Modas argentinas traídas de afuera

Así como la boina, las alpargatas habían sido traídas por los vascos franceses y españoles alrededor de 1830. A medida que iban sufriendo el desgaste natural del uso, se hicieron las primeras importaciones formales para reponerlas (hacia 1860). Se importaban de Inglaterra, donde sólo se fabricaban para exportarlas, como los ponchos o los géneros para chiripás. Hacia 1870 el vasco Juan Etchegaray comienza a fabricar las alpargatas en Buenos Aires, en un local instalado en la calle La Larga (hoy Montes de Oca). Traía la lona de Inglaterra y el material para la suela de España. El proceso de inmigración, íntimamente relacionado con el gran desarrollo económico que sintió el país desde 1870 a 1910 determina profundos cambios que inciden en los aspectos culturales de la sociedad, al producirse un reacomodamiento en el sistema de valores vigente hasta ese momento, que había sido heredado de España. A medida que van perdiendo su importancia el gaucho y “el caballo” que son el símbolo del país tradicional, cambian también los alimentos que se consumen, las herramientas de trabajo, los transportes y por supuesto las vestimentas, que dejan de lado la habitual sobriedad española y se vuelven ostentosas.

Descontando las alpargatas y las boinas, podemos decir que los inmigrantes que como vimos eran campesinos en su gran mayoría en sus países de origen, no aportaron en general sus vestimentas al modo de vestir criollo. Deslumbrados por el desarrollo económico y la posibilidad de ascender socialmente, tanto ellos como sus hijos, cambiaron rápidamente sus vestimentas por las que vendían en Buenos Aires o en los barrios, con la idea latente de regresar a su país de origen y asombrar a los que habían permanecido en Europa. Las clases populares, aumentadas con los aportes inmigratorios, le van a dar a Buenos Aires una cantidad de nuevos personajes arquetípicos que teñirán con su color especial los años que van desde la generación del 80 a la generación del Centenario. Entre otros, señala Domingo Casadevall en Esquema del carácter del porteño: “El milonguero (pantalón rayado, pañuelo blanco al cuello y sombrero requintado), ‘el picaflor’, tenorio callejero, rancho en verano, corbata moñito y bastón de caña limpia; el compadrito mezcla de ‘compadre y compadrón’ con coraje, voz, pose, cuchillo y mujer que lo protege de la policía y el ‘niño patorero’. El estanciero que vestía como un burgués con ciertos detalles amalevados, gustos afrancesados y casa en el Barrio Norte. El ‘cocoliche’ nacido en el circo italiano con premura para acriollarse, aunque imite al compadrito y el atorrante quien, junto al vagabundo, al mendigo, al ‘curdela’ y al ‘chapetón’ formaban el fondo miserable del cuadro popular.”

Algunos de esos personajes arquetípicos que pertenecían a la recientemente incrementada clase media fueron bien delineados en La Bolsa de J. Martel. “En un domingo soleado bajan por la barranca de la Recoleta y se dirigen por la avenida Alvear hasta Palermo. Entre ellos, Lucrecia, la bailarina retirada con su insolente lujo, tratando que la vean bien, con su traje de terciopelo color granate, obra maestra de las tijeras de Madame Carrau. Allá van nuestros héroes, todos envueltos en el torbellino que confunde la carroza de la mujer pública con el majestuoso landó de la familia respetable, y el ligero vehículo del tinterillo ensoberbecido con el potro altivo del joven galanteador, que está rico sin saber cómo. Allá va como inmensa visión apocalíptica una sociedad entera, levantada por el agio y la especulación, celebrando la más escandalosa orgía del lujo, que ha visto y verá Buenos Aires.” 

La altísima movilidad de la sociedad de la época, tanto horizontal (movimientos migratorios) como vertical (poder desplazarse fácilmente de clase) provoca una gran inseguridad que lleva a todas las clases sociales a darle gran importancia a la vestimenta. Mientras algunos viajeros llegados entonces a Buenos Aires, comentan que no se puede distinguir en la calle al millonario del empleado, algunos otros señalan que los porteños son esclavos de su compostura. Entre ellos se destacan por su elegancia a la manera de los “dandies” Lucio Mansilla, hijo, y Manuel Quintana de levita oscura, galera, guantes y el infaltable bastón.

Hacia 1890, en el marco de una crisis económica mundial, esas especulaciones “admitidas por todo el mundo incluso por los personajes más honorables” Lo desembocaron en un crash bursátil. Es entonces cuando “un hombre de figura melancólica, ropas negras y barbas blancas, cuando ya nadie las Elevaba, preparo la revolución: Leandro N. Alem. El estallido de la Revolución del 90qucbró cl optimismo, llamó a la realidad y convirtió otra vez un atuendo en distintivo político. Cientos de boinas blancas se adquirieron en esas jomadas. La excesiva acumulación de riquezas de algunos sectores generaba no solamente una lucha de especulación, sin ningún escrúpulo por conseguirlas, sino también el placer de demonstrar el lujo que esas riquezas podían deparar. El mercado de Buenos Aires no exigía durante este tiempo calidad, sólo cosas que causaran impresión. En este frenesí las mujeres copiaban la moda de París, no sólo la de buen gusto sino también la otra, y la lucían en los teatros y en los paseos. Los trajes eran muchas veces tan llamativos como para que un viajero dijera al visitar Buenos Aires en la época: “La sencillez, no es de buen gusto en las riberas del Plata”.