El crecimiento económico que en el último período había sido de una rapidez vertiginosa y que llevó a una transformación radical y rápida de la sociedad argentina, comienza su desaceleración. Entre las transformaciones se nota, especialmente, la expansión de la clase media, que convierte a la movilidad social en un factor muy importante de su formación. Consecuencia natural es el arribo de la clase media al poder, que se mantiene durante todo el período hasta 1930. La movilidad social llegó a ser una constante en la sociedad argentina. Vemos esto especialmente en la elite terrateniente, que no formaba una clase demasiado cerrada. Algunas de las familias, a pesar de ser recientes, es decir, de no tener el prestigio de pertenecer a la antigua estirpe criolla, pudieron llegar al más alto nivel social. Ya que la movilidad social está ligada íntimamente al desarrollo acercado de la moda, no nos debe extrañar el auge de la moda y de las casas de modas, que, aunque no es demasiado acentuado en la década del 20 llega a su máximo nivel en los treinta años siguientes.

¿Por qué se aceleran los cambios en la moda cuando se puede cambiar fluidamente de clase? Porque el factor inseguridad se introduce dentro del juego de la moda. Las personas que se ven envueltas en la agitación que produce la movilidad social, tienden a imitar constantemente a las demás para no quedar marginadas, movidas por su inseguridad.

x En Buenos Aires la transformación acelerada que ocurrió en sólo cuatro décadas (1870-1910), apoyada en los pilares del desarrollo económico y del proceso inmigratorio, que se pueden sintetizar en las palabras crecimiento y movilidad, impulsó un auge impresionante de la moda. Fenómeno totalmente novedoso si recordamos que durante la época anterior y posterior a 1810 la moda, aunque siempre presente, estaba desligada del prestigio de clase social. Había en el pasado un sistema dual: una clase baja y una clase media cumpliendo funciones de clase alta. El desarrollo económico impone un sistema poli clasista, donde la moda tiene íntima ligazón con el prestigio de clase. Comienza entonces un período brillante. Buenos Aires albergaba en los años 20una importante vanguardia que se expresaba en las diferentes disciplinas artísticas: teatro, música, pintura y literatura. Era fiel a los cánones de la modernidad que importaba de Europa, donde se rompían tradiciones y se cuestionaba a los maestros, aunque sin salirse del esquema cultural dominante.

En la moda, la influencia de la modernidad se circunscribía principalmente a la audacia de los vestidos que llevaban algunos pequeños grupos de mujeres de la clase alta en las grandes fiestas, y más tarde, a los accesorios con símbolos surrealistas. En 1921 hay en Buenos Aires varios salones que nos recuerdan las tertulias de un siglo atrás, entre los que se destacan el de Joaquina Arana de Torres y su hija Susana T. de Castex, el de Hortensia y Corina Berdier y los famosos almuerzos semanales de la calle Santa Fe de María Baudrix. En cuanto a las fiestas, 1924 es el año de la visita de Humberto de Saboya, en honor de quien hubo un gran baile en el palacio Bosch Alvear, y 1925, el de la llegada del príncipe de Gales, con veladas en el Colón en ambas oportunidades y un importante baile para agasajar a Eduardo de Windsor en lo de Saguier. También se dio una famosa comida en la casa del Greco, ofrecida por Fermín Ortiz Basualdo, en la que se comentó que “el invitante había echado la casa por la ventana en honor del regio huésped…”.

Acompañando al príncipe de Gales llegó el Maharajá de Kapurtala; la gente se agolpaba para verlo: vestía pantalón blanco ajustado, levitón de tela de oro y babuchas bordadas en oro. A partir de 1925 se empiezan a limitar los gastos y las fiestas pierden parte de su brillo; sin embargo, todavía perduran algunas que fueron memorables, como las que dieron los Anchorena en la antigua casa de la familia Elortondo en la esquina de Florida y Corrientes y en lo de Uribelarrea frente a la plaza San Martín, en la cual se hace un baile de presentación con la asistencia del príncipe Luis Fernando de Hohenzollern. Aunque las mujeres de la clase alta seguían vistiéndose en París, tanto para estas memorables fiestas de Buenos Aires como para todo el intenso movimiento social que se estaba dando, se necesitaban negocios que respondieran al nuevo mercado. El nuevo mercado se había ampliado con las familias que ya iban a pasar sus veranos a Mar del Plata, que había comenzado a recibir mucha gente a partir de 1914, como también con aquellos grupos numerosos que cuando hacía calor bebían horchatas y limonada de bolita y salían a “tomar el fresco” por la Avenida de Mayo o se agolpaban en Parque Lezama.

La alta costura, que había nacido con Worth en la época de Napoleón III como una necesidad de las clases altas francesas de seguir manteniendo la exclusividad (por la desaparición de las leyes suntuarias) se instala ahora en Buenos Aires. En los años anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial la vida social se intensifica de tal manera que, aparte de viajar a París, las mujeres recibían en sus casas (ya que ir a las casas de modas personalmente “no estaba bien visto”) a las conocidas comisionistas de las casas francesas. Las comisionistas, que visitaban las casas en coches tirados por caballos, viajaban a Buenos Aires trayendo baúles cargados de ropa. Por supuesto, no había ningún problema de aduana en ese tiempo, ya que la importación entraba libremente, y así se mantuvo hasta 1947.