
La piel es más apropiada que el cuero para convertir simbólicamente a su usuario en un animal. A veces el mensaje es simple: el ruso con su gorro y su abrigo de piel de oso es un oso ruso; la muchacha que va a su primer baile con un abrigo nuevo de piel de cordero es una oveja camino del mercado. En otras ocasiones, es poco probable que a una prenda de piel se le atribuyan las características de un animal concreto. La perversidad egocéntrica del visón, la laboriosidad obsesiva del castor, el ruidoso ardor maternal de la foca, no se han de esperar necesariamente de las mujeres (u hombres) que se visten con sus pieles, aunque es evidente que existen casos de tal mimetismo. En primer lugar, la mayoría de los compradores de abrigos de piel desconocen la conducta de los animales de los que proceden: lo único que quieren decir es «Soy un animal muy caro”. Sin embargo, la personalidad de algunos animales peludos está tan bien establecida en la tradición popular que es inevitable que forme parte del mensaje indumentario. La timidez y la fecundidad del conejo tienden a transferirse a quienes llevan abrigos hechos de piel de conejo Playboy: ser ligeramente (aunque encantadoramente) tontas, sexualmente médicos actuales, un gran número de embarazos).
El zorro, por otra parte, es, en la tradición popular, astuto, valiente e independiente, y la mujer que lleva su piel se asume que comparte lar durante los años veinte, cuando las cualidades zorrunas comenzaban a parecer atractivas en una mujer; fue en 1925, por ejemplo, cuando la ingeniosa novela Lady into Fox de David Garnett se convirtió en un éxito de ventas internacional. Unos años después se pusieron de moda los abrigos de paño rematados con enormes cuellos de piel de zorro que tapaban casi toda la cara: con ellos la mujer de la época de la Depresión miraba a un mundo salvajemente competitivo desde una máscara de piel, como un animal cautivo pero inteligente y astuto. Hay dos usos concretos de la piel en la indumentaria femenina que merecen especial mención: uno es la práctica, común en los años treinta y cuarenta, de llevar alrededor de su cuello una o más pieles de animales completas (por lo general zorro, a veces visón), con patas, cola y cabeza, mostrando los afilados colmillos y con los ojos de cristal pequeños y brillantes. No está claro si el zorro o el visón representaban la naturaleza animal de la mujer que lo llevaba o si eran una especie de trofeo que representaba al hombre o a los hombres que había cazado, colgados alrededor del cuello a la manera primitiva, como en algunos retratos de Diana Cazadora. Otra prenda de piel muy simbólica fue el manguito, que se puso de moda a principios del siglo XIX y gozó de aceptación hasta la segunda guerra mundial. Al principio los manguitos se hacían de plumón de cisne o de pieles caras como marta cibelina, piel de oso o chinchilla. Una vez que los cisnes se convirtieron en especie protegida y que se encarecieron todas las pieles, el manguito era más normalmente de piel de cordero, de foca o de visón. Como es evidente en inglés por el antiguo significado vulgar de la palabra mufft* la mujer que llevaba uno llevaba un símbolo visible de sus partes pudendas, que ella representaba como peludas, suaves, delicadas y calientes. En un día de frio el manguito de su acompañante, alentando así su esperanza de una oportunidad similar pero menos simbólica en el futuro.
Cuerpos decorados: bronceados y tatuados
Las mujeres pueden alterar las propias para aumentar (o disminuir) oscureciéndola para que se ajuste a los cánones de belleza trabajaba al aire libre; indicaba por tanto una posición social de clase más blanca fuese la piel de una dama, más bella se pensaba que era. Como consecuencia, las mujeres e incluso los hombres se esforzaban por evitar la exposición al sol: la toca y el parasol victorianos, por ejemplo, no eran sólo decorativos y simbólicos, también servían de sombrillas. Sin embargo, a principios del siglo XX muchos empleos de baja categoría obligaban a trabajar un gran número de horas bajo techo, nada más que con dos semanas de vacaciones al año. Un intenso bronceado integral implicaba que se tenía tiempo y dinero suficiente para tumbarse al sol. Si se vivía en ciertos países norteños, esto era especialmente prestigioso durante los meses de invierno, pues sugería un caro desplazamiento al sur. El bronceado se consideraba también erótico, en parte porque sugería saludable ejercicio al aire libre, que en este siglo ha sido por lo común algo excitante, y en parte por la creencia generalizada de que las personas de piel más oscura (latinos, árabes, negros) son más sensuales. La moda de los bronceados, según los historiadores sociales, la inventó Gabrielle Chanel en 1920, y los primeros aparecieron en la Riviera francesa. A los pocos años prácticamente no había héroe romántico que no estuviese bronceado. Las heroínas siguieron durante algún tiempo más con su divina blancura, pero hacia los años treinta también muchas de ellas tenían la piel dorada o aún más oscura, como Nicole Diver en la obra de Fitzgerald Suave es la noche (Tender Is the Night,1934), de la que se dice que «su espalda, de un marrón anaranjado, adornada con una sarta de perlas color crema, brillaba bajo el sol». Sin embargo, en ciertas zonas como el sur de los Estados Unidos. Cuando se tiene un clima caluroso, una gran población obrera de piel se realiza al aire libre, una piel más marrón no confiere más status.
