EL CABELLO, CABEZAS REDONDAS Y CAVALIERS

Como sabe todo el que haya conocido los años sesenta, los peinados (especialmente los de hombre) pueden ser un importante indicador político. Desde que los romanos cortaron la melena a los miembros de una tribu bárbara que capturaron para el mercado de esclavos, el pelo más corto de lo normal ha sido un signo de servidumbre, y por extensión una señal de conformidad y dominio de sí mismo. Muchos líderes de la revolución americana y también los jacobinos franceses llevaban peinados que en la actualidad apenas parecerían un poco desgreñados, mientras que los tories y los aristócratas gustaban de llevar largas y sofisticadas pelucas y de ponerse polvos en la cara. El movimiento romántico introdujo un nuevo tipo radical de pelo revuelto. Los jóvenes más osados se cepillaron el pelo al revés a propósito sólo como señal de su independencia respecto a la restricción convencional. Las greñas que nos resultan familiares por los retratos de los poetas románticos ingleses se asociaban en la mente popular con las simpatías radicales y también con la licencia poética. Hacia finales del siglo XIX, un hombre cuyos rizos fuesen inusualmente largos debía ser escritor, artista, músico o especialmente si también llevaba barba un revolucionario anarquista (posteriormente, un bolchevique o un comunista). 

Estas asociaciones todavía operan en la actualidad, aunque muchos artistas llevan ya el pelo bastante corto y la población masculina de países como Rusia y China va con el pelo patentemente corto. Durante los sesenta y principios de los setenta, la opinión política masculina se podía determinar a la vista de la longitud del cabello y de las patillas (el pelo femenino, para alivio de muchas mujeres, era menos comunicativo). No obstante, con el paso del tiempo hubo que aplicar una escala variable. En un momento dado, alrededor de 1970, sólo los conservadores más recalcitrantes llevaban cortes de pelo que en los años cincuenta los habría marcado como beatniks locos, y muchos radicales sociales y políticos comprometidos iban por ahí con el pelo a lo afro de un metro de largo o con melenas lacias casi por la cintura. El cabello había adquirido tal importancia simbólica que una comedia musical de gran éxito estaba dedicada por entero a celebrarlo. 

En los años setenta, conforme disminuía el boom económico y el clima de opinión se hacía más conservador, el pelo de los hombres empezó a contraerse, y hacia finales de la década apenas era un poco más, pero aún se podía clasificar los peinados de vestuarios estadounidenses, advertía a sus alumnos que estético, romántico e informal. La disciplina, la seriedad conseguido encontrar indican que en la sociedad estadounidense la persona le cubra las orejas o le sobrepase el filo del cuello de la camisa. En cuanto a las mujeres, el principal mensaje del cabello ha sido siempre de tipo sexual más que político y social, aunque en ocasiones ha se cortó el pelo durante la segunda década de este siglo se sospechaba que deseaba el derecho al voto y otros tipos de libertad más personales; y en los años sesenta un peinado afro espeso en una mujer podía indicar radicalismo político además de gustos contraculturales. Más generalmente, las mujeres que llevan el pelo en rizos compactos o muy recogido (ya sea con redes, con gorros o con horquillas) sugieren hábitos de dominio de sí mismas que van acompañados de ideas conservadoras. Entre las mujeres estadounidenses y británicas dedicadas a la política, se puede observar cómo las afiliadas a los partidos Conservador y Republicano llevan peinados más estilizados que sus adversarias de los partidos Socialista y Demócrata. Lo mismo se puede decir de las esposas de los políticos, al menos de las que simpatizan con la ideología de sus maridos.

MODAS RADICALES Y LIBERALES

El tipo de radicalismo político que conlleva una identificación con la clase obrera a menudo se expresa en el uso de ropa «de obrero»: monos, camisas tejanas, botas gruesas con punteras reforzadas y en casos extremos los uniformes arrugados de algodón de color azul o gris de los campesinos chinos. Entre los jóvenes, los monos de peto son el signo actual del radical político o social intransigente: alguien que todavía acude a las manifestaciones de protesta, que se moviliza contra las vistas de jefes de Estado extranjeros y/o que vive en una comuna radical. Para que sea significativa, la ropa de obrero se debe llevar como un conjunto completo; una sola prenda combinada con más ropa de moda simplemente sugerirá un toque de sofisticación. La indumentaria radical es también sumamente efectiva en situaciones donde constituye una Afrenta Ostentosa: una fiesta de etiqueta, una reunión familiar conservadora, una reunión de negocios. Cuando sólo se lleva informalmente en el campo o en el barrio, el radicalismo del propietario suele ser más una cuestión de compromiso privado que de compromiso público. Un caso especial es la vestimenta de obrero que tanto gusta a algunos pintores, escritores y músicos y, más recientemente, a directores cinematográficos y teatrales mientras realizan su trabajo: lo que Antonia Fraser ha denominado el disfraz de «los artistas también son trabajadores”. Para el pintor o el escultor esta ropa tiene, por supuesto, ventajas prácticas; su adopción por parte de quienes tienen por herramientas el lápiz y el papel, o por parte de actores y actrices, es puramente simbólica.