Piezas de colección

Tres piezas de la colección de Renato de Benedictis: la de rayas, una alfombra de nudos hecha en India, pero según un diseño contemporáneo alemán y teñida con colores vegetales, es una muestra de la renovación que está sucediendo en los centros tradicionales de producción de alfombras.

A su derecha, un Suzani de la región de Uzbekistán, bordado en seda sobre algodón y realizado en el período entre las dos guerras mundiales. Debajo, una alfombra china confeccionada en talleres gerenciados por ingleses, con un diseño de utensilios domésticos pertenecientes a la simbología budista.

A la derecha, de la colección Dantiacq, una alfombra Bukara de origen ruso. «Es el estilo que más les gusta a los argentinos. Con muy pocos colores logra una combinación perfecta y un balance ideal entre las guardas y los octógonos (gül)», describe el experto.

«Así, conforme crecía la demanda en los siglos XVI y XVII, se comenzaron a utilizar unas hebras sin pelo y se conformó el tejido plano, utilizado para armar tapices. Esto también se desarrolló en Francia, en el pueblo de Aubusson, único de ese continente que fabrica tanto alfombras como tapices», explica el responsable de la casa que tomó el mismo nombre.

También en Francia, «por orden de Luis XV, se inauguró una fábrica de alfombras. Se la llamó Savonnerie porque anteriormente en ese lugar había funcionado una jabonería. Allí se tejieron, por ejemplo, los textiles que vistieron los salones del Louvre —explica De Benedictis— y se hicieron diseños europeos. Ese tipo de trazos aparece con fuerza a fines del siglo XIX. Desde ese momento, el diseño europeo se produce también en Oriente, ya que notaron que eso era lo que cautivaba a los mercados occidentales».

El universo de nudos, tramas y urdimbres que caracteriza a las alfombras sigue tan vigente como en los primeros tiempos. Su dominio como uno de los objetos de arte y decoración más apreciados se ha extendido a lo largo y ancho del mundo.

Objetos animados

La paciente recolección de piezas de calidad con orígenes variopintos a lo largo de toda una vida, sumada a la gracia de combinarlas sin complejos en el contexto neutro y singular de una caja racionalista, ha resultado en el asentamiento de un estilo tan exquisito como personal.

Hace solo siete años que este amante de las antigüedades y del arte abstracto desembarcó en el departamento. Sin embargo, parece que las cosas estuvieran así desde siempre en ese mundo cerrado y perfecto que se abre al trasponer la puerta principal.

Y es el feliz maridaje entre la caja racionalista —se trata de un edificio de la década de 1920, prolífica en construcciones del estilo— y los muebles y objetos que la engalanan lo que indudablemente genera el efecto de atemporalidad imperante.

Ellos, los objetos, sí vienen conviviendo desde hace tiempo, y hoy todos muestran orgullo de pertenecer a la casta del coleccionista que los adoptó con cariño paternal. Es más: sin haber perdido un ápice de su carácter innato, erguidos sobre el suelo de roble, pendientes de muros de altura generosa o apoyados sobre otros muebles, todos parecen haberse hermanado en un aire de familia que les sienta de maravilla.

Más allá de estos detalles, que solo interesarán a ciertos espíritus fetichistas, cuenta el dueño de casa que el departamento solía funcionar como consultorio odontológico. Cuando lo vio por primera vez, todo compartimentado, con los pisos agujereados por los pesados equipos de los dentistas y sin luz natural en varios de los ambientes por la improvisada subdivisión, supo que estaba ante un diamante en bruto. A mi juego me llamaron, pensó, y lo compró sin vacilar.

Con él adentro y su precioso mobiliario cuidadosamente embalado en alguna de las habitaciones, la refacción duró un año. De más está decir que fue integral y caótica.

El piso del comedor, por ejemplo, fue enteramente levantado, y esa madera se utilizó para la restauración del resto de la casa. Para el comedor se consiguió un roble de Eslavonia similar, que se integró impecablemente al original.

La planta recuperó sus ambientes primigenios, todos con luz de sol o de luna, que volvió a penetrar sin concesiones desde las ventanas guillotina. Se rehicieron baños y cocina, y en esta se demolió la pared que la dividía del área de servicios para que una nueva, de ladrillos de vidrio, permitiera iluminar naturalmente una zona de la casa fundamental para su propietario, excelente chef amateur.

La pintura de algunos de los espacios constituyó un capítulo aparte. Estaba muy claro lo que se quería para el comedor: un verde veneciano.

El proceso duró cuatro meses. Primero, las paredes fueron trapeadas con óleos. Luego, trabajadas con goma laca a muñeca. Pero como el tono deseado no aparecía, el ambiente vivía invadido por estufas y ventiladores abocados a secar las sucesivas capas de óleo para que la tarea pudiera recomenzar.

Hasta que un día el dueño de casa se saturó de lo disparatado de la escena y decidió dejar el color como estaba, veneciano o no. Y no se equivocó, porque el verde que resultó es una gloria.

Después de la fatídica experiencia, cuando le tocó el turno a su dormitorio, que él soñaba de un colorado vivo, viajó a México, adonde tenía compromisos, y dejó a un amigo a cargo, munido de una carpeta con el color exacto que debía conseguirse.

Un día el amigo lo llamó a México y le dijo: «El mismo colorado no es, pero quedó muy lindo». Así fue dejado, y aquel también fue un fracaso felicísimo.

Los muebles, cuadros, adornos y alfombras que verdaderamente constituyen el corazón de la casa fueron reunidos a lo largo de toda una vida de amor apasionado por los objetos.

«Soy un fanático de mis cosas», asegura quien los eligió para ambientar su día a día.