
Los seres humanos tienen una gran importancia para sí mismos, pero también la tienen para los demás, y las actitudes de cada uno para consigo mismo son parte de una unidad que engloba las actitudes hacia los demás. Se vive actuando, representando algunas veces el papel que uno desea, pero otras veces -la mayoría- el papel que desean los demás, y en esta representación continua, al adoptar diferentes papeles, cada persona se prueba, se conoce, se comunica. Llegado el caso, puede confundirse con una máscara, pero se debe recordar que es en última instancia un juego y como tal debe rescatar siempre, aun modificada, su propia identidad.
Esta profunda relación entre la elección de diferentes papeles, las máscaras que se eligen para representarlos y la forma de ser de cada uno, se manifiesta en el término “personalidad”, que proviene de persona, palabra latina que designaba a las máscaras usadas por los actores de teatro. Cuando un actor quería cambiar su carácter, únicamente cambiaba de máscara y asumía un papel diferente y una personalidad distinta. El término comenzó a aplicarse gradualmente a los papeles sociales que se interpretaban, tanto en escena como fuera de ella. Resulta natural entonces proponer a la mujer actual que utilice la moda para conocerse, para probarse y para comunicarse consigo misma.
El método para que esta herramienta funcione es adoptar en primer lugar las distintas máscaras que se le ocurran, a la manera de un personaje de teatro griego. En los últimos años las mujeres tienden a vestirse con el estilo que define a sus grupos de trabajo más que con el estilo que define su personalidad, lo que provoca un uniforme generalizado. Las diferencias resultan bastante marcadas de acuerdo con el tipo de trabajo que la mujer realiza, aunque en la mayoría de los casos debemos tener presente que la personalidad y profesión son variables estrechamente ligadas entre sí: no se viste de la misma manera una empleada de Banco que una peluquera o una profesora de gimnasia.
De esa manera, no se trata de comprar todo un conjunto de ropa y accesorios que definen los estilos vigentes: clásico, de vanguardia o casual, sexy, deportivo, romántico, campesino o folclórico (estos dos últimos no tan usuales en la Argentina) para saber si concuerdan o no con la personalidad, sino de probarse en los negocios especializados los diferentes estilos hasta encontrar el propio, teniendo siempre presente que la moda se compra, pero el estilo se consigue con el tiempo en una búsqueda plena de ensayos y errores. Tampoco estamos hablando de negocios especializados a la manera de las grandes ciudades de los países más industrializados, donde el alto poder adquisitivo y la seguridad que muestran las mujeres les permite, por ejemplo, si quieren vestirse de pastoras, encontrar el negocio que les venda la “ropa country”: enaguas con puntillas, medias de seda, botas, amplias faldas.
La falta de poder adquisitivo, el escaso mercado y la inseguridad social de la mujer harían impensable contar en la Argentina con esa libertad de elección; sin embargo, el manejo de los estilos de manera más fluida de parte de los negocios de venta de ropa ayudaría a un mayor acercamiento a la moda por parte de la mujer, que se sentiría menos apresada por sus dictados. De esta manera, podrá probarse un día audaz, otro deportiva, alguna otra clásica, tal vez de vanguardia, pruebas que la llevarán a lo único realmente importante: el conocimiento del propio yo con su escala de valores y su consecuencia más inmediata, la identificación como persona.
Los cambios en la mujer moderna
Para que el cambio deje de ser accidental y se transforme en un elemento autotransformador tiene que existir una real voluntad de cambio de parte de la mujer originada en la necesidad de conocerse. Aunque en un primer momento parezca que el proponer actuaciones con diferentes estilos hasta encontrar aquel que mejor responde a cada personalidad para delinear la identidad es un camino aparentemente frívolo, debemos saber que en esa aparente frivolidad es precisamente donde radica su fuerza, porque la mujer puede manejar el cambio como un juego placentero. Esto es posible porque la moda, aunque tejida con la misma materia prima que las costumbres y los hábitos, carece de su profundidad, lo que permite un gran dinamismo. Resulta más difícil cambiar la costumbre de hablar en el propio idioma que cambiar el estilo deportivo por uno audaz y sexy.
“El disfraz es una experiencia apasionante que recomiendo vivamente, dice Luis Buñuel en Mi último suspiro, pues permite ver otra vida. Cuando uno va de obrero, por ejemplo, se ofrecen automáticamente las cerillas más baratas. Todo el mundo pasa delante de uno…”.Esta necesidad de búsqueda de originalidad, que surge nítida después de 1970, se hace realmente impostergable en los últimos años. Antiguamente cuando Worth creaba para cada mujer en particular, corría por su cuenta la creatividad y el descubrir el estilo apropiado a cada cliente. Esto era característico de toda la alta costura y se repetía en la estrecha relación que mantenía la modista de barrio con las mujeres para las cuales cosía, y más tarde en los consejos más o menos interesados de las empleadas de las boutiques.
