
A partir de la década de 1820 las mangas se fueron ahuecando y alcanzaron su máximo volumen en los años 30. Se llamaban mangas de pernil o jamón porque su forma recordaba el muslo de un cerdo; en inglés reciben el nombre de mangas de pierna de cordero. El siglo XIX fue un período durante el cual la forma de los vestidos femeninos cambió espectacularmente. El período romántico empezó a principios del siglo XIX. El centro de atención pasó de la vida real a un mundo de fantasía inspirado en el estilo caballeresco medieval y en los cuentos de hadas. El estilo de los artistas del período romántico -Byron y Keats, poetas, Schumann y Chopin, músicos, Delacroix, pintor se caracterizaba por un sentido de lo trágico y una exaltación de ese sentimiento, que a su vez marcó el tono de toda la época. El modelo de mujer de este período era delicado y melancólico, y el ideal amoroso del hombre era una mujer sumisa. Las obras de teatro situadas en la época medieval de repente se pusieron de moda, y los trajes del medioevo ofrecieron inspiración para la forma femenina, derivando en peculiaridades de la moda como el escote pronunciado, las mangas de pernil, el talle estrecho y la falda generosa y acampanada.
El chintz indio conocido como indiana había sido muy apreciado en el siglo XVII, y su popularidad contribuyó al desarrollo de la industria de estampación en Europa occidental, que ya era pujante debido a la Revolución Industrial que tuvo sus inicios en Inglaterra. A mediados de la década de 1830, los vestidos confeccionados con ese material estaban muy de moda. Este vestido muestra la típica línea romántica de esta época, y el dibujo de flores y frambuesas da al chintz indio un aspecto aún más delicado.
Se dice que el abanico se importó de Oriente en los siglos XV y XVI y se convirtió en un artículo habitual en Europa. Hacia el siglo XVII también se fabricaban abanicos en Europa, especialmente en París, y eran considerados accesorios básicos para la mujer. Además de su uso práctico, el abanico daba un toque esencial al atuendo perfecto. Los zapatos sin tacón estuvieron de moda desde el período del Imperio hasta la era romántica. Se utilizaban materiales delicados y livianos en los zapatos para que hicieran juego con el vestido. Cuando los vestidos translúcidos y de falda más corta se popularizaron, solían llevarse medias decoradas con bordados en la zona del tobillo.
La cintura alta estuvo de moda desde finales del siglo XVIII, pero volvió a su posición natural a mediados de la década de 1820. Desde entonces la obsesión por una cintura de avispa fue en aumento, y el corsé, aunque cambiaba de material y forma, siguió apretando la cintura de la mujer hasta principios del siglo XX. Los corsés que aquí se muestran son del tipo que se llevaba cuando se volvió a imponer el talle fino en la década de 1820. Su tacto es suave y la presión que ejerce sobre la cintura al estrecharlo no es excesiva. A la derecha, en la parte inferior, se pueden ver las hombreras que se llevaban bajo las mangas de pernil, tan en boga entonces, para realzar su volumen.
Durante el período romántico se utilizaron con gran profusión los tejidos con pequeños motivos florales para los vestidos femeninos. Las técnicas de estampación evolucionaron con rapidez y los motivos polícromos que antes sólo eran posibles sobre seda tejida se podían aplicar ahora con métodos de estampación más económicos. En 1834 se inventó el método perrotine de estampación, que permitió producir en masa los delicados estampados florales y a precios económicos. El material con pequeños motivos era popular por varias razones: aparte de tener un precio asequible, escondía los posibles puntos de suciedad de la ropa y cualquier error en la técnica de confección.
En la década de 1840, la exagerada manga de pernil desapareció del panorama de la moda. Las faldas se volvieron más grandes, con capas de enaguas, la cintura descendió y se estrechó todavía más. A principios de esta década surgieron los primeros miriñaques de crin de caballo, lo que facilitó que las faldas pudieran ahuecarse más sin necesidad de tantas enaguas. Todos estos elementos realzan las cualidades femeninas de la gracia y la sensibilidad. La palabra dandy se usó por primera vez a principios del siglo XIX para definir a los ingleses más refinados. Animados por la Restauración de 1815, los aristócratas que habían huido a Inglaterra regresaron a Francia, y los dandies que volvieron a París se convirtieron en una característica de la capital. Sus atuendos seguían el estilo sencillo y funcional de la moda inglesa. Puesto que no había ornamentos, se hacía hincapié en unos materiales de primera clase y un corte perfecto y ajustado. La exquisita combinación de colores y el corte que se ajusta perfectamente al cuerpo casi convierten a este típico terno de un dandy de los años 30 en una obra de arte. Hasta el siglo XVIII el concepto de “ropa infantil” no existía. El niño era considerado un adulto en miniatura, y la ropa que llevaba era simplemente una versión reducida de la de los mayores.
