
La gran separación entre las vestimentas femeninas y masculinas que se dio durante la Belle Époque y la época de preguerra disminuye considerablemente en esta década. La línea femenina ligeramente asexuada, se complementa con una línea masculina que va abandonando paulatinamente, durante los primeros años, la silueta delgada anterior.
Los pantalones tipo “Oxford”, muy anchos en la parte inferior, se usaban bien altos, haciendo destacar el pecho y los hombros. Esta característica perduró durante toda la década, formando un infaltable dúo con los suéters escote “en V” y las bufandas que aparecieron en esos años.
Los trajes que también presentaban la misma característica en los pantalones, comenzaron a usarse de colores claros para el día (especialmente gris y beige), de acuerdo a los diferentes gustos, permaneciendo por supuesto el negro y el azul para la noche. Se acompañaban con camisas cuyos cuellos, ni separados ni postizos, tenían las puntas dobladas, sosteniéndose con una traba que se deslizaba por debajo del nudo de la corbata, tal como lo mostraba el árbitro de la elegancia de la época: el Príncipe de Gales. En Buenos Aires, los hombres engominados a lo Valentino y perfumados con “La Rose Jacque Minot”, paseaban por Florida, incómodos en sus duros cuellos altos, saludando con el rancho y pisando fuerte con botines de hileras de botones. La ropa deportiva siguió la tendencia de los años de posguerra, mostrando una gran libertad de elección, tanto en los diseños como en los colores. Los trajes de baño, en lanilla negra, eran semejantes para hombres y mujeres en el último lustro de la década. Estos consistían en pantalón corto y parte superior sin mangas, de escote redondo, algunos, enterizos, se usaban con cinturón haciendo contraste en blanco.
Mientras en Europa imperaban los totalitarismos y el orden económico se sacudía por la crisis mundial de 1929, la Argentina no se mantenía para nada ajena. Desde el punto de vista económico la trascendencia de la crisis fue seria pero no dramática, aunque sus efectos se hicieron sentir en una moneda desvalorizada que influyó en el déficit del presupuesto. Sin embargo, en la vida política un fuerte cimbronazo de insospechadas derivaciones que se extienden hacia el futuro ocurre el 6de septiembre de 1930, cuando se quiebra, después de 70 años de legalidad, el orden constitucional. El Ejército, en la figura de José F. Uriburu, toma una gran preponderancia como nuevo factor de poder.
La elite terrateniente recupera el poder después de 14 años de haber dejado el gobierno en las manos de la clase media, tratando de mantener a través de él la estructura económica y social favorable a sus intereses. Esos intereses suponían la orientación de la economía hacia la exportación de materias primas, sabiendo, por supuesto, que los intereses de la industria ganadera se ligaban de manera estrecha a los intereses de aquellos sectores que exportaban a Gran Bretaña. Esta estrecha relación resalta cuando Gran Bretaña decide restringir las cuotas de importaciones de aquellos productos que no provenían de los dominios británicos; es entonces cuando el temor se apodera de la elite terrateniente argentina, que se apresura a firmar el tratado Roca Runciman. José Luis Romero, en Las ideas políticas en la Argentina, se refiere al tratado: “Todo parecía preferible a perder los mercados ingleses…”.
Separados por cien años de vida independiente de aquellos porteños que porque creían obtener un mayor beneficio preferían comerciar los ponchos de las manufacturas de Manchester en lugar de los tejidos en las provincias norteñas, la mentalidad especuladora no había variado. Esta mentalidad llegó en la década del 30 a su punto culminante, al tener su contrapartida en la especulación política, ya que el gobierno, al carecer del apoyo electoral suficiente, debía separar a aquellos grupos que no se plegaban a sus intereses e imponer entonces una democracia de participación limitada por la práctica del fraude. Esta forma de actuar tal vez estaba respaldada por una puesta a prueba de los sistemas democráticos en el resto del mundo durante esa época.
Dentro de los grupos relegados que fermentan durante la década del 30 pero que no tendrán expresión política hasta la década siguiente, nos encontramos con aquellos formados por movimientos migratorios internos y desde los países limítrofes que provocan cambios significativos en la composición de la población. Hacia 1930 termina el primer período del intenso movimiento migratorio de ultramar, comenzando muy lentamente, alrededor de 1935, a cruzar las fronteras bolivianos, chilenos y paraguayos, llegando esta inmigración limítrofe a su máxima intensidad en 1940.
