
Yo no sigo las tendencias: mi trabajo es crearlas. Una multitud parisina particularmente bien vestida abarrota la Fondation Cartier, una gigantesca galería de vidrio y acero diseñada por Jean Nouvel y creada hace veinte años por Alain Dominique Perrin, antiguo presidente de Cartier. Son muchos nombres para una sola frase, pero la estrella del show aún está por llegar. Una silueta familiar, con el pelo rubio oxigenado y un suéter de marinero a rayas, se dirige a los periodistas en el centro de la estancia, haciendo juguetonas declaraciones autocríticas y estallando en risas. Incluso alguien con un interés limitado por la moda reconocería inmediatamente a Jean Paul Gaultier.
Nos encontramos en la primera exposición retrospectiva dedicada al diseñador francés; sin embargo, tratándose de un show de Gaultier, hay algo poco convencional en el ambiente. Un delicado aroma en el aire desvela el misterio: todos los vestidos del desfile están hechos con pan. De hecho, sería más preciso afirmar que el diseñador ha utilizado la mimbrería, la masa de pan y montones de baguettes para crear los vestidos pastiche que integran el desfile, bajo el título de “Pain Couture”.
Gaultier comenta a la prensa que no le entusiasmó la sugerencia inicial de organizar una retrospectiva a la manera tradicional, exhibiendo vestidos reales sobre maniquíes estáticos, porque “las prendas sólo son interesantes cuando las lleva puestas un cuerpo en movimiento”. Se le ocurrió la idea del pan mientras rememoraba su niñez, cuando acostumbraba a ir a la panadería, tras el mostrador de la cual soñaba con trabajar. “Existen muchas similitudes entre el acto de coser y el acto de hornear”, afirma Gaultier.
A nuestro alrededor, esbeltas chicas ataviadas con pichis de la era espacial à la Gaultier ofrecen fálicas baguettes a los asistentes. En la planta baja, un horno instalado a propósito para la exposición regurgita repostería “de diseñador” que puede consumirse en el recinto, y que es una metáfora práctica sobre la naturaleza efímera de la moda; como dice Gaultier: “Ya sabes, cuando ves a una chica guapa con un bonito vestido, te entran ganas de comértela”. Los periodistas parecen estar tomándose la cosa bastante más en serio que el propio Jean Paul, lo cual no sorprende, si se tiene en cuenta que la creatividad de este diseñador va de la mano de un surrealista sentido del humor. Sus apariciones en el show televisivo Eurotrash (de contenido vulgar e irónico al mismo tiempo) lo convirtieron en un personaje muy querido para millones de televidentes británicos y, según dicen algunos, disgustaron al establishment de la moda francesa.
Sin embargo, “Pain Couture” es una exposición muy amena, y no perjudica en absoluto la imagen de Gaultier, ya que le proporciona una amplia cobertura mediática y encaja perfectamente con el perfil de su marca, estrafalaria pero puramente parisina. ¿Y, iqué podría ser más francés que una baguette?
Los nuevos ídolos
Jean Paul Gaultier fue uno de los primeros diseñadores de moda en entrar a formar parte del Olimpo de las estrellas del pop; de hecho, en 1989 grabó un disco llamado How To Do That (“Ow To Do Zat”). Su energía y su inventiva ilimitadas han resultado siempre muy atractivas tanto para los medios como para el público, y por fin la prensa ha conseguido dejar de denominarle enfant terrible (ya que se había convertido en una tradición utilizar esta expresión en cualquier artículo que tratase sobre él).Sin embargo, Gaultier es también un hombre de negocios que ha creado una gran variedad de submarcas, de fragancias, e incluso (en su más reciente golpe de efecto) una gama de productos de cosmética masculina. Su compañía da trabajo a unos ciento setenta y cinco empleados y Hermnès posee el 35 %de la misma. En el año 2003, la compañía anunció pérdidas por primera vez en doce años, achacables a la ralentización de la economía y a la costosa entrada de Gaultier en la alta costura, pero espera cubrir costes hacia el año 2005, tras implementar un plan de restructuración.
Todos los diseñadores de éxito, desde un icono como Gaulucr hasta un joven principiante salido de las callejuelas de Nueva York, son conscientes de que dirigen un negocio, algo de lo que Tom Ford se jactaba cuando trabajaba para Gucci. “No entiendo a quienes afirman que los negocios y la creatividad son incompatibles”, comenta en el libro Visionaires (2001), una recopilación de semblanzas escrita por Susannah Frankel, redactora de moda de The Guardian. Ford recuerda que comenzó trabajando en Nueva York, donde “si la colección que diseñabas no se vendía bien, eras despedido al día siguiente”, y prosigue explicando que “algunos diseñadores de moda crean arte, lo cual respeto profundamente, pero yo no pretendo ser otra cosa que un diseñador comercial, de lo cual me siento orgulloso”.
