre en el Hotel Alvear) modelos para el día a mitad de la rodilla de líneas muy angostas, mangas pegadas con hombreras y detalles de importantes drapeados en la cadera que terminaban con lazo atrás. Como había ocurrido a principio de siglo, en que los severos trajes sastre se acompañaban con exóticos sombreros, durante la década del 40 una vez más las mujeres subrayaban su femineidad valiéndose de coloridos sombreros donde la fantasía aparecía en forma de plumas, pájaros, flores y mariposas, y la osadía de los turbantes canasta que impone Carmen Miranda.
Los bordados en canutillos y azabaches, los de piedra y cristales sobre encajes y los realizados en tul necesitaban de las hábiles manos de las bordadoras argentinas. Éstas eran verdaderas artesanas de la época para atrapar en los trajes de noche la necesidad de lujo y evasión siempre presentes en toda época de crisis. El alto grado de especialización de las bordadoras quedó demostrado durante la guerra cuando, al no conseguirse encaje, se tiraban para hacerlo los hilos de los géneros y se rebordeaban a máquina a base de un dibujo.
Después de la guerra los trajes sastre se vuelven femeninos: talles estrechos con sacos de variadas formas ajustados al talle. En lo de Maggy Rouff el ajuste se logra por una doble hilera de botones, chalecos bordados con trencillas atenuaban la severidad del corte. En cambio, Molyneux mostraba una línea completamente nueva de sacos largos “Byron” y otros como boleros ajustados que apenas sobrepasan el talle sobre faldas derechas o cónicas. Este activo trabajo de los modistos franceses les permite recuperar los mercados perdidos en 1939, y todo vuelve a sus antiguos carriles con el new look de Christian Dior.
Con la renovación total de la moda, los tapados comenzaron a tener gran metraje de tela, y las faldas se usaban sumamente anchas en los vestidos de las mujeres jóvenes, mientras las de más edad las usaban angostas en los tailleurs. Se impone la moda Gilda de jerseys drapeados y envolventes para los vestidos y un color dominante: el brique. En Buenos Aires, la revista París en América, en su número 4 del año 1948 aclara que las mujeres argentinas “deben usar el vestido adecuado para las tardes al aire: ni demasiado sencillo ni demasiado de vestir”. La moda por supuesto digitada para una mujer que debía ser “formal” en una sociedad que aplaudía, según Caras y Caretas: “La previsión de las autoridades del Jockey Club, que haciendo gala de psicología interpretan los sentimientos del momento. La vida no puede detenerse (…) sólo es cuestión de guardar las formas y la tribuna para los socios de luto (…) evitará la censura de la gente que puede divertirse abiertamente”.
A pesar de la formalidad, las blusas de atrevidos escotes asimétricos que dejaban al descubierto los hombros eran un complemento indispensable para la hora del cóctel. Las audacias resaltaban por las melenas y el pelo corto peinado hacia adelante, enmarcado por anchas cejas. Aunque el new look llegó rápidamente a la Argentina, sabemos a través de la crónica del número 4 de la revista Galas del año 1950cuál fue su destino: “Hace dos años los modistos, inspirados precisamente en los impresionistas y en la moda de principios de siglo, quisieron introducir la falda amplia y larga (a 27 centímetros del suelo), pero la mujer moderna la aceptó nada más que como novedad” para volver, hacia el fin de la década, a las curvas femeninas de Jacques Fath.
A las tradicionales casas que funcionaban en la década del 20como Moussion que, abierta desde los primeros años del siglo se muda en 1915 a Callao y Sarmiento, Carrau, Jean et André, Saint Félix, Campana, Astesiano, Margaine Cherruit, Madame Suzanne, Palau, Fortuni, Henriette, Gath & Chaves, se suma la nueva e importante casa de Paula Naletoff.
De origen ruso, Paula Naletoff había llegado a nuestro país en 1928 desde Belgrado, donde tenía una casa de modas. Desde el año 1934, en que abre su negocio en un departamento sobre la calle San Martín, influye durante cinco décadas en la moda de Buenos Aires con sus espléndidos vestidos de soirée.
Juana Palmou, su primera oficiala desde entonces y actualmente, junto a Elvira Alonso, continuadora de la casa, nos cuenta: “Paula Naletoff comenzó siendo modelista, es decir interpretando los modelos que Nolin y otras casas de Buenos Aires le daban. Digo interpretaba porque ponía su idea apoyada en una gran imaginación, no era copista. “En 1935 comenzó a crear directamente para sus clientas y fue afianzándose cada vez más hasta llegar a ser uno de los nombres más prestigiosos de Buenos Aires. En los años 60, si bien las casas de alta costura fueron achicándose y algunas desaparecieron, la nuestra continuó en Cerrito 1167, tercer piso, para después mudarnos a nuestra actual dirección en Paraguay 684, 5o piso.
