
Lilyan Foresti, diseñadora de moda y exdirectora de belleza de Revlon, nos dice: “Las argentinas estamos todas contracturas por años de tensión, de prejuicios y de vergüenzas que nos impiden un buen manejo del cuerpo. Las mujeres europeas, sabiendo manejar su cuerpo, resultan altamente atractivas, independientemente de la belleza. “La mujer que encuentra su estilo toma conciencia real del cuerpo y, apoyada por una disciplina física, libera los gestos, llevando mejor la moda, porque los gestos se expresan no solamente con la cara sino también con todo el cuerpo.”
Se da una continua búsqueda de armonía entre el yo interno y el externo, para lograr que el yo físico concuerde con el yo espiritual.
Luego el cuerpo y sus movimientos se convierten en el enlace del yo interno y de la moda que lo viste. Por eso la función moderadora de los vestidos, que permiten a algunas mujeres mostrarse y a otras esconderse, resalta de manera más considerable en las mujeres con estilo definido porque tienen un manejo corporal diferente. La mujer, al conocerse profundamente y alcanzar su propia identidad y libertad interior, consigue una relajación muscular que le permite en forma directa transformar sus sentimientos en acción física. Este sentimiento corporal agudizado es el responsable, a su vez, de una mayor carga de sensualidad. Aparece entonces el movimiento armonioso del cuerpo que nos indica el grado de acuerdo entre la persona y el medio, expresando a su vez el estrecho vínculo entre el yo y el cuerpo. Los movimientos del cuerpo, expresión del yo y enlace con el medio, se ven condicionados por el vestido, que como en un juego tapa y destapa el cuerpo y su desnudez, de tal modo que al cambiar los vestidos hay un verdadero cambio de actitud de las personas. No se tiene el mismo comportamiento llevando un vestido transparente que un severo tailleur o un uniforme de enfermera.
Podemos decir entonces que el cuerpo es el enlace entre la identidad y el vestido. Cuanto más se conozca una mujer, mejor expresará su identidad en acción física y su estilo en la ropa con que cubra su cuerpo. Si bien esta íntima relación entre conocimiento de sí misma y acción física se recorta nítidamente en la mayoría de las mujeres, es en las bailarinas, las deportistas, las actrices y las modelos donde alcanza su real dimensión. En las modelos, profesionales del arte de saber llevar cada vestido según el estilo, es posible medir a través del éxito que consiguen en sus carreras la importancia de cumplir los pasos que van desde el conocimiento de sí a la libertad interior que permite adoptar un estilo propio que lleva a un manejo corporal distendido y acorde. Ellas nos enseñan de qué manera una conciencia real del cuerpo que descansa en el conocimiento de su esquema corporal real determina no sólo su equilibrado manejo sino el poder operar cambios a voluntad en el mismo para beneficio propio. De esa manera cada modelo construye una imagen; algunas quedan fijadas a la imagen construida, otras la van alternando con el paso del tiempo y de acuerdo con las nuevas tendencias.
Dentro del grupo de modelos argentinas que desde la década del 50 hasta la actualidad nos señalan la íntima relación entre conocimiento de sí y estilo propio, se destacan aquellas que triunfaron en Europa, como Cristina González y Monique Gaspar, lanzada por Jacques Dorian, su modelo exclusiva mientras estuvo en Buenos Aires. Ganadora en noviembre de 1955 de un concurso de elegancia femenina, concurso que le permitió trasladarse a París donde triunfó como Kouka, la mannequin-vedette en la maison de Hubert de Givenchy y más tarde en las principales casas de alta costura francesas.
Persuadidos de que al conocerse profundamente y alcanzar su propia identidad y libertad interior la mujer consigue no solamente transformar en forma directa sus sentimientos en acción física sino también en creatividad, no nos debe sorprender que Elsa Rozas, una de las mejores modelos argentinas, que por más de veinte años desfiló en las más importantes casas de alta costura del país, América y Europa, sea también autora de un libro de poemas titulado Camino de soledades.
Al recordar su experiencia como modelo, nos comenta sobre su profesión: “El ABC hay que aprenderlo de gente seria. En mi caso yo di mis primeros pasos de la mano de Lagarrigue y Paco Jaumandreu; luego, a medida que ganaba experiencia, fui incorporando lo que podía hasta formarme. “La interpretación de un vestido en la pasarela nace del estómago, y después de traspasar los poros de la piel y el vestido llega a los demás en una especial comunicación.
“Cada vestido es como una distinta pieza de teatro, una trama y otra trama, un color y otro, una línea y otra línea, no se puede pasar un tailleur como un traje de noche. Una buena modelo tiene la suficiente sensibilidad para sentir y respirar cada vestido a través de la pie1, incorporándolo como si fuera su propia piel, con libertad absoluta de movimientos como si estuviera desnuda en una playa sin sisas que la traben ni cuellos que la incomoden. “La modelo que tiene condiciones de actriz y sabe manejarse está mejor capacitada para adaptar y explotar al máximo con su estilo cada vestido… cada creador… cada lugar …
” Una mujer socialmente admirada no puede tener las mismas sensaciones que se tienen al transitar la tarima. Puede tener muchas ganas de gustar, lográndolo o no, puede ser muy admirada; pero el compromiso es mayor en la tarima, porque es un trabajo que necesita una entrega mayor para atrapar al público y vender. La modelo es como una actriz, que tiene que jugarse, poner más de sí misma y por eso está más exigida que la mujer común. “La modelo no busca distinguirse, integrarse, adornarse o competir; tenemos que partir de la base de que la modelo está en primer lugar al servicio del vestido y recién después está la mujer, no puede ser de otra forma”.
