
Los zapatos que acompañaban los conjuntos, semejantes a los de la década anterior, se diferencian por el taco más fino y más alto, la puntera más redondeada y la capellada más subida. Hacia el final de la década se usan combinados, con aplicaciones de otros cueros y colores y picados de distintas formas. Durante este tiempo las mujeres comienzan a usar medias de nailon que, por supuesto, son importadas. En el año 1938, la firma Dupont de Nemours patenta el nailon, revolucionando el mercado de las medias, ya que las adherentes de nailon reemplazan no sólo a las de seda, habituales hasta ese momento y que producían según su grosor antiestéticos pliegues en el empeine, sino también a las de hilo usadas por las chicas de 14 y 15 años y las más baratas de rayón. Recién a mediados de la década siguiente, la fábrica de medias París comienza a producirlas y comercializarlas en la Argentina.
Los sombreros discretos, ladeados, tipo boina, convivían con las grandes capelinas de paja o terciopelo de copa corta y anchas alas (algunas de crin transparente) que se adornaban con flores de organdí. Comprados en las exclusivas casas de sombreros de Buenos Aires, o en “La Piedad”, que vendía en Bartolomé Mitre y Cerrito las capelinas a $7,90, o en las sencillas tiendas de los barrios, ninguna mujer salía a la calle sin su sombrero, ni siquiera la mucama que cumplía su trabajo por horas o las alumnas de los colegios normales que completaban su delantal blanco con boinas azules.
Bajo los sombreros lucían los peinados, dispuestos según los últimos dictados de París, en las casas particulares por el francés “Petit” Roger y por Martín Soulés, que también hacía sombreros; ambos eran los más conocidos peinadores de Buenos Aires de la época. Un cronista nos cuenta que estos peinados eran de “líneas breves, asentadas, diríamos pegados al casco”, pero siempre ondulados. La mayor o menor docilidad se conseguía según se prepararán distintos shampooing para lavarlos; como ejemplo podemos decir que sólo había que incorporar 4 yemas de huevo en 10 gramos de amoníaco y en 100 gramos de solución alcohólica de jabón, luego añadir 810 gramos dc agua, para finalmente agregarle 3 gramos de esencia de sidra con 2 gramos de esencia de palmarrosa…
Estos peinados tan cortos y pegados al casco permitían lucir la nueva creación en las alhajas de la época: los aros tipo pinzas pinces des oreille en reemplazo de los aros habituales y los clips para los pañuelos y corbatas. Las piedras preciosas elegidas por las argentinas de la época eran, los brillantes que podían estar engarzados en tiaras para las noches del Colón, y las esmeraldas que se usaban en anillos, pulseras y gargantillas. Mezclar piedras de distintos colores en los mismos engarces, algo habitual en las alhajas europeas, no se llevaba en nuestro país, ni se usaban los broches inspirados en el surrealismo, que representaban animales salvajes y aves, que había puesto de moda la Duquesa de Windsor. Las argentinas preferían, por ejemplo, para acompañar una tiara de brillantes, los broches haciendo juego que representaban flores, como aquél tan admirado que en sus 10 centímetros de largo incluía el tallo y la rosa con un brillante central. Se usaban muchas plaquetas sobre sacos y en los escotes de los importantes vestidos. Algunas alhajas se lucían sobre clásicos tailleurs Chanel de paillettes (muy década del 30), las faldas rectas a media pierna y el saco sastre de mangas pegadas, sin hombreras, sobre una blusa de satén blanco. Las casas de moda compraban el tul para los tailleurs y lo mandaban a bordar íntegramente en Nolín o Vaca.
Hacia el final de la década la línea de los tapados había cambiado en Buenos Aires: entallados de faldas cortadas levemente en forma, sin cuellos, pero con canesú y pespuntes, las mangas más amplias terminaban con adornos de zorro en los puños. La piel también se usaba para forrar gruesas pellices, que se llevaban en los días muy fríos, el abrigado forro cubría sólo el cuerpo, ya que en las mangas se utilizaba voitina. Algunos tailleuurs tenían cuellos con solapas, pero la mayoría de los sacos carecían de cuellos y se acompañaban con pañuelos de surab puestos prolijamente bajo los cuellos al ras. De los cuellos de los vestidos también al ras parten detalles de angostos plisados de muselina. Los cinturones, muy a menudo de color contrastante combinando con el écbarpc. Los sombreros aumentaron la altura de sus copas y se poblaron de plumas y moños.
Después de las audacias de los años 20 los trajes de novia recuperan toda su femineidad, la cintura en su lugar y un importante largo que permitía resaltar los cortes al bies. Los crêpes satén color marfil llevaban a veces incrustaciones de encajes y otros terminaban las faldas con doble volado. A partir del año 1935 la silueta, sumamente estrecha y surrealista (tal vez la única audacia de los años 30) convive con faldas sostenidas por una discreta crinolina. El velo ya no se apoya directamente sobre la cabeza sino en una redecilla o tocado. La crisis del año 1929 enfrenta a una economía tradicional con los valores e ideologías de los países más adelantados, produciendo una gran inseguridad. “El hombre de los años 30” necesita entonces que su vestimenta le otorgue la seguridad perdida, desarrollándose por lo tanto un estilo conservador que armonizaba muy bien con las nuevas disposiciones del New Deal norteamericano, los autoritarismos europeos y la vuelta al poder de la elite terrateniente argentina.
