El vestir de los fenicios

En cuanto al particular modo de vestir de los fenicios, las monedas nos dicen tan poco de la vestimenta de aquella nación como los escritores. Si no me equivoco, lo único que se sabe es que el vestido fenicio tenía mangas muy largas. Por ello se representaba con semejante prenda al personaje de un africano en las comedias romanas. Y se cree que los cartagineses no usaban manto. Entre ellos debió de ser muy común, como entre los galos, el uso de telas rayadas, como atestigua el mercader fenicio que aparece entre las figuras pintadas del Terencio del Vaticano.

Del arte de los judíos, vecinos de los fenicios, sabemos aún menos y, dado que los artistas de este último pueblo eran solicitados por los judíos incluso en sus tiempos florecientes, bien pudiera ser que las bellas artes, que no son imprescindibles para la vida humana, no las cultivasen los judíos. Además, la escultura les estaba vedada por las leyes mosaicas, al menos la representación de la divinidad con forma humana. Sin embargo, el aspecto de los hebreos, como el de los fenicios, se hubiera prestado para bellas ideas artísticas, y Escalígero opina que de los judíos que hoy viven entre nosotros no hay ninguno que tenga la nariz aplastada, observación ésta que he encontrado correcta. Pese al mal concepto que generalmente tenía este pueblo del arte, sus dibujos y trabajos artísticos, no digo la escultura, debieron de alcanzar cierto nivel, pues Nabucodonosor se llevó, sólo de Jerusalén, mil artistas que realizaban trabajos de taracea. Difícilmente se encontrará una cantidad tal en las grandes ciudades actuales. La palabra hebrea para estos artistas no suele ser comprendida, y es mal traducida y explicada por traductores y diccionarios, cuando no ignorada.

El arte de los persas merece cierta atención, ya que se han conservado monumentos de mármol y en piedra grabada. Estas últimas son magnetitas cilíndricas, y también calcedonias, perforadas por su eje. Entre las piedras grabadas que he podido ver en distintas colecciones hay dos que se hallan en el museo del conde de Caylus en Paris, que fue quien las dio a conocer. En una hay talladas cinco figuras y en la otra, dos, ambas con antigua escritura persa grabada en columnas. También el duque de Caraffa Noya, de Nápoles, posee tres piedras semejantes que anteriormente se hallaban en el Museo Stosch. Una de las cuales muestra, también en columnas, la antigua escritura. Estas letras son exactamente iguales a las que encontramos en las ruinas de Persépolis. En mi descripción del Museo Stosch ya he hablado de otras piedras persas y he mencionado aquellas que Bianchini dio a conocer. La falta de conocimiento sobre el estilo del arte persa es la causa de que algunas piedras sin inscripción hayan sido tomadas por obras griegas, y Wilde llega a creer ver en una de ellas la fábula de Aristea y, en otra, a un rey de Tracia. Los persas eran físicamente bien formados, como atestiguan los más antiguos escritores griegos, y esto lo demuestra también una cabeza con yelmo, tallada en relieve y bastante grande, con antigua escritura persa alrededor, en una pieza de pasta del Museo Stosch. Esta cabeza tiene forma regular y es similar a la de los occidentales, como las cabezas de los dibujos que Bruyn hizo de las figuras en relieve de Persépolis, que son de tamaño mayor que el natural. Aquí el arte encontraba en la naturaleza todas las ventajas. Los partos, que habitaban un vasto territorio del antiguo Imperio persa, miraban por la belleza de las personas que estaban por encima del común, y Surenas, general del rey Orodes, era alabado, además de por sus méritos, también por su apuesta figura, a pesar de lo cual se maquillaba.

Pero como las figuras no vestidas eran, al parecer, contrarias al concepto persa de la prosperidad, y la desnudez era mal vista entre los persas, pues no se veía un solo persa sin vestir (lo cual también puede decirse de los árabes), consecuentemente sus artistas evitaban la realización suprema del arte, que es la representación del desnudo, y no se usaba el tipo de vestimenta que resaltará la forma desnuda bajo ella, como los griegos, era suficiente con representar una figura vestida. Las ropas que este pueblo usaba, probablemente no se diferenciaban mucho de las de otros países orientales. Llevaban una prenda interior de lino y, sobre ella, una túnica de lana, y sobre ésta se echaban un manto blanco. La túnica de los persas, cortada en cuadro, debió de ser como la llamada túnica cuadrada de las mujeres griegas. Esta túnica tenía, dice Estrabón, largas mangas que llegaban hasta los dedos, ocultando la mano. Las figuras masculinas que vemos en las piedras grabadas llevan mangas muy estrechas o no las llevan. Pero como las figuras de los persas no muestran mantos colocados a gusto del individuo, que al parecer no fueron comunes en Persia, parecen repetir un modelo siempre idéntico. Las que vemos en las piedras grabadas son idénticas a las que ostentan sus edificios. La túnica masculina persa (en sus monumentos no se ven figuras femeninas) muestra con frecuencia pequeños pliegues escalonados, y en una piedra, ya citada, del museo del duque de Noya se cuentan ocho grupos de tales pliegues, desde los hombros hasta los pies. También en el mismo museo, vemos, tallada igualmente en piedra, una silla del tapizado de cuyo asiento penden tales grupos de pliegues sobre el armazón de la silla. Los antiguos persas consideraban que una vestimenta con pliegues anchos era afeminada.