La más elegante lleva un vestido color marfil típico del estilo romántico: bata muy ceñida con corte al medio del cual parten ligeros frunces, sin hombros, se ajusta por un ancho cinturón de siete centímetros con hebilla, exageradas mangas abullonadas, rellenas y montadas sobre armazón de alambre llamadas gigol que parten del escote y van al puño, donde se estrechan. El complicado peinado de raya al medio se levanta en el costado con dos rodetes en forma de banana, y hacia arriba otros dos rodetes de diez centímetros de alto para sostener el alto peinetón curvado; del peinado se desprenden dos bucles que caen sobre los hombros. El conjunto se complementa con un collar de oro de dos vueltas. Caminando por la calle van una mujer de clase alta con vestido amarillo a media pierna, falda ancha y mangas largas, con inmenso peinetón curvado, envuelta porque hacía frío en un rebozo celeste. Consecuente con la poca originalidad de la mujer rioplatense y la incapacidad que muestra para legislar sobre moda, y con la característica netamente mercantilista de la sociedad, resulta natural entonces que el único estallido a lo largo de toda la historia de la moda nacional, nuevo y propio de nuestra tierra, sean los grandes peinetones, obra del talento.

Es un comerciante que pone su fábrica, dándole trabajo a ciento veinte operarios a los cuales les enseña el oficio; luego tiene las tiendas donde comercia sus productos, manteniendo igualmente su taller de Montevideo. “Aparte del taller, este señor, que era un gran dibujante y diseñador, basándose en lo que había visto en España, comienza a dibujar y a diseñar peinetones diferentes y paulatinamente un poco más grandes. Utilizaba como modelo a su segunda mujer, una bonita andaluza, cuando iba a la misa mayor para mostrar a las porteñas sus magníficos trabajos en carey, que moldeaba y calaba artísticamente en cincelados y recortados, con herramientas especialmente creadas. Cuando las obras estaban terminadas, mostrando una gran astucia comercial, las guardaba en grandes cajas de latón a manera de estuches, no exhibiéndolas en su tienda, debiendo las clientas rogarle bastante para que mostrara el trabajo. “Por supuesto, cuanto más grandes, más frágiles, más carey se empleaba y más caros resultaban. Llegaron a ser tan amplios que medían 120 centímetros de envergadura, motivando grandes caricaturas de la época, entre ellas se destacan las de H. Bacle, el litógrafo suizo, quien con su espíritu burlón hace una serie de Extravagancias del peinetón en el año 1834.

Sin embargo, la moda española, aunque con mucha competencia, se mantuvo vigente entre las mujeres delas clases altas de Buenos Aires hasta unos años después de la caída de Rosas, sobre todo en el uso de la mantilla de encaje. La mantilla no resultaba fuera de tono pues había sido impuesta nuevamente en la corte de París por Eugenia de Montijo. La clase alta federal, en cambio, hacía un verdadero culto personal de Rosas, encargando en Europa las alegorías con los retratos en las vajillas y jarrones de porcelana, trayendo especialmente de España los pañuelos de cuello y guantes con el retrato y la divisa política. En los últimos años del gobierno de Rosas el estilo de la moda comienza a sufrir algunas modificaciones, referidas principalmente a detalles y accesorios. Las faldas se vuelven cada vez más anchas y más largas, tomando volumen no sólo de los volantes, que en número de tres a dieciséis aparecen en 1846 (llegando a su apogeo en 1852-54), sino de las enaguas de crinolina que hicieron su aparición hacia 1842. Las mujeres elegantes de la época se colocaban sobre unos pantalones de lencería que llegaban al tobillo, adornados de encajes, las faldas bajeras o visos de crinolina, tela áspera y rígida, formada por lana o algodón y crin; “la crinolina en español se le llamaba medriñaque y de ahí surgió la palabra miriñaque”. 

Acerca de las crinolinas, los porteños pudieron leer en una crónica de La Mode llustrée firmada por Emmeline Raymond el 4 de septiembre de 1864: “Siniestros pronósticos se formulan por la crinolina; se afirma que su reino llega a su fin. Entre 1863 y 64 es nada más que un esqueleto y a pesar de haber ensayado todas las rutas para seguir reinando, toda dominación llega a su fin. Descartemos este pensamiento y si es posible retardemos ese doloroso momento”.

No pensaba lo mismo de la crinolina el creador de la alta costura, él inglés Charles Frédéric Worth, cuando afirmó: “La revolución de 1870 es poca cosa en comparación con mi revolución, yo, que he destronado la crinolina”. En el año 1857, cuando Worth se instal6en el N° 7 de la Rue de la Paix, preparó por primera vez una colección por anticipado y la presentó a sus clientas. Hasta ese momento dominaban el mundo de la moda las costureras, quienes cosían para cada clienta en particular, a Worth se lo consideraba el creador de la alta costura por entender su esencia: plasmar una “idea” con técnica impecable y presentarla con modelos de absoluta exclusividad.