Cuando se trata de analizar la obra de un artista, es difícil separar la producción de la biografía. Sin embargo, es preciso hacerlo. En el caso de este nombre grande de la pintura argentina del siglo XX, la tortura emocional, el malestar físico, la condición desesperada tantas veces confesados importan, pero solo a medias, a la hora de dar cuenta de líneas y cuadrículas, sombras y tinieblas, abismos y vacíos figurados o sugeridos a lo largo de seis décadas de trabajo incansable. Es el arte y no la angustia lo que permanece.

La crítica bien se ha encargado de periodizarla: sus jóvenes años 50, con cuadros de pequeño formato de planos superpuestos y simetrías coloridas. La década del 60, de distante coqueteo con el informalismo en boga. Cuadrículas, progresiones, líneas que conforman sistemas para acorralar, a veces, figuras humanoides. Luego, en los decenios siguientes, la irrupción pulsional y vibrante de la naturaleza: espacios abismales, árboles, nubes furiosas… paisajes de ensueño o pesadilla, con predominancia de una gama de colores por sobre otras y un manejo maestro de la luz. Desde el 2000, la exploración de caminos pictóricos cercanos a los del comienzo, solo que con la destreza y depuración resultantes del medio siglo de búsqueda disciplinada, personal, solitaria.

Josefina es capaz de relacionar cada una de estas etapas con estadios de su experiencia personal. Cuando empezó a pintar, era una señora casada… de 17 años. Antes de los 20, ya tenía a María y José Ignacio, sus dos hijos. De su infancia de aparente glamour solo arrastraba dolor, mandatos, heridas… y una carencia absoluta de herramientas introspectivas. Qué hubiera sido de ella sin los pinceles.

“En ese momento mis cuadros eran de una espontaneidad muy rara… nadie hacía nada parecido”, asegura, y formula una serie de hipótesis que solo son posibles de manera retroactiva: “Cuando tuve estos períodos tan geométricos, estaba intentando solucionar el desequilibrio de energía que tenía. Pasé por distintas épocas. Un medio cúbico, en que tenía bloqueo emocional, entonces ponía gente metida en rayitas. Después apareció el paisaje, porque la naturaleza es lo que me ha sostenido en la vida; siempre ha sido garantía de estabilidad para mí, la única cosa que no me fallaba… el sol no se caía, las mareas continuaban su ritmo, estuve mucho tiempo pegada a eso. Después, como ya tenía una condición física que era absolutamente incómoda, me metí en meditación y empecé a corregir mis desarreglos. Cuando uno se desbloquea, empieza a entender su vida… es lo que vengo haciendo desde los 60 años, más o menos”.

Y se ríe, fuerte y largo, como lo hará un montón de veces a lo largo de la charla, ahora que está resuelta a ganarle la partida a la tristeza.

Prodigio

Viuda de Jorge Michel, su segundo y último marido, madre de dos, abuela de cinco y radiante bisabuela de un niño, Santino, que la tiene completamente hechizada, a Josefina no le faltan depositarios del amor que supo encontrar dentro de ella misma —por hecha que la frase suene—.

“Un día una bruja me dijo que yo iba a ser una viejita healthy, wealthy y wise. Entonces empecé a leer para saber adónde iba ella para ver el futuro. Ahí empecé a creer en Dios”, cuenta.

En rigor, la búsqueda había empezado mucho tiempo antes. “A los doce años, me compré un libro de acupuntura”. Este curioso interés prefiguraría una eterna pesquisa de recursos que aplacaran el malestar que experimentaba en sus distintas versiones.

La cantidad de autores y textos que trae a lo largo de la conversación y cuyas ideas conviven en su lúcida mente con las propias es asombrosa. Profuso y disperso, todo puede resumirse en el hallazgo de la meditación como medio de alinear su energía con la de una fuerza superior, y en la elección del “amor incondicional” como el lugar desde donde vincularse con el mundo.

“¡Vos mirá el universo… el prodigio de los trajecitos de los pescados, los colores de algunos insectos…! ¡Reíte del artista! ¡Habría que estar en estado de adoración permanente! Yo no sé qué es Dios… pero que se ha divertido, y que es benigno y amoroso… de eso sí estoy segura. Lo que pasa es que hay que saber cómo plegarse a la creatividad del mundo. ¡Respiramos sin hacer nada para respirar, el corazón late sin que nosotros intervengamos… el mundo es un prodigio! Sin embargo, el foco está puesto en la hojarasca que hacemos los humanos…”, se lamenta.

En relación con cuánto le ha costado acceder a la comprensión de estas verdades, dirá que “en el fondo, el mundo es perfecto. Cada uno encuentra las circunstancias que le hacen falta para madurar”.

Así cobra sentido el rosario de imágenes negras que hilan la película de su infancia: la crianza en manos de niñeras, la ausencia de caricias protectoras, el silencio sobrecogedor de Sans Souci —la casa familiar por el lado materno, el de los Alvear, donde vivió varias temporadas—, los pies descalzos destrozados por las ampularias al atravesar las vías del tren del Bajo para cruzarse con los primos varones hasta la pileta del palacio, la presencia espectral del tío Diego, escondido tras alguna columna de la galería viendo a su sobrina saltar la más aristocrática y solitaria de las rayuelas.

Más tarde, el inexplicable matrimonio con un señor mucho más grande que ella y que, al momento de la boda, había visto literalmente siete veces —“¡hoy en día digo que él y su actual mujer son mis cuñados!”—, la maternidad precoz cuando todavía no había aprendido a poder con ella misma, la pasión bohemia, la condena social…

Todo cambia de signo cuando se lo observa desde la lente del aprendizaje, que es como Josefina mira la vida hoy.

Luz

De aquel vaticinio que la acercó a la fe, lo único que resta por cumplirse es que Josefina se vuelva viejita. Añosa y jovial, racional y esotérica, crítica y amorosa, digresiva y simultáneamente concentradísima en el punto que le atañe en cada momento, es tan múltiple como su obra.

Los cuadros pintan a su autora. Si logra cumplir con su cometido de “seguir hinchando en este mundo por lo menos 25 años más”, en sus trabajos futuros las líneas ya no dibujarán cicatrices, las tinieblas se habrán despejado, el espacio no será cárcel sino hogar y estará integrado al orden natural, el mismo que nunca jamás ha de fallarle.

Y Josefina Robirosa, bello genio del claroscuro, habrá terminado de alumbrar una vida y una obra trascendentes.