La moda del Río de la Plata

Esta moda tuvo como característica la ausencia de gorros y sombreros hasta la aparición de la capota. Por eso nos inclinamos a pensar que las mujeres con capota, pintadas en 1833 años antes de esta aparición por Pellegrini a la entrada del cementerio protestante eran inglesas. Pero donde creemos confirmar la sospecha sobre la nacionalidad de las mujeres que usaban capotas en el año 1833 es en otra acuarela del mismo autor del año 1841, llamada El Retiro, en la que podemos apreciar una vista general y algunas mujeres con peinetón, una de ellas con vestido verde claro, capota y cartera. El Retiro era un barrio netamente inglés, por eso resulta natural ver a una mujer vestida a la moda inglesa. Además, la amplitud de las faldas obligaba a usar la “bata de cotilla” para hacer más liviano el conjunto, que terminaba en forma de pico avanzando sobre la falda, tal como podemos ver en el cuadro de Prilidiano Pueyrredón del año 1851: Manuela de Rosas y Ezcurra, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Acerca de este cuadro, José Mármol relata en La Semana de Montevideo, en el año 1851, el intercambio de opiniones sobre el color del vestido que debía llevar Manuelita de Rosas en la pintura de Pueyrredón, el color blanco representa la mitad del distintivo unitario. El color celeste, el azul y todas sus modificaciones eran la otra mitad. El verde era también color unitario y, además, brasileño. El color de oro, el amarillo, el ante, eran también colores brasileños. El negro era duelo. ¡El colorado superior! El colorado es el color de la patria federal y, por consiguiente, la joven debía estar vestida de ese color en el retrato” Además, el colorado y todos los matices que de él derivaban eran, por supuesto, los colores favoritos de la moda. El miriñaque, tal cual había aparecido en Francia en 1857, llega a Buenos Aires hacia 1860, adoptando la falda la forma de un cono que termina con una gran circunferencia sobre el suelo, armada con aros de acero desde la rodilla hacia abajo. Comienzan a usarse entonces los ruedos con cola y el albornoz.

Caseros y después

Las viejas formas culturales se diluyen con la aparición del ferrocarril y el impacto de a política inmigratoria. En febrero de 1857, se despide “La Porteña”, que salía del Parque hasta los campos de Floresta, con una “fiesta de comadres y pajueranos”; mujeres con vestidos de grandes “voladores”, peinados recogidos y hombres de levita saludaban con flores, pañuelos y galeras en alto, según nos cuenta un cronista de El Hogar.” Coincidiendo con la disolución de las viejas costumbres criollas, las tertulias en casas de familia se extinguen poco a poco, dando lugar a los clubes exclusivos, que jugarán un papel fundamental en la vida política y social argentina. El 1°de mayo de 1852, se fundó el Club del Progreso sobre la calle Perú, donde permaneció hasta 1856, año en que se muda al espléndido edificio que había levantado el comerciante Muñoa sobre la calle Victoria. La inauguración de esta nueva casa se hace con un gran baile de gala. Su primer presidente fue Diego de Alvear, a quien le sucedió Juan P. Esnaola, Rufino de Elizalde, Emilio Castro y Joaquín Cazón, adictos a Mitre, que por supuesto era un socio habitué. Con la caída del rosismo, vuelve a entablarse la pulseada entre Buenos Aires y el interior y al cabo de diez años se produce la batalla de Pavón. La elite porteña triunfadora no quiere someterse al interior; solo acepta compartir las rentas de aduana, reteniendo el poder. Las porteñas, asumiendo idéntica actitud desdeñosa, asisten vestidas de celeste al desfile triunfal de Urquiza al entrar a Buenos Aires, quien comenta con ironía: “las porteñas son las que me han echado abajo, porque entré con poncho en Buenos Aires” Dando las espaldas nuevamente al interior, las tiendas se engalanaban llenas de luz, con todos los accesorios suntuarios que llegaban del Segundo Imperio francés. Lentamente, la Buenos Aires segregada iba camino a la opulencia; las fortunas se acrecentaban con el desarrollo del comercio. Debido a la gran movilidad existente, el número de integrantes de las clases medias y altas aumentó en forma considerable; las costumbres evolucionaron hacia un mayor refinamiento, instalándose entonces un lujo antes desconocido, que prepara el terreno para los brillantes años de fin de siglo. ¿Cómo vestían en cambio los hombres que, proyectándose hacia el futuro, consideraban al progreso como uno de sus máximos valores? Sus trajes de levita oscura se acompañaban con sombreros de copa alta y a la angosta. Para bailar sobre las alfombras del Club del Progreso (algo que no se estilaba ni en Europa) la noche del 25 de mayo, los hombres usaban el elegante frac. En esta misma época continuaba usándose una prenda masculina que se llevó durante varias décadas a lo largo del siglo xix: el cavour Clamada llamado así en honor a un político italiano de la época: chaqueta hasta la rodilla, de paño oscuro, sin mangas, con simple abotonadura, de cuyas angostas solapas salía una capa corta (tipo esclavina) que completaba el abrigo, usado sobre el saco, y permitía ver las mangas.