La moda en el antiguo Buenos Aires

Durante esos años, ya habían desaparecido en Buenos Aires los grandes peinetones, en consecuencia, el peinado cambió, llevándose la raya al medio y recogido por bucles que caían hasta los hombros, una flor completaba el arreglo. Se generalizó también el uso de los famosos chales de cachemira de gran belleza y colorido, que se importaban de Francia en la época de Napoleón III. Estos chales habían hecho su reaparición en 1842, junto a los vestidos que se ensanchaban y alargaban ayudados por la crinolina y las capotas que comenzaban a ser usadas por las porteñas. En el cuadro de Descalzi, Budoir Federal 28 fechado en 1845, vemos a una joven mujer vistiéndose, y apoyada sobre una silla, la capola junto con el chal y el vestido listo para ser usado.

La moda del Río de la Plata tuvo como característica la ausencia de gorros y sombreros hasta la aparición de la capota. Por eso nos inclinamos a pensar que las mujeres con capota pintadas por Pellegrini2 en 1833 (años antes de esta aparición) a la entrada del cementerio protestante, eran inglesas. Pero donde creemos confirmar la sospecha sobre la nacionalidad de las mujeres que usaban capotas en cl año 1833 es en otra acuarela del mismo autor del año 1841, llamada El Rclro,3° en la que podemos apreciar una vista general y algunas mujeres con peinetón, una especialmente, con vestido verde claro, capota y cartera. El Retiro era un barrio netamente inglés, por eso resulta natural ver a una mujer vestida a la moda inglesa.

Además, la amplitud de las faldas obligaba a usar la “bata de cotilla” para hacer más liviano el conjunto, que terminaba en forma de pico avanzando sobre la falda, tal como podemos ver en el cuadro de Prilidiano Pueyrredón del año 1851: Manuela de Rosas y Ezcurra, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Acerca de este cuadro, José Mármol relata en La Semana de Montevideo, en el año 1851, el cambio de opiniones que hubo sobre el color del vestido que debía llevar Manuelita Rosas en la pintura de P. Pueyrredón: “El blanco, era la mitad del distintivo unitario. El celeste, azul y todas sus modificaciones, eran la otra mitad. 

El miriñaque tal cual había aparecido en Francia en 1857 aparece hacia 1860 en Buenos Aires, adoptando la falda la forma de un cono que termina con una gran circunferencia sobre el suelo, armada con aros de acero desde la rodilla hacia abajo. Comienzan a usarse los ruedos con cola y el albornoz. Después de Caseros, vuelven los emigrados cargados de ideas republicanas y liberales, decididos a delinear un proyecto nacional que transforme inmediatamente la realidad del país. Las viejas formas culturales se diluyen con la aparición del ferrocarril y el impacto de la política inmigratoria. En febrero de 1857 se despide “La Porteña”, que salía del Parque hasta los campos de Floresta, con una “fiesta de comadres y pajueranos”; mujeres con vestidos de grandes “voladones”, peinados recogidos y hombres de levita saludaban con flores, pañuelos y galeras en alto, según nos cuenta un cronista de El Hogar.

Coincidiendo con la disolución de las viejas costumbres criollas, las tertulias en casas de familia van desapareciendo poco a poco, para dar lugar a los exclusivos clubes que jugarán un papel fundamental en la vida política y social argentina. El 1o de mayo de 1852 se funda el Club del Progreso sobre la calle Perú, donde va a permanecer hasta cl año 1856, cuando se muda al espléndido edificio que había levantado el comerciante Muñoa sobre la calle Victoria. Con la caída del rosismo vuelve a entablarse la pulseada entre Buenos Aires y el interior, y al cabo de diez años de separación se produce Pavón. La elite porteña triunfadora no quiere someterse, por supuesto, al interior; sólo acepta compartir las rentas de aduana, pero reteniendo el poder.

Las porteñas, asumiendo idéntica actitud desdeñosa, asisten vestidas de celeste al desfile triunfal de Urquiza al entrar a Buenos Aires, quien comenta con ironía: “las porteñas son las que me han echado abajo, porque entré con poncho en Buenos Aires”. Dando espaldas nuevamente al interior, las tiendas se engalanaban llenas de luz con todos los accesorios suntuarios que llegaban del segundo imperio francés. Lentamente, la Buenos Aires segregada va camino hacia la opulencia; las fortunas se acrecientan con el desarrollo del comercio. Por la gran movilidad existente, el número de integrantes de las clases medias y altas aumenta considerablemente; las costumbres evolucionan hacia un mayor refinamiento, instalándose un lujo antes desconocido que prepara el terreno para los brillantes años de fin de siglo. La moda, tanto masculina como femenina, se acompasa a esta nueva situación, quedando hábilmente documentada en las acuarelas y pinturas de J. L. Pallière, especialmente Cazuela del Teatro Colón 34 del año 1858, por la cantidad de modelos femeninos que representa.

¿Cómo vestían en cambio los hombres que, proyectándose hacia el futuro, consideraban al progreso como uno de sus máximos valores? Sus trajes de levita oscura se acompañaban con sombreros de copa alta y a la angosta. Para bailar sobre las alfombras del Club del Progreso (algo que no se estilaba ni en Europa) la noche del 25 de mayo, los hombres usaban el elegante frac. Estos “atrayentes gentlemen, a veces esclavos de su compostura”, llevaban la levita “como traje corriente en las reuniones sociales y hasta los empleados de gobierno iban asía sus oficinas”. En esta misma época se continuaba usando una prenda masculina que se llevó durante varias décadas a lo largo del siglo xix: el cavour (llamada así en honor a un político italiano de la época), chaqueta hasta la rodilla, de paño oscuro, sin mangas, con simple abotonadura, de las angostas solapas salía una capa corta (tipo esclavina) que completaba el abrigo, que se usaba sobre el saco, permitiendo ver las mangas.