
Encontramos esta audacia en los vestidos en una propaganda de “sellos Tuil”: una mujer joven vestida con solero corto de finitos breteles; sin embargo, una tela vela parte del escote y dos hileras de perlas le dan un aire de menor desenfado. En cuanto al maquillaje discreto, fue reemplazado por el uso sin moderación del rouge de labios y mejillas, que cobra entonces una gran importancia. Después de masajearse suavemente la cara con cera mercolizada las mujeres se aplicaban el polvo de belleza Deaborn, eligiendo, según el color de la piel, los tonos blancos, rosado o rachel. Luego marcaban las mejillas con dos círculos colorados de “rubinol” en polvo. Los ojos, de pestañas curvas, estaban enmarcados por cejas depiladas y dibujadas y pintados exageradamente con sombra negra “humo de sándalo, misteriosa que le daba un interés insospechado”⁷y que se complementaba con los labios delineados, en algunas, con el indeleble “Jugo de Rosa”, en otras, subrayados por “Raisin”, nombre del primer lápiz de labios que era fabricado de manera industrial por Houbigant.
La mujer maquillada de esta forma elige los vestidos a media pierna y de línea recta sin cintura, que Molyneux había presentado en 1919. Hacia 1922 decide poner su cintura bien baja, para ser impactada al año siguiente por el estilo egipcio. Después del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, Egipto se puso de moda: jeroglíficos en los bordados y escarabajos y lotos en las alhajas. La concentración de adornos y formas plenas en el frente de los vestidos, que algunos llaman de influencia indochina y otros de influencia egipcia, es muy importante en muchas colecciones que se muestran en Buenos Aires, de modo tal que se pone en evidencia la parte plana pero no ajustada de la banda trasera. En las tiendas las mujeres se apresuran a comprar un género de fuertes colores, de diseño abigarrado y geométrico que se llamaba, por supuesto, Tutankamón.
Después de 1925, cuando el art-déco permite avanzar hacia un modernismo más geométrico y de influencia cubista, la nueva moda de faldas extremadamente cortas y simples no permitía los diseños decorativos tan elaborados de la primera mitad de la década, así que estos van desapareciendo lentamente. La moda no escapaba a la corriente general que buscaba articular las artes con las nuevas posibilidades que brindaba la producción industrial. En esa época se produce (como luego va a ocurrir nuevamente en los años 60) una fluida comunicación entre las diferentes artes, de ahí la enorme influencia de los artistas plásticos, integrantes de las vanguardias de los años 20, en las áreas de las producciones estéticas. Comenzaron entonces a pronunciarse nuevas palabras como modernidad y funcionalidad. Esta apertura de vasos comunicantes entre las distintas artes y ciencias permitió también que tanto el surrealismo como el psicoanálisis (con el descubrimiento del inconsciente y la teoría de los sueños) influyeran en el sistema de la moda.
El surrealismo fue el movimiento vanguardista surgido en torno a la revista dadaísta Litterature y promovido por el Manifiesto Surrealista de André Breton en 1924, que buscaba resolver las condiciones, en principio contradictorias, del sueño y la realidad en una nueva realidad absoluta, en una suprarrealidad.
Este movimiento fue influenciado por el psicoanálisis freudiano y dio cauce a la intelectualidad de la posguerra entre 1924 y 1928, destacándose escritores franceses como Eluard, Breton y Clevel; pero fue Artaud quien subrayó el ideal estético del surrealismo: ¡ilo maravilloso! ilo insólito!, reunir objetos incongruentes como, por ejemplo: un piano adornando un tocado, o un tapado marrón que semeja un escritorio, con profusión de bolsillos que imitan los cajones del mueble. El gran sentido del humor y el desenfado propios del surrealismo llegan atenuados a la Argentina, aunque se utilizan profusamente sus símbolos más destacados: notas musicales, instrumentos de música, escarabajos, flores, langostinos, grandes botones, etcétera.
Del año 1924 al 1929 se dan los llamados “años locos”, que terminan con el crash bursátil de fuerte impacto en Buenos Aires que lleva a la revista Vogue a llamar “los raídos treinta” a la nueva década que se inicia. Durante este tiempo la línea que había comenzado a simplificarse cuando Poiret la libera del corsé desemboca en 1925 en una vía libre a todas las audacias. Es cuando en Francia la moda comienza a considerarse como un arte decorativo mayor, como lo prueba el catálogo de la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París en 1925: había surgido el art-déco. Este movimiento supo hallar y utilizar del cubismo un material de ángulos y segmentos de círculos, al mismo tiempo que valorizó los colores brillantes en los tejidos, estilizando y geometrizando los motivos florales del 1900. Por primera vez en la historia se usa la falda corta. Hasta los vestidos de novia, que también se usan a la rodilla alargándose en la parte trasera, muestran la gran influencia que tuvo el cubismo en la moda tubular y recta del momento. Aunque estos vestidos parecen audaces, el elemento solemne lo da la traine, concebida corno una capa tomada desde los hombros con movimientos de caída hacia atrás, pudiendo en algunos de ellos caer suelta o sujeta en la cintura.
