
Aunque relativamente estable, la moda rioplatense ha ido alterándose a lo largo del tiempo. A grandes rasgos, puede dividirse en tres dilatados períodos: desde la creación del Virreinato, en 1776, hasta 1830; desde el primer gobierno de Rosas, 1830 a 1870, y, por último, entre 1870 y 1914, hasta la Primera Guerra Mundial. Naturalmente, dentro de cada uno de esos períodos existen diferentes tendencias acordes a los acontecimientos políticos, económicos y culturales tanto del exterior como del Río de la Plata. Durante poco más de 50 años, es decir entre 1776 y 1830, la moda en el Río de la Plata había permanecido bastante estable. Dada la estrecha relación con la metrópolis española, resultó natural que nuestra organización cultural de la cual, claro, la moda formaba parte, fuera hispánica. Aun cuando la moda española era la que mandaba en el Río de la Plata, no podemos olvidar la importante influencia que esta recibía de la moda francesa, ya que los borbones reinaban en España desde 1700. Aunque esta moda de París llegaba a España tamizada, traía consigo cierto aire de frivolidad, compensado por accesorios nacionales como las mantillas de encaje blancas o negras, sostenidas por altos peinetones y ocasionalmente una flor cerca de la sien y acompañados por nacionales españoles se transmitieron sin cambios al Rio de la Plata. Sin embargo, la distancia geográfica y la especial organización social de la plebeya Buenos Aires no solo empobrecían la moda recibida, sino que le agregaban un cierto toque de pacatería. El ideal social, acorde con la realidad económica y política, impedía a las porteñas afirmar su condición femenina a través de la ropa. Las mujeres de clase alta aún tenían muy pocos vestidos, e incluso estos eran recibidos en herencia de madres a hijas; por lo tanto, su afirmación personal se producía a través de la coquetería y de los modales o, como dice Samuel Haigh, comerciante inglés que viajó entre 1817 y 1827.
Dado que en el Río de la Plata la vestimenta no estaba asociada al prestigio de clase, lo que realmente primaba era la realidad de una sociedad mercantil. Esto provocaba actitudes peculiares como aquella de no considerar la moda como una inversión atractiva, algo que no ocurría, por ejemplo, con la compra de platería. Así, al estar ausente el acicate de la emulación social, y ante la imposibilidad del cambio frecuente, preferían sin duda la calidad. Por otro lado, cierto habitual acercamiento entre las clases sociales permitía, por un lado, que los sectores de menores recursos pudieran vestirse adecuadamente y, por otro, que los sectores más acomodados no tuvieran demasiadas exigencias y se conformaran con lo que podía ofrecerles el comercio rioplatense. Este acercamiento entre diversos estratos sociales, impuesto, entre otras variables, por un aprovisionamiento difícil debido a la lejanía geográfica respecto de los centros productores de moda, impactaba en ciertas costumbres características del Río de la Plata, como nos cuenta un peninsular radicado en esos años en Buenos Aires: “madre e hijas se ejercitaban aquí en toda labor doméstica. Es muy singular, y aun dotada de mala educación, la que da a hacer al sastre sus vestidos, porque ellas los saben coser y cortar con perfección admirable”. Tal vez las hechuras caseras determinaran el empobrecimiento de los conjuntos: “Su vestido no es comparable en lo costoso al de Lima y gente común y la mayor parte de las señoras principales no dan utilidad alguna a los sastres, porque ellas cortan, cosen y aderezan sus batas y andárteles a la perfección, porque son ingeniosas y delicadas costureras”, afirmaba Concolorcorvo. Además, aquellas mujeres que no cosían su propia ropa podían comprarla, según su condición social, en las tiendas de ropa o en las pulperías.
La relativa estabilidad de la moda durante ese largo período no impidió, sin embargo, un lento viraje de las costumbres y vestimentas hispánicas hacia el gusto francés, aunque este cambio no se dio de manera cortante, ya que ambas tendencias coexistían y se influían mutuamente. Este lento proceso se vio alentado, entre otros acontecimientos, por la decisión del Congreso de Viena de 1815, que aconsejaba que todas las colonias españolas retornaran al dominio español, posición que se endureció hacia 1830, cuando se presionaba para recuperar los dominios ya independientes. Esta actitud llevó al Río de la Plata a autoafirmarse, alejándose de las costumbres de la antigua metrópoli. Al mismo tiempo, llegaban a nuestras tierras contingentes de inmigrantes europeos, con predominio francés, producto de la política de los gobernantes de la época, en especial de Rivadavia, quien dio los pasos necesarios y concretos para atraerlos. El hecho es que, en las dos primeras décadas posteriores a la independencia, solo llegó un número escaso de inmigrantes, empujados de Europa por la derrota napoleónica. Si bien, como señala Héctor Viacoba en su trabajo “Mademoiselle Pichegrú, una singular amiga de Belgrano”: “Eran, a pesar de sus blasones, el material de descarte de la milicia, el arte y la cultura europeos”, dejaron sin embargo su huella y ayudaron al lento desplazamiento de las antiguas costumbres españolas.
