RUBIAS, MORENAS Y PELIRROJAS

La tradición siempre ha asociado el color y la textura del cabello con la personalidad, especialmente en las mujeres, sin ninguna justificación aparente, aunque no se puede infravalorar el efecto de ser tratada desde muy niña de acuerdo con un estereotipo. Las rubias, nos han dicho, son las preferidas de los caballeros y (quizá como resultado de ello) tienen más gracia; las morenas son más profundamente emocionales; las pelirrojas son fogosas y apasionadas. Los colores definidos indican una personalidad fuerte; los colores apagados y mortecinos (rubio cenizo, castaño ratón) una personalidad más retraída. Las personas de pelo lacio son serias, a veces solemnes; las personas de pelo rizado son alegres, posiblemente frívolas. Durante siglos se creyó que el pelo dorado ondulado (ni demasiado lacio ni demasiado rizado) era lo más deseable en las mujeres. Las mujeres romanas de la época clásica y del Renacimiento se lo aclaraban nacional de las princesas de los cuentos de hadas. Sin embargo, en el siglo fundamente emocional, la mayoría de las bellezas del arte popular tenían el pelo largo y de color castaño oscuro. También en la literatura había una preferencia por las morenas. A las rubias normalmente se las retrataba como «ligeras de cascos»: ingenuas, frívolas o algo todavía peor. En Middlemarch, de George Eliot, por ejemplo, la noble, abnegada y morena Dorothea se contrapone a la superficial, egoísta y rubia Rosamond. El pelo rojo, en la imaginación popular, indicaba pasión y un genio viv0; era un inconveniente para un hombre y una grave desgracia para una mujer. La pelirroja más famosa de la literatura victoriana es Becky Sharp «la del pelo arenoso», la ambiciosa anti heroína sin escrúpulos de la obra de Thackeray La feria de las vanidades (Vanity Fair, 1847-1848). 

Este prejuicio continuó en el siglo XX. La heroína epónima de la obra de L. M. Montgomery Ana de las Tejas Verdes (Anne of Green Gables, 1908), un libro infantil tremendamente popular que aún es muy leído en la actualidad, declara que «no podía haber nada peor que el pelo rojo». Por tanto, ella trata de teñírselo de negro, pero lo único que consigue es que se le ponga verde; la implicación es que no hay nada que pueda disfrazar un temperamento pelirrojo. En este siglo los rizos rojos o amarillos han dejado de ser un inconveniente, pero las asociaciones tradicionales permanecen. Las rubias son más a menudo las protagonistas de la comedia o el melodrama; las morenas, del misterio o la tragedia. Los rizos sugieren humor, y de una pelirroja se espera que sea tempestuosa. La novedad es la existencia de opciones. Los avances técnicos para dar color, rizar y estirar el cabello permiten a cualquiera que tenga tiempo y dinero para ello cambiarse el pelo como se cambiaría de sombrero. Si así lo decide, una mujer puede ser sucesivamente una rubia chispeante, una morena sofisticada o una pelirroja excéntrica; o puede conservar permanentemente cualquier color y textura que vaya con su personalidad. Como consecuencia, los estereotipos se han reforzado, y aunque no te cambies el pelo es probable que te juzguen por él y que te traten en consecuencia. Los hombres tienen la misma libertad de elección, pero la ejercen con menor frecuencia. Ya no es necesario ser moreno además de alto y guapo para ser un héroe, y no se cree que la personalidad masculina. No obstante, el pelo rubio muy claro o rojizo (especialmente si es rizado) es un hándicap para el hombre en el terreno profesional; nos, sugieren inmadurez e impulsividad.

SEÑALES SEXUALES: EL BOLSO VIEJO

En la actualidad, como antiguamente, ciertos detalles de la indumentaria transmiten un mensaje sexual directo. La ropa de color rojo vivo, ensenar una cantidad de carne mayor de lo normal y llevar prendas ceñidas que marcan la silueta son signos universalmente reconocidos. Una enunciación simple, a veces cruda, es la que se hace con la falda desabrochada hasta la cintura, con la minifalda extra corta, con el jersey fino que marca los pezones, y con el bulto de los pantalones que, como decía Mae West, indica que un hombre se alegra de verte. Ha habido a veces otros indicadores aceptados de la sexualidad. A mediados del siglo XIX, por ejemplo, se asumía que la mujer que llevaba el tocado muy echado hacia delante, cegándole la visión del mundo por ambos lados, era decente y tímida; quien llevaba el tocado echado hacia la parte trasera de la cabeza se asumía que era «disoluta», es decir, indecente y quizá lasciva. Más recientemente, en los años cincuenta, una mujer bien educada llevaba guantes normalmente cortos y de algodón blanco siempre que existía la posibilidad de que le presentasen a algún extraño. Si se le olvidaban o los extraviaba y tenía que tocar la mano de un hombre desconocido con la suya desnuda, esta mujer era consciente de haber emitido intencionadamente o no una señal sexual. El indicador sexual más universalmente reconocido en las mujeres es, sin embargo, el bolso o la cartera. Quizá fueran los freudianos quienes primero establecieron directamente la conexión, pero el uso en inglés del término purse para designar las partes prudentes femeninas data de principios del siglo XVII. La expresión inglesa old bug(bolso viaje)para designar a una mujer mayor poco atractiva tiene alrededor de cien años, y puede que subliminalmente sea la responsable de la tendencia femenina a desechar los bolsos en cuanto se estropean lo más mínimo Como resultado, las tiendas de segunda mano están llenas de bolsos viejos, a menudo bolsos caros que, aunque están en perfecto estado de uso, han sido rechazados por sus propietarias.