
La postura mercantilista importada por los comerciantes ingleses es imitada con premura por la alta clase porteña, ya que en el Buenos Aires de entonces resultaba muy atractivo “ir a las tiendas”, la costumbre era revolver todo sin comprar nada y porque los vendedores pertenecían a las mejores familias y esa era la forma en que comenzaban muchos noviazgos. Alberdi, por ejemplo, se empleó en las tiendas de la calle Perú para pagarse los cursos en la Universidad. José Wilde fue otro conocido dependiente, así como Mansilla, que lo explicó claramente: “El mostrador era una doble escuela, ya que preparaba para el buen trato y curaba el falso orgullo”. La unidad interna de clase aún no se veía perturbada por vender en tiendas propias o ajenas. El cronista viajero Arsenio Isabelle dejó un vivo relato de la manera de comportarse de las porteñas en las tiendas de entonces. Pues bien, es una sola familia (la porción femenina), doce hijas núbiles y encantadoras, la madre todavía joven y buena moza, tres tías un poquito envidiosas de sus sobrinas sonriendo a todo el mundo y lanzando más de una mirada significativa, una abuela fresca y bizarra y por último, tres criadas mulatas, chinas o negras riendo a bajo capa a más de un caballero cuyas miradas han provocado. Todas ellas van a entrar en esta rica tienda, de la cual han salido sin comprar nada; se harán atender, exhibir, desarreglar las más bellas telas de París, Lyon, Londres y Manchester; los mozos de tiendas se confundirán en cortesías y en pequeñas atenciones para adivinar los deseos de esas encantadoras señoritas y lo más probable es que estas se vayan diciéndoles: ‘es muy hermoso…volveremos otro día, si acaso…’ Los tenderos han aparentado mucha educación, pero no han perdido de vista a las criadas, porque sucede frecuentemente al decir de los tenderos que algunas porteñas poco escrupulosas, aprovechando los momentos en que la multitud impide la atención vigilante, traspasen a sus sirvientas ricas piezas de telas o cualquier objeto deseado.” Estas bellas telas de París, Londres, Lyon y Manchester que desarreglaban las porteñas en las tiendas eran la prueba palpable de la influencia ejercida por la industria textil británica, alentada por la administración y por los intereses que se vinculaban a la importación. Como consecuencia se perciben las desventajas comparativas con las que tuvieron que luchar no solo las industrias del interior sino todas las del área rioplatense, incapacitadas para enfrentar las grandes transformaciones que se avecinaban. Así, en 1821, Alexander Caldlengh comentaba: “Por el momento no hay ninguna especie de manufactura en Buenos Aires… otros artículos, como ponchos y mantas rústicas, se traen del interior. No será raro que en pocos años más, algún artículo de fabricación inglesa viniera a reemplazar el poncho, aunque hasta hoy no hemos podido hacer nada que lo iguale”.
En Salta, famosa por la fabricación de ponchos, los hacen de algodón, muy hermosos y de alto precio, pero los realizados por las modestas pampas son de lana, tan fuertes y tupidos que resisten las lluvias más copiosas y son también de original y curioso dibujo”. Es fácil inferir que los característicos ponchos, de uso tan difundido en todas las clases sociales, se hayan ido dejando de lado porque, como señalara Caldlengh, Inglaterra no había podido encontrar sustitutos que los igualaran. Para entender mejor esta situación conviene remontarse al año 1825, ya que, luego de haber firmado un Tratado de amistad, gobierno y navegación entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y la Corona Británica, Sir Woodbine Parish representante en Buenos Aires explica claramente la posición: “Cada adelanto en nuestra maquinaria que abarate el precio de estos efectos contribuye en gran parte a la comodidad y el bienestar de las clases más pobres de esos lejanos países, al mismo tiempo que perpetúa nuestro predominio en sus mercados. El gaucho se viste en todas partes con ellas; tómense las piezas de su ropa, ¿examínense todo lo que lo rodea y exceptuando lo que sea de cuero qué cosa habrá que no sea inglesa? Si su mujer tiene una pollera, hay diez posibilidades contra una que su manufactura sea de Manchester. El poncho que lo cubre, todos son efectos llevados de Inglaterra. En cuanto a manufacturas propias, sería inútil que las hubiera en un país tan poco poblado, donde lo que hace falta son brazos, y donde estos pueden dedicarse a un objeto diez veces más provechoso, aumentando sus recursos naturales y sus medios de producción, desarrollados de modo tan imperfecto hasta ahora”. El desmantelamiento de las manufacturas provinciales y la necesidad, LA como dijo Parish, “de consagrarse a un objeto diez veces más provechoso” en este caso, aumentar la producción de materias primas para alimentar la industria inglesa no habría caído en terreno tan fértil si la organización político administrativa del país hubiera sido diferente.
Como consecuencia de esta peculiar organización, se formó una burguesía no laboral sino especulativa, que prefería recibir ponchos de Inglaterra antes que, de las industrias de Córdoba o Santiago del Estero, porque creía obtener mayores ganancias de ese modo. Desde 1822 a 1850, el comercio con Francia le sigue en importancia al que se efectuaba con Inglaterra, países entre los cuales se repartía casi todo el comercio de la moda. De Francia llegaban no solo artículos de lujo, prendas y productos de manufactura parisiense, sino también las sedas de Lyon y los paños finos y casimires de Louviers, Sedán y Elboef, y por supuesto los cambrays. También sencillas sedas de Zurich y muselinas de San Gall. De Alemania y los Países Bajos se importaban algodones, encajes y velos de Flandes. Fuera del circuito comercial europeo, se recibían de los Estados Unidos las telas comunes como lienzos y cotines y las telas elásticas. Para transformar la moda en importante bien económico a partir de la Revolución Industrial fue necesario el avance tecnológico, que permitiría la mecanización y difusión de la industria textil. Dentro de los condicionantes económicos que alentaron el desarrollo de la industria textil se cuenta el reparto de los recursos naturales por zonas geográficas, como el algodón en Estados Unidos, el lino en Egipto, las sedas en Oriente, las lanas en Inglaterra y Escocia, los encajes en los Países Bajos y todo tipo de telas impulsadas por las diferentes modas a las que subyacían los más variados intereses, de acuerdo con excedentes y carencias de materias primas. Esta tensión ha digitado, ahogado, presionado y sacado de su cauce natural la posible evolución de la moda en la Argentina, a lo largo de casi toda su historia. Esta herencia se convirtió sin duda en una pesada carga para el desarrollo de la identidad nacional, gestionada trabajosamente a partir de la gran crisis del año 2001, y que se presenta en la actualidad como una instancia prometedora, que trasciende y supera antagonismos.
