
Aunque el proceso reproductor no ha cambiado mucho con el paso de los años, lo que a los hombres les resulta atractivo de las mujeres sí parece cambiar regularmente. El psicólogo J. C. Flügel fue el primero que propuso una teoría de las «zonas erógenas cambiantes», según la cual las partes del cuerpo femenino que se consideran excitantes se van descubriendo y alternando de forma sucesiva y ordenada. La característica elegida no necesita tener ninguna conexión natural con la sexualidad: a los hombres de mediados de la época victoriana les entusiasmaban los hombros rellenitos, blancos y caídos; en la década de 1900se producía una agitación tremenda por vislumbrar un tobillo bien torneado, y en los años treinta la espalda era un foco de atracción erótica. Algunas de estas modas anatómicas parecen meramente arbitrarias, resultado, como sugiere Flügel, del aburrimiento y la excesiva familiaridad con otras partes del cuerpo. Otras pueden tener una explicación práctica. El interés medieval por el vientre redondeado, por ejemplo, tenía un carácter funcional en una época de alta mortalidad, cuando el embarazo constante era necesario para mantener estable la población. En los años veinte y treinta la excitación que provocaba la pierna femenina celebraba el hecho de que las mujeres se habían vuelto más móviles e independientes; y la exposición de los pechos bajo blusas translúcidas o ceñidas a principios de los setenta vinos acompañada de un interés renovado por el amamantamiento. Dado que las modas, como los sueños, responden a múltiples determinantes, puede ser significativo que estas ropas transparentes o semitransparentes, que en ocasiones además de las mujeres también llevaban los hombres, apareciesen en coincidencia con la moda de la apertura o semiaperturaintima en grupos de encuentro. A veces, la porción de la anatomía que en cada momento se considera excitante sólo se enseña en la sociedad menos educada. En circunstancias respetables se suele recubrir sofisticadamente, proceso en el que a menudo se exagera. Durante la época tardo victoriana, por ejemplo, el interés se centró en el trasero, que se enseñaba en la parte final del cancán y que se exageraba con el polisón. Tras un periodo de eclipse, el trasero volvió a ponerse de moda durante la segunda guerra mundial, cuando una vista posterior de la actriz Betty Grable en bañador ció otra vez de la moda y fue reemplazado por los senos y reprimido las fajas se convirtieron en un signo de vejez o mojigatería; las nalgas pecho. Hoy en día los pechos muy grandes se consideran un inconveniente y en ciertas tiendas se venden tanto «sostenes reductores» como pantis elásticos «de línea natural» que acomodan o provocan un desdoblamiento trasero. Los vaqueros, tanto de hombre como de mujer, tienen un corte con el que se pretende llamar la atención sobre un trasero redondeado, en lugar de comprimirlo en un mono trasero plano. Es difícil decir lo que significa todo esto. Un autor muy interesante que ha escrito sobre la moda, el antropólogo Robert Brain, ha señalado no obstante que en las especies animales el «abultamiento y la coloración del trasero es particularmente visible en aquellas especies que tienen los machos más agresivos y pendencieros».
No son sólo las distintas partes del cuerpo; también los distintos tipos de cuerpo se ponen y se pasan de moda. Según cánones modernos, la belleza eduardianas era horrorosamente pálida y obesa; Twiggy, la niñamujer ideal de los años sesenta, ahora nos parece una víctima de la anorexia. Los estilos de casi todas las épocas están diseñados para favorecer a la mujer que se ajusta al ideal del momento, y para permitir que la mujer que se aparta un poco de este ideal se acerque a él. Sin embargo, puede que a cualquier persona cuyo aspecto natural esté muy lejos de dar la talla la moda la afee positivamente. La ropa new look sofisticada, de complicado corte y rígida de la época posterior a la segunda guerra mundial resultaba favorecedora para las mujeres altas y esbeltas, pero a las bajas y regordetas las hacía parecer globos. Actualmente están de moda los hombros cuadrados y una complexión atlética, y a la mujer cuya pequeña estatura y cuya figura rechoncha habrían hecho de ella una belleza victoriana, le resulta difícil encontrar un video que no le haga parecer que lleva hombreras de rugby. En ocasiones aparece un estilo que no favorece a nadie. A finales de los años cincuenta las mujeres llevaban chaquetas y vestidos de corte muy cuadrado e informe, o muy estrechos por arriba y acampanados por abajo, que, al contrario que los vaporosos trajes largos de diez se negaban a adaptarse a la forma de sus usuarios. Por contra nos envolvían como los desmesurados disfraces de cartón de una fiesta escolar. La única ventaja de esta ropa es que hacía que pareciese que se estaba ligeramente embarazada, tanto si lo estabas como si no, simplificando la vida de las madres del baby boom. Era una vestimenta apropiada para los años del «misticismo femenino», cuando se suponía que todas las mujeres encajaban en el molde estándar del «ama de casa feliz”.
