
En diferentes épocas se consideran sexy diferentes estilos de presentación personal, además de diferentes tipos corporales. Aquí hay una superposición mayor, y quizá sea correcto decir que son pocos los tipos psicológicos que pasan por completo de moda eróticamente hablando. La vampiresa de ojos grandes, carnal y sensual de los años veinte aún se puede ver en los acontecimientos artísticos, arropada con una versión contemporánea de sus clásicas sedas con flecos y sartas de cuentas tina, se ha convertido en una estrella de la música country la baby doll chos dormitorios. Aunque persistan estilos de atractivo erótico, con el paso de los años algunos de ellos han cambiado de significación, pues el lenguaje de la moda, como el lenguaje hablado, contiene términos cuyo significado cambia con el tiempo. Hoy en día, el maquillaje ocular muy fuerte ya no es distintivo de la tigresa devoradora de hombres, sino de la adolescente coqueta. Similares cambios evolutivos se han producido en el equivalente indumentario de las palabras prohibidas: el jersey ceñido, la blusa desabrochada hasta el ombligo.
A veces un estilo persiste, pero lo llevan tipos diferentes de personas. En la década de 1900, por ejemplo, las modas nocturnas para las jóvenes solteras se diferenciaban claramente de las modas para matronas y solteronas. Una «chica» que podía tener treinta años, usaba tejidos finos y colores pálidos, a menudo blancos. Una mujer llevaba tejidos más pesados y más ricos, normalmente en tonos más vivos o más oscuros, a menudo negros. A la joven soltera que aparecía con un traje de noche que su madre podría llevar con toda propiedad un satén escotado de color rojo rubí o verde esmeralda con adornos de azabache, por ejemplo, se la consideraba muy disoluta o malcriada. En la actualidad los signos se han invertido. Las muchachas bien educadas van al baile con trajes de color rojo, naranja y verde fosforescente, que les marcan la silueta. Sus madres, por el contrario, llevan ropa de fiesta de recatado corte en el mismo surtido de colores limitado que prefieren para el día: marrón, tostado, negro, blanco y azul claro o marino. Una posible razón para esta metamorfosis es que se ha producido un cambio en la moralidad sexual. Los aristócratas eduardianas, aunque de palabra defendían la virtud y exigían llegar virgen al matrimonio, después permitían una discreta promiscuidad. Hoy a las mujeres jóvenes de clase social alta, como a las jóvenes de algunas tribus polinesias, les está permitido tácitamente tener relaciones sexuales y vivir un poco la vida antes del matrimonio. Sin embargo, después de la boda se espera de ellas que se porten bien o que se marchen. El tipo masculino de moda también cambia de una época a la siguiente, aunque no todos los hombres cambian con ella. Prudence Glynn sugiere que la ropa de hombre potencia «el atractivo sexual o la prerrogativa territorial, la oferta del nido seguro, dependiendo del clima sociales. En 1900 predominaban los derechos territoriales: Lo que aquellas levitas, chaqués y gabanes ajustados decían a las mujeres era que los hombres que los llevaban eran… capaces de aportar un nido bien amueblado en el que guardar seguras a las hembras y a las crías. Los intrusos tomaban posesión de los corazones y los laureles de estos hombres por su cuenta y riesgo.
DRÁCULA Y VAMPIRELLA
Un aparecido romántico más violento es el vampiro, que regresa de la tumba no para perseguir a quienes ama sino para chuparles la sangre. El más famoso de ellos es, por supuesto, Drácula, el héroe o el villano de la novela del mismo título de Bram Stoker (1897). Su continua popularidad es merecida, pues combina los atractivos de lo exótico, lo aristocrático, la enfermedad, la muerte y la ambigüedad sexual. Es extranjero, conde y también bisexual: aunque sus víctimas favoritas son mujeres jóvenes inocentes en camisón, también ataca a los hombres jóvenes. Se caracteriza por llevar traje de etiqueta completo y una esclavina negra tipo murciélago, y tiene el pelo negro bastante largo. El ataque de Drácula es una violación simbólica, y si se repite destruye a la persona violada, que no muere, sino que se convierte también en vampiro, en uno de los «revenidos». La leyenda da así expresión dramática a la creencia decimonónica de que el amor sexual ilícito es debilitador y además crea hábito, siendo literalmente un «destino peor que la muerte». Más recientemente la liberación de la mujer, o alguna fuerza más siniestra, ha creado a Vampirella, una protagonista de cómic cuya indumentaria es una especie de disfraz de Drácula de la era espacial, escaso y revelador de las formas. Su aspecto es el tradicional: pelo negro, cara blanca y labios anormalmente rojos, con la inspirada adición de largas uñas rojas. Tan arquetípicamente terroríficos y escalofriantes son estos personajes que cualquier hombre o mujer de pelo negro y tez pálida que se ponga ropa de etiqueta completamente negra proyecta un erotismo destructivo, a veces sin una intención consciente. Otros, por supuesto, pueden asumir esta indumentaria como un mensaje sexual deliberado. Actualmente, por ejemplo, el uso de prendas de cuero negro es una señal aceptada de que la persona que las lleva es sadomasoquista y de que le atrae interpretar el papel de amo o de esclavo en la inocua fantasía o en la peligrosa realidad.
