Moda y posición social

La ropa diseñada para mostrar la posición social de quien la lleva tiene una larga historia. Igual que en las lenguas más antiguas abundan los títulos y las fórmulas de tratamiento rebuscadas, también las modas han indicado durante miles de años el alto rango de sus usuarios o su pertenencia a la realeza. Muchas sociedades aprobaron leyes conocidas como suntuarias para prescribir o prohibir el uso de estilos específicos de ropa por parte de clases específicas de personas. En el antiguo Egipto sólo las personas de alta posición podían usar sandalias; los griegos y los romanos controlaban el tipo, color y número de prendas de vestir que se usaban y los tipos de bordado con que se podían adornar. Durante la Edad Media prácticamente todos los aspectos del vestido estuvieron regulados en algún lugar o momento, aunque no siempre con mucho éxito. La característica común a todas las leyes suntuarias como los edictos contra el uso de ciertas palabras parece ser la dificultad para imponerlas durante mucho tiempo. En Europa se siguieron aprobando leyes sobre lo que podía ponerse cada tipo de persona hasta alrededor de 1700. Pero a medida que se fueron debilitando las barreras distinciones, el siguiente esquema social por medio del color y la forma comenzó una indumentaria: ricos tejidos, adornos superfluos y me sumo Ostentoso, Derroche Ostentoso y Ocio Ostentoso. Como con tanto lujo como les permitiese su nivel de ingresos. 

En la obra de por su vestimenta y los trata en consonancia, y esto se presenta como exacta el vestido, desde los harapos de Molly, la hija del guardabosque hasta el traje de montar de Sophia Western, «que iba adornado con tan rico encaje» que «Partridge y el postillón saltaron al instante de sus sillas, y mi patrona se le deshizo en reverencias y en llamarla señoría, con gran ansia». Las complicadas pelucas de este periodo conferían esta tus en parte porque eran a un mismo tiempo caras de comprar y caras de mantener. A principios del siglo XVIII las ventajas sociales del vestido ostentoso eran tales que hasta quienes no se lo podían permitir económicamente a menudo se gastaban el dinero en engalanarse. Como es natural, los defensores del mantenimiento del statu quo deploraron esta tendencia. En la época colonial el Tribunal General de Massachusetts declaró su «total aborrecimiento y aversión a que hombres y mujeres de humilde condición tomen para sí la indumentaria de los caballeros, que lleven encaje de oro o plata, o botones, o puntas en las rodillas, o que caminen con grandes botas; o que mujeres de igual rango lleven capuchas de seda o gasa, o fulares…». Lo que los «hombres y mujeres de humilde condición» campesinos o artesanos se suponía que habían de llevar era lino o lana burdos, mandiles de cuero, chaquetas de gamuza, enaguas de franela y otras prendas similares. Vestirse por encima de la propia condición se consideraba ridículo y extravagante y además deliberadamente engañoso. En 1878 un libro de etiqueta publicado en los Estados Unidos formulaba la siguiente queja: Es… por desgracia un hecho que, en los Estados Unidos, prestan demasiada atención al vestido quienes no tienen ni la excusa del grande mesurados generosos y ostentosos.

LA POSICIÓN SOCIAL EN LA ACTUALIDAD: PLUMAS DE LUJO Y ALMAS A JIRONES

Hoy en día la simple ostentación en el vestido, como el encaje de con más que nunca un signo de posición social. A las esposas de unas de contrario, ellas declaran constantemente en entrevistas que lo que como ha observado Tom Wolfe, siempre resulta que estas ropas cómodas y prácticas las han comprado poco tiempo antes en las tiendas más caras; además, siempre siguen las normas vigentes de Consumo, Derroche y Ocio Ostentosos. Al mismo tiempo, a medida que las ropas de alta categoría se han ido haciendo menos llamativas superficialmente, cada vez han tendido más a asumir una aureola de virtud moral. Una guía de las buenas maneras publicada en 1924 sugiere esto: Un corazón recto puede latir debajo del abrigo hecho jirones, un brillante intelecto se puede alzar sobre el traje de cuadros chillones y la corbata amarilla, el hombre del traje raído puede ser un artista muy prometedor, pero, como regla general, es poco probable que esto sea así y tales personas son insulsas, aburridas, prosaicas e improductivas tanto para sí mismas como para los demás.

Lo que esto implica es que una persona que viste mal probablemente también es deshonesta, torpe y carece de talento. Hoy esta idea está tan arraigada que una de nuestras principales historiadoras del vestido, dejarse ver a través de unas ropas feas o raídas, como en el cuento de Cenicienta: los que a duras penas se pueden permitir vestir alpaca. Los escritores populares ya no se quejan de que las personas de recursos modestos lleven ropa impropia de su clase; antes, al contrario, explican la mejor forma de hacerlo: cómo ir, según indica el título de uno de estos libros, vestidos para el éxito. En este momento hay tantas guías de este tipo que puede parecer sorprendente que no haya más gente que siga sus consejos. Sin embargo, como señala una amiga mía ejecuti.va, «la ingeniería de vestuario no puede hacer mucho por ti si tienes un trabajo asqueroso… o si formas parte de un ejército de candidatas vestidas con impecable traje chaqueta compitiendo todas por el mismo puesto de trabajo.