Moda masculina y femenina, los límites se desdibujan

Para una sociedad inmersa en el proceso de individuación, el mito de lo andrógino que privilegia lo individual por sobre lo social resultó ser demasiado atractivo. En la moda andrógina de los años 80 se expresa la cultura narcisista que según señala Lipovetsky surge de “la deserción generalizada de los valores y finalidades sociales, provocada por el proceso de personalización”.

Mientras la moda unisex de los años 60 expresaba el deseo de igualdad de oportunidades para las mujeres y los hombres, manteniendo las categorías masculinas y femeninas, la moda andrógina de los 80 desdibuja estas características, celebrando la autosuficiencia sexual como lo hubiera deseado Narciso. La moda unisex se detenía en la similitud exterior de las vestimentas, la andrógina es la resultante de una filosofía igualitaria entre hombres y mujeres que llega hasta el mimetismo gestual. Ejemplo de ello es la imagen creada por Stephanie de Mónaco quien responde a esta tendencia plenamente con su tipo físico longuilíneo y desgarbado, de espaldas anchas y caderas angostas, pelo corto, rostro anguloso, pero que conserva su femineidad.

Aunque los pioneros de esta nueva estética fueron los ídolos de la juventud rockera, David Bowie y Michael Jackson, fue el estilista Calvin Klein quien diseñó un nuevo concepto en la elegancia femenina que utiliza como antecedente y base la ropa masculina. En Estados Unidos y en el mundo causó un fuerte impacto la comercialización de ropa interior masculina adaptada a la lencería femenina. Sobretodos largos, blazers sin cuello, pantalones pinzados con botamangas, proliferación de bolsillos, zapatos abotinados de suelas anchas y medias gruesas de lana se convirtieron en la vestimenta habitual de una línea urbana de los años 80.

A fines de la década del 70 los diseñadores japoneses habían producido un fuerte impacto con su nueva estética que preparó el camino. Los diseños con anchos volúmenes, que separados del cuerpo disimulaban sus formas, sumados a un natural despojamiento, claro reflejo de su cultura, ayudaron a la difusión de la moda andrógina. Desde el punto de vista social el tabú de la transexualidad que se manifiesta en la vestimenta es menos fuerte para la mujer que para el hombre. El vestuario masculino inspirado en colores y diseños femeninos resulta más transgresor que su inversa. Podemos llegar a pensar que la androginia de esta etapa pudo actuar sobre la moda masculina como un revulsivo, porque los movimientos contraculturales de los años 60 y 70 habían acostumbrado las retinas a las imágenes agresivas o francamente diferentes. Estos movimientos generaron una “contra costura” que influyó con sus estéticas transgresoras en la moda oficial que la comercializó en su beneficio. Como había ocurrido en épocas anteriores, Nueva York y especialmente Londres fueron los generadores y difusores de estas nuevas ideas, aunque fue Italia quien finalmente se adueñó de esta nueva estética, dinamizando el vestuario masculino y dotándolo de toda la sensualidad, morbidez, combinaciones atípicas y coloridos que ya eran patrimonio de su moda femenina.

“Los cambios primero se dan en nuestra cabeza, sólo así podemos aceptar los cambios exteriores sin temor a equivocarnos. Se trataba no sólo de un cambio radical en la indumentaria masculina, también se creaba un nuevo espacio despojado y teatral con vidrieras muy austeras y con un nombre ideado por Federico Moura: Limbo, que significaba precisamente “movernos en el límite”. Se implementa una forma diferente de mostrar las prendas, colgadas de tal manera que por primera vez se tiene la libertad de observarlas, probarlas y combinarlas sin necesidad de consultar. “Entraron los que juntaron valor, los más audaces se probaron unos pantalones con dos pliegues que bajaban casi rectos y dejaban ver la punta de los zapatos. Algunos huyeron despavoridos, dejando su opinión: ‘son demasiado anchos arriba’, ‘son demasiado angostos abajo’ y lo más importante para los argentinos: ‘no marcan suficientemente la cola’. Junto con los pliegues en los pantalones, surgen las anchas y largas camisas, el uso de grandes estampados, los galones o bordados, y la importancia del accesorio: chalinas, pañuelos y tiradores. El tema de los botones ocupó un primer plano, usados como elemento digno cuyo fin es realzar la prenda. Las audaces combinaciones de colores abarcaron también a los zapatos en raso, cuero y gamuza, que completaban el estilo. El uso de buenos materiales junto a una realización muy cuidada transformó a cada prenda en casi única, y alguna vez en única (abrigo de barracán realizado con 14 metros, traje blanco y rosa diseñado para Tarantini en 1980). En 1978, después del gran éxito del llamado pantalón Limbo, el estilo se hizo inconfundible, lográndose una línea de “Alto Sport Masculino”, que permanece hasta la actualidad. Charlie Thornton y Claudio Martínez siguen transgrediendo con las formas y combinaciones, desde un ámbito creado por Dalila Puzzovio, donde puede apreciarse la ropa con la calma que produce la música barroca.