Las formas de vestirse y las clases sociales

Si bien la imitación de las formas y de vestirse de otras clases sociales es sumamente importante, ésta se abandona cuando consideran que lleva a un menoscabo de la seguridad que persiguen y quieren demostrar. Por ejemplo: el batón, un vestido de algodón abierto con botones que se usa generalmente durante las mañanas para limpiar la casa y hacer las compras no guarda ninguna relación (aunque su corte y diseño sea el mismo) con los vestidos “camiseros” o chemisiers que usan las mujeres de la clase media alta. Es tan intensa la asociación del batón con la categoría de vestido de trabajo que resulta prácticamente imposible vender los clásicos vestidos camiseros en los negocios que abastecen a las clases bajas, a pesar de la fuerte tendencia a la imitación de las formas de vestir de las otras clases. Frente al camisero se responde: “No lo llevo, parece un batón”.

Tanto los integrantes de la clase alta como los de la clase baja tienden en general a la uniformidad. Tal vez encontramos la excepción a esta norma de la uniformidad en el pequeño grupo de mujeres que trabajan como personal doméstico en casas de familia (siempre presente la especialización del estilo por actividades) y que tienen una cierta identificación con sus empleadoras, dándose además la situación de quedar con parte de su sueldo sin comprometer al tener solucionadas en sus lugares de trabajo algunas de sus necesidades básicas. También nos encontramos con mujeres sumamente originales entre las llamadas “mujeres de la noche”, que despliegan su creatividad al vestirse, en la necesidad de aumentar al máximo su seducción y competir. En el caso de estas mujeres también hay que tener presente el alto grado de conocimiento de sí mismas que las empuja a la diferenciación. En cuanto a los niveles socioeconómicos medios, fueron tradicionalmente en la Argentina la franja social donde las mujeres se vestían con más originalidad, debido a un mayor ocio y a un gran empuje personal.

Era común hasta 1965 en casi todos los barrios la presencia de modistas artesanas bien informadas de la moda del momento, que con gran vocación y conocimientos permitían que sus clientas pudieran desarrollar su imaginación. Estas modistas fueron desapareciendo, pues su trabajo artesanal no podía competir con los precios de la uniformidad que ofrecían el número creciente de boutiques. En cuanto a la calidad, las mujeres de las clases medias debieron ir resignándola, al trasladar el dinero que antes se dedicaba a la modista (verdadera institución en cada barrio) a otros renglones del presupuesto familiar. Las mujeres que no llevaban sus géneros a las modistas se reunían en casas o academias para aprender algo muy común en las décadas del 40 y 50: “corte y confección”. Transformaban y trabajaban diferentes telas y tejían sus propias lanas. Muchas de ellas aprendían con las sombrereras a manejar los fieltros y pajas para hacer sombreros. Las boutiques, con su ropa más vistosa pero uniformada y pobremente confeccionada, fueron ganando la partida y a partir de la década del 60 algunas de esas mujeres quedaron fijadas frente a los aparatos de televisión viendo los teleteatros de la tarde.

En cuanto al grupo más numeroso de mujeres que antes se reunían “a coser”, empujadas por el consumismo de la sociedad que llevó a un deterioro de los salarios familiares y por toda la temática de la liberación femenina, se incorporaron al mercado laboral, sin que les quedara prácticamente ningún tiempo libre. Sin embargo, algunas de las mujeres de esta franja social media todavía conservan la misma búsqueda de seguridad, aunque no tan agudizada como en las mujeres de la clase baja, y una cierta necesidad de diferenciación que las lleva a ser las únicas consumidoras de las revistas femeninas de labores y de recetas culinarias. Pero no podemos dejar de notar un paulatino deterioro y empobrecimiento de la fuerza creativa en las clases medias, que, si bien es un problema muy agudizado actualmente en la Argentina, es un fenómeno que se está empezando a percibir en todo el mundo. Es el alto costo que debe pagar la sociedad moderna por la masificación. 

El proceso de democratización de la moda, alentado por el auge de la confección seriada que abarata los costos provocando que casi todas las clases sociales puedan disponer de la ropa como medio de expresión, determinó esta inversión en el interés por la moda de acuerdo con las clases sociales. Anteriormente al proceso de democratización de la moda, el interés aumentaba a medida que se ascendía en la escala social, tendencia que se invirtió totalmente de modo tal que actualmente el interés aumenta a medida que se desciende en la escala social. Pero una cosa es el interés que se le da a la moda, provocado por una necesidad de seguridad y de integración, y otra muy distinta la necesidad de originalidad y diferenciación, que resulta más agudizada en la clase media, mientras que, como vimos, las clases alta y baja tienden hacia la uniformidad y la integración.