Estilos característicos 1776-1830

La mayoría de las porteñas, sin distinción de clase, usaban durante este período el traje de origen español, formado por faldas largas y anchas, que cubrían enaguas confeccionadas. Sobre una camisa de lino con encajes, un corpiño o chaleco, se colocaba una chupa o jubón que, ajustado en la cintura, caía 10 centímetros sobre las caderas y tenía mangas angostas y largas, como se puede ver en La maja y los embozados, de Goya, o en los grabados de 1778, La maja de la peineta y La maja de la mantilla. Lo que servía como indicador de la clase social de la mujer era la prenda que usaba para cubrirse la cabeza al salir de su casa. Aquellas de mejores condiciones económicas se cubrían con mantillas que, según nos cuenta Emeric Essex Vidal: “Consistían en un trozo de seda de una yarda y media de largo por media de ancho en el centro, el cual termina con una borla en cada extremo. Para asegurarla no se usan ni broches ni alfileres, sino que se sujetan con arte y gracia bajo la barbilla con una mano o al extremo del abanico, sin el cual no da un paso ninguna dama”. Las mujeres de recursos más escasos usaban el rebozo, pieza de género de forma cuadrangular, confeccionada en bayeta, generalmente clara, que cubría la cabeza y los hombros, dejando solo una parte de la cara al descubierto. Donde realmente cobraba toda su seriedad el traje español era en la indumentaria para la iglesia, generalmente de seda negra, acompañada con medias de seda blancas y zapatos del mismo color. Así llegaban vestidas las porteñas de las familias “paquetas y currutacas” como las llama Octavio Battolla a la última misa, después del almuerzo. Preferían las iglesias del centro, que se levantaban en el barrio más “distinguido”: la Catedral y San Ignacio. Las jóvenes iban en grupos y se atrevían a usar velos o adornos blancos en los vestidos, ya que éstos se consideraban fuera de lugar en las mujeres de mayor edad. El pelo renegrido y largo era recogido en un rodete que se ajustaba con peinetas; la vestimenta de estilo español se complementaba con unas zapatillas de seda bordadas o de brocado de oro, con hebillas de diamantes o strass y tacos altos, que en algunos casos podían ser de plata maciza.

No sabemos a ciencia cierta el tiempo que demoraban las modas en llegar a Buenos Aires, pero cuando hacía años que las francesas usaban el estilo imperio, en el Río de la Plata se llevaba una imitación del estilo francés de la época de Luis xvi, que coexistió con el español. Un ejemplo de este tipo de vestimenta lo tenemos en la miniatura sobre marfil realizada por De Pietris en 1794, en la que podemos ver a Francisca Silveira de Ibarrola que, a los 25 años, había sido elegida por el Virrey en el Fuerte de Buenos Aires para posar en la primera miniatura realizada en el Rio de la Plata, según se cuenta. El peinado sostenido hacia arriba esta.ba adornado con flores y plumas y velado con polvos a la manera francesa; un tenue cuerpo de gasa atenuaba el contraste con la ceñida casa.ca azul abotonada en la delantera de angostas mangas que terminan en puños con botones. Característica de esta moda “a la francesa” era el tontillo o panier. Encima del tontillo, la falda profusamente adornada con volados, moños, lazos y encajes, se cubría con una sobrefalda que, abierta por delante y hacia atrás, permitía su lucimiento.

En cuanto a los hombres, si bien algunos llevaban la moda española de severo traje negro acompañado de largas y oscuras capas, la mayoría en especial, los de clase alta y aquellos vinculados a los funcionarios reales, hacia fines del siglo XVIII, vestían a la manera borbónica. En La Moda: esa dulce tiranía se los describe del siguiente modo: “Los hombres ataviados el término cabe más que vestidos ‘a la francesa’, recibieron el nombre de petimetres o currutacos. ‘Mucha hebilla, poquísimo zapato’, decía un soneto aludiendo a aquel calzado de tacón alto y gran hebilla, tan versallesco. Los colores utilizados eran el verde, el azul, el amarillo… Si el traje se destinaba para la gala, se hacía blanco y con ricos bordados y, como la coquetería masculina también tiene sus vueltas, una capa encarnada echada sobre un hombro sabía completar el atuendo. Varios volados de encaje en los puños caían sobre las manos y por ello se llamaban ‘llorones’. Algunos virreyes, empelucados y afeitados, dirigían así, a su modo dieciochesco, los destinos de la colonia…”. Sin embargo, muy pronto los jóvenes rioplatenses que preparaban la emancipación americana tomaron distancia de las modas francesas, para rendirse a la influencia inglesa. La Revolución Francesa, que había pues to en evidencia el fuerte contraste entre las vestimentas lujosas y lo miserables de las distintas clases sociales, impulsó la vestimenta femenina hacia el “estilo de la simplicidad” y, a la masculina, a la uniformidad.