
Característica de esta moda “a la francesa” era el tontillo o panier que, a la manera del antiguo verdugado o guardainfante español, permitía armar la figura femenina con arcos (en número de 3, 5 u 8) de junco o ballena, hierro y madera, que se forraban con un grueso género que, algunas veces, mostraba pasamanerías, flores, bordados y festones. “Los calzones o culottes seguían completándose con medias blancas. Arriba, un chaleco con mangas y una casaca; esta última, desabrochada y larga, se abría hacia atrás. “Las pelucas, empolvadas, presentaban infinidad de formas: terminaban en una trenza o se ataban con un moño en la nuca o formaban un todo de bucles; o tapaban las orejas con rulos llamados ‘alas de pichón’.
Es entonces cuando Inglaterra comienza a liderar la moda masculina, guiada por el dandysmo de George “Beau” Brummel, dejándole a Francia el liderazgo de la moda femenina. El dandysmo, dice Honoré de Balzac, “es una afectación de la moda”, a tal punto que “haciéndose dandy, un hombre se convierte en un mueble de boudoir, en un maniquí extremadamente ingenioso que puede posar sobre un caballo o sobre un canapé… ¿pero en un ser pensante? jamás”.
El dandy o petimetre contribuye poco a poco a la transformación de la moda masculina asentando las bases del estilo del traje masculino que se va a llevar durante todo el siglo xix y parte del siglo XX. En ella se la ve con un vestido rosado de muselina rayada de la India, de talle alto, y, en su peinado levantado, hileras de perlas que también adornan su cuello. El uso de los ligeros vestidos de muselina transparente en invierno originó en Francia, hacia el año 1803, una epidemia de tuberculosis que se conoció como “epidemia de la muselina”. Aún podemos leer en el cementerio de Vangirod el siguiente epitafio: “22 de diciembre 1802 Luisa Léfèbre, de 23 años de edad. Víctima de la mortífera moda”.
De los grandes escotes generalmente cuadrados partían frunces que eran recogidos por una cinta debajo del pecho, resultando vestidos angostos, de “medio paso”, sencillos y de un gran refinamiento, impuestos definitivamente en Francia por Josefina Beauhamais. Estos vestidos, a pesar de la muestra de Camponesqui de 1808, tardaron demasiados años en llegar al Río de la Plata. Sólo en 1820E. E. Vidal comenta: “En estos últimos años las damas de Buenos Aires han adoptado un estilo de vestir que tiene algo de inglés y de francés, pero conservando el uso de la mantilla que todavía le da un carácter particular”.
Las porteñas del estilo francés
Los relatos de viajeros nos hablan de esta especial combinación que hacían las porteñas del estilo francés, desdeñando el complemento de los sombreros muy chicos con pequeñas flores y cintas de colores y las bolsitas colgantes que llevaban las francesas, prefiriendo en cambio acompañar el conjunto con abanico y mantilla que dejaba ver generalmente una flor natural en el peinado. Según nos cuenta E. E. Vidal, esa flor era “de un color rojo muy brillante; en su aspecto esa flor se parece a un plumero y en Buenos Aires se la conoce con el nombre de plumeritos”.
La especial combinación del estilo francés con mantillas que nos puede parecer una originalidad de las porteñas, usado profusamente en la época del gran auge de las tertulias, era una moda importada de España. En un óleo de Goya de 1812, Majas al balcón, vemos el estilo imperio con mangas largas y mantilla, sin peinetón, tal como lo llevaron las porteñas, quienes nunca se destacaron por la originalidad.
Numerosos son los testimonios iconográficos que documentan esta moda. Si tomamos como ejemplo la aguatinta coloreada de Vidal cn el atrio de la Iglesia de Santo Domingo, del año 1820, vemos muy vestidas a la moda con sus talles altos, mantillas y angostas faldas terminadas en volados. Los volados asomando los ruedos de las faldas, que habían hecho su aparición en París en 1815, tardaron poco tiempo en difundirse en el Río dela Plata. Vemos los mismos talles altos en colores pastel con enaguas que asoman bajo los ruedos, pañuelos en la cabeza y chales con caída en Plaza del mercado, un aguafuerte del mismo autor que pinta en 1825 mujeres del pueblo, dejándonos la impresión de la estabilidad de la moda en esos años, como también de las escasas diferencias sociales en las vestimentas. Los hombres, mientras tanto, que habían usado en los años anteriores a 1820 la chaqueta larga y muy entallada, de color oscuro con faldones separados y pequeño cuello con solapas, que acompañaban con un ceñido pantalón blanco que calzaba dentro de botas de caña altas o semi altas.
