Estilos característicos de 1830-1870

En esta convulsionada época se suceden en Europa movimientos revolucionarios encabezados por sectores nacionalistas y liberales, enfrentados abiertamente a las monarquías vigentes. En Francia, estallaron agitaciones sociales en 1830 y 1848, que la transformaron en uno de los centros principales del movimiento que tiene su expresión cultural en el romanticismo. Esta marca toda la época y, más que una tendencia cultural, es un estilo de vida que busca la expresión libre y la afirmación de la personalidad del individualismo. Este individualismo y ciertas características propias del romanticismo entre ellas el desprecio del formalismo, la búsqueda del color local, la reacción contra las costumbres habituales se manifestaba en actitudes extravagantes para la época. Desde luego, una vez más, la moda muestra, al responder con exótica originalidad, hasta qué punto está relacionada con los cambios sociales, ya que los románticos buscaban hacerse notar a través de su vestimenta y de su aspecto físico, todo sazonado con una gran exaltación de los sentimientos y actitudes de angustia frente a la muerte.

El rosismo y la moda

Mientras en Europa las modas y costumbres eran alteradas por el romanticismo, en Buenos Aires, que no era ajena a sus desbordes, comenzaba un período singular de la historia local. Durante ese tiempo, una creciente ruralización de la capital porteña demuestra que los estancieros y paisanos armados, liderados por Juan Manuel de Rosas, comenzaban a tener importancia en el manejo público. Buenos Aires, que había sufrido un proceso de alejamiento de las antiguas costumbres coloniales, vuelve a girar retomando nuevamente las tradiciones hispano criollas. Respecto de la moda, hicieron aparición costumbres extravagantes y curiosas. Solo si se tienen en cuenta las exageraciones de la moda romántica y la necesidad de subrayar nuevamente lo hispánico, es posible entender la moda de los descomunales peinetones, que dominan el panorama de esos años. Paralelamente, desde 1831 se usaba en Buenos Aires el color punzó, asociado al rosismo y generalizado el 20 de octubre de 1838, origen del uso de la famosa divisa federal. Ese día, reunidos para el entierro de Encarnación Ezcurra de Rosas, a los federales auténticos y entre ellos al coronel don Vicente González se les ocurrió llevar un distintivo que los señalara. Se compraron entonces en las tiendas cintas color punzó, colocadas en el sombrero en señal de duelo; rápidamente fueron imitados. A partir de entonces, no solo se difundió la imposición de llevar el cintillo colorado en el ojal de la chaqueta; también hicieron su aparición los chalecos colorados rameados en negro para los hombres, algunos de los cuales, bien conservados, se encuentran en el Museo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. Tal vez el moño federal pueda ser considerado como una de las primeras manifestaciones auténticamente argentinas de la moda. De hecho, la imposición del color punzó llegaba hasta el uniforme de los alumnos (aunque no se recuerdan ni camisas ni medias de ese color), la librea de los sirvientes y las testeras de plumas de los caballos, llegando el frenesí hasta los carros fúnebres. Este color invadía puertas, ventanas, zócalos de las casas y hasta los postes de las veredas.

Aquellos chalecos colorados rameados en negro y la obligación del uso del bigote que mostraban los federales contrastaban con la oscura levita y la sotabarba en forma de U (como la de Esteban Echeverría) de los unitarios. El contraste se diluyó en las tertulias, porque debido al clima político existente, la deserción de los unitarios que habían tomado el camino del exilio (entre ellos Juan B. Alberdi, escritor, político, músico y editor del periódico La Moda) era notoria. En general, estos detalles y la diferencia en el pantalón, eran los únicos cambios visibles en la vestimenta masculina, que no se había modificado demasiado desde la época anterior. Resulta interesante leer el diario del fundador del Museo Histórico Nacional, el doctor Adolfo P. Carranza, que integraba junto a Barilari, Cantilo y Zapiola la comisión de monumentos que se levantan para engalanar Buenos Aires en ocasión del Centenario (1910). El 29 de noviembre de 1909, refiriéndose a una nota que había recibido del escultor Eberlein para que fuese a ver el boceto del monumento a Castelli, escribe: “No le he observado más que la esclavina que es de mucho vuelo y la levita demasiado larga y algo pesada”. Al día siguiente anota: “Propuse que se le suprimieran las botas poniéndosele el pantalón moderno. Eberlein lo aceptó”. Tal vez el doctor Carranza y Eberlein hayan pensado que la necesidad de elegancia y de armonía en las vestimentas de bronce permitían la licencia de no respetar la moda de la época, ya que, desde la muerte de Juan J. Castelli, en 1812, el pantalón había evolucionado, transformándose completamente en 1830. Si seguimos los testimonios iconográficos como por ejemplo las pinturas de Carlos E. Pellegrini, H. Bacle, Carlos Morel y Prilidiano Pueyrredón, quienes documentaron fielmente las modas y costumbres de esos años, vemos que, en una gran mayoría, predominan los vestidos rosados, colorados, marrones, amarillos pálidos y algunos blancos.