La muerte de la moda

Las escuelas de arte bombeaban jóvenes diseñadores rebeldes, el rock se enamoró de la moda de vanguardia, la prensa especializada floreció y la primera generación de estilistas (esos benignos tiranos del vestir) comenzó a dictar a los consumidores qué debían ponerse y cómo debían ponérselo. En Francia, el ancien régime de la alta costura experimentaba un paroxismo de dudas sobre sí mismo, mientras el prêt-à-porter se hacía con las posiciones de cabeza y el streetwear3 usurpaba el glamour aristocrático. Los franceses también se enfrentaban al desafío proveniente del otro lado de los Alpes, donde los comerciantes italianos del textil y de la marroquinería comenzaban a desarrollar sus propias marcas. En Repères Mode 2003, una recopilación de ensayos publicada por el Institut Français de la Mode, Ampelio Bucci hace la siguiente observación: “En tan sólo veinte años (entre 1970 y 1990) la notoriedad (de las marcas italianas) se ha incrementado hasta alcanzar un nivel global y se ha establecido en los principales mercados”.

Ya en 1965, Fendi, la compañía italiana de marroquinería y peletería, trabajaba con un joven y talentoso diseñador llamado Karl Lagerfeld, quien contribuyó a transformar la pequeña compañía en una marca cautivadora. Fendi no era el único contendiente italiano en liza: entre otros muchos, también se hallaban Armani, Gucci, Cerruti, Krizia y Missoni, por mencionar sólo unos cuantos. El Londres de la década de los setenta alardeaba de multitud de ideas frescas, asociadas a nombres como Ossie Clark, Anthony Price, Zandra Rhodes, y a la concept store1 Biba (de corta vida), pero las auténticas centrales energéticas del futuro se estaban creando en Milán. Hasta que en la década de los ochenta un magnate francés llamado Bernard Arnault comenzara a poner los cimientos de LVMH, los milaneses parecieron tener el monopolio del negocio de los artículos de lujo. Eran comerciantes por naturaleza y sabían cómo maridar arte y comercio de un modo que muchas marcas francesas no alcanzaban a comprender.

¿En qué momento dejó la moda de estar de moda? Parafraseando a Hemingway, todo sucedió muy lentamente, y, después, muy deprisa. Probablemente, las cosas empezaron a venirse abajo entre mediados y finales de la década de los ochenta, debido a un reventón de la repentina prosperidad económica y a la aparición del SIDA, entendidos como una poderosa metáfora de la resaca retardada que siguió a los años setenta. No obstante, esta lúgubre década no estuvo totalmente desprovista de esperanza; en esa época, el prêt-a-porter fue sin duda alguna lo más interesante de la pasarela, con las extraordinarias creaciones de Jean-Paul Gaultier, Thierry Mugler y Kenzo. En otro lugar, Karl Lagerfeld se afanaba por revitalizar Chanel (de la cual fue nombrado director creativo en 1983), y Christian Lacroix presentaba extravagantes vestidos inspirados en su pasión por la ópera, por el folclore y por la historia de la indumentaria; a fin de cuentas, ésta fue la era de los nuevos románticos. La época también fue testigo del surgimiento de los diseñadores japoneses, en particular de Yohji Yamamoto y dc Rci Kawakubo (de Comme des Garçons), cuyos etéreos conjuntos negros combinaban el rigor minimalista con las interpretaciones futuristas de la indumentaria tradicional; concebidos más como trajes que como prendas de vestir, sirvieron como fuente de inspiración para la severidad monocroma que caracterizó los últimos años de la década dc los ochenta.

Por encima de todo, sin embargo, ésta fue la época del yuppie, el joven profesional ambicioso cuya indumentaria era simbolo del éxito. La expresión “poderosamente vestido” estaba en boca de todos. Llevar puesto uno de los trajes de Giorgio Armani, desestructurados, pero fácilmente identificables, era sinónimo de éxito. En el Reino Unido, Paul Smith (mientras se dedicaba a vestir a los vistosos chicos de la City londinense con excéntricas reinterpretaciones del traje a medida, es decir, con sus “clásicos con un toque moderno”) descubrió el Filofax, una agenda personal con tapas de cuero fabricada por una pequeña compañía sita en el East End. Smith proporcionó a los yuppies el accesorio por antonomasia, al popularizar esta combinación de agenda y listín telefónico cuyo uso daba a entender que se estaba muy ocupado viendo a gente y yendo a sitios.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Ralph Lauren había estado trabajando a ritmo constante en la creación de una de las marcas que simbolizaría la quintaesencia de la moda. La historia de Ralph Lauren, su progresión de confeccionista a millonario, ha sido narrada en infinidad de ocasiones, pero merece la pena abordarla aquí de nuevo. Lauren, el diseñador cuya historia de ascensión social es la más fulgurante de Estados Unidos, nació en 1939 y su auténtico nombre era Ralph Lifshitz. Era hijo de inmigrantes judíos de origen ruso instalados en el barrio neoyorquino del Bronx; su padre, un pintor de brocha gorda, cambió su apellido por Lauren cuando Ralph aún asistía a la escuela primaria. Ralph creció con las películas del Hollywood de los años cuarenta y cincuenta, haciendo acopio mental de las imágenes de Fred Astaire y Cary Grant que más adelante le permitirían recrear el estilo de estos actores. Se inició en cl negocio de la moda vendiendo trajes en Brooks Brothers, y más tarde se hizo mayorista de corbatas y guantes en el distrito neoyorquino dedicado aI negocio de la moda. Muy pronto, comenzó a diseñar sus propias corbatas, para las que escogió el nombre Polo por la: connotaciones aristocráticas del mismo; elegantes y con estilo, las corbatas de Lauren tuvieron gran éxito en los grandes almacenes Bloomingdale’s, en los que, en 1970, el diseñador consiguió instalar un corner con una línea completa de prendas de gama alta.