El arte de la cosmética en el paso del tiempo

El arte de la cosmética llega a la puritana Inglaterra a través de Francia, donde reina indiscutido, y alcanza un alto grado de refinamiento. La reacción no se hace esperar: en el año 1770 el Parlamento Británico decreta nulo el matrimonio de toda mujer que lleve afeites. Después de la Revolución Francesa la burguesía triunfante demostró su poder, y en consecuencia su “tiempo libre”, trayendo como hasta entonces el almizcle de Tonkín, el sándalo y el benjuí de la India, las mirras y resinas de Arabia. Mientras en Europa durante el Consulado Francés y el Primer Imperio (1799-1815) el rouge era descartado por el sexo femenino y quedaba reservado solamente a los hombres…!, en las zonas rurales de los alrededores de Buenos Aires la mujer criolla usaba agua fría de aljibe para la cara, según nos cuenta F. Assunáao en Pilchascriollas; y lo completaba “con los cabellos trenzados o apretados en rodetes llevando como adorno una o dos peinetas y peinetón, un par de zarcillos de plata o de oro en las orejas; a veces alguna cinta de color para ayudar a sujetar el pelo y otras, una flor”.

En el Buenos Aires, de 1820-1835, durante la época de las tertulias, cuando brillaba Catalina Benavídez como “la más bella mujer porteña”, podemos averiguar qué se opinaba del maquillaje leyendo a Santiago Calzadilla en Las beldades de mi tiempo: “Llegando a medianoche ya se desvirtúan los menjurjes de polvos, veloutina y brillantina con que se pintaban, más bien se embadurnaban deplorablemente hasta los labios, cosa que todo el mundo vitupera. Así las que se coloreaban el rostro como Catalina Benavidez era objeto de burla y de mofa en una sociedad siempre rápida para divertirse a costillas de los demás. Ya sea porque los extranjeros no sabían tomar mate o bailar el cielito o porque usaban cosméticos”. Sesenta años después del singular decreto de prohibición del Parlamento inglés su influencia en Buenos Aires era notoria, demostrándonos una vez más la importancia de la doble herencia de la pacatería inglesa y la envidia española, que influyen con intensidad en las actitudes frente a la moda y el maquillaje.

En otro pasaje del mismo relato, su autor nos dice: “La misa de la 1 de la Catedral y San Ignacio era la más concurrida. Todavía no había hecho su aparición ese conjunto de lociones, polvos, ahueca-dores, cosméticos, etcétera, de la toilette francesa, y la gracia y la elegancia genuina de la criolla resaltaba con todo donaire, sin deber un ápice a todos esos incentivos por el arte para desnaturalizar y neutralizar sus naturales encantos. Así eran objeto de burla las que se coloreaban el rostro”. Pasaron cincuenta años y en el periódico literario ilustrado Correo del Domingo del 18 de junio de 1885 podemos leer a Alfonso Karr cuando afirma: “Los cosméticos ya están diabólicamente en la moda, de modo que las mujeres nos hacen respirar afeites por activas y pasivas.

“Ya no hay mujeres feas en el teatro y en los paseos, sus defectos se quedan para las horas de vestirse. Las damas embadurnadas son verdaderos cepos para cazar lobos; ¡Dios las bendiga!”.

En la misma edición, en una nota titulada “Espejo y moda”,firmada por Llanos y Alcaraz, se sigue defendiendo las antiguas virtudes de las criollas no maquilladas: “Y si además se considera que tanto polvo, barniz y cosmético como se aplican en el rostro, esa notabilidad del gran tono, descompone la verdadera hermosura, aja la lozanía de la juventud y entierra el legítimo mérito tan rápidamente como el patrimonio, en compañía de eso tan frágil que llamamos virtud… ;Diantre!, si nos miramos en este espejo, casi llegaremos a creer que la única moda que no envejece ni arruina, es la sencillez y la naturalidad”.

En el campo, mientras tanto, las mujeres copiaban el maquillaje de la ciudad en franca competencia con las inmigrantes que llegaban a poblar las zonas rurales. Para ello tenían que aguzar su ingenio. F. de Assunáao nos cuenta qué ocurría a partir de 1870: “Y en los bailes la harina empalidece los rostros (bastante tostaditos naturales), el carmín para los labios y mejillas que se obtiene mojando algún papel colorado como el papel crepe que se usa para hacer guirnaldas y farolitos para el adorno de la sala, el alero y el patio en tales ocasiones. Un poco de hollín dramatiza ojeras, que la salubridad campesina hace inexistentes, y sombrea ojos que de puro negros y brillantes no lo necesitan”. Algunos años más tarde, en 1890, Julián Martel señala en La Bolsa el uso de cosméticos: “Las niñas casaderas, ceñidas hasta reventar por sus corsés de acero, afectando no sentir molestia alguna ostentaban sus caras llenas de afeites. Había muchas de esas fisonomías enrojecidas con ingredientes venenosos sobre los cuales resaltaban desagradablemente las narices empolvadas y los ojos dilatados por una sombra que al aumentar su tamaño les quita toda la gracia de su expresión natural. 

“Los grandes escotes hacían que se empolvaran las espaldas, y era con una especie de terror mezclado de encanto que se observaba esas gargantas de porcelana, esos escotes ideales, el secreto de cuya belleza está en un artificio de tocador que ha empezado a introducirse entre nosotros. iAh!, vosotras, las de los escotes esmaltados que vais a esa casa de la calle Suipacha.,. ¿no sabéis que esa capa de nieve que extendéis sobre vuestro cutis es una mortaja prematura que os da en belleza lo que os quita de vida?”. Si sumamos a esos ingredientes venenosos el vinagre que bebían para decolorar la piel, en un fin de siglo que eligió como moda la palidez y la anemia, nos damos cuenta de que la cosmética reflejaba el fin y la declinación de una época. Mientras tanto, en su carruaje, Norma, “la cortesana voluptuosa de todos los magnates, clavando sus grandes ojos pintados de kohol”.