LA MODA EN LOS 60

A mediados de la década de 1960 el péndulo de la moda se había mecido una vez más, en esta ocasión a favor de Gran Bretaña. Las dos calles de Londres donde se concentraban las tiendas de prêt à porter, de estilo juvenil, Carnaby Street y Kings Road, representaban ante la mirada exterior el optimismo de aquellos tiempos. A diferencia de la extravagancia y la opulencia de París, la filosofía de Londres se basaba en comercializar moda de firma a precios asequibles. Los diseños de Mary Quant considerada la inventora de la minifalda, el suéter ceñido y las pestañas postizas eran sinónimo de los «alegres sesenta londinenses». Sus modelos plasmaron la sensación de libertad e innovación con el nuevo uso del PVC, material industrial utilizado en «Wet Look》. Las escuelas de bellas artes londinenses se convirtieron en los centros creativos más innovadores, donde se formaban diseñadores como Zandra Rhodes, Ossie Clark o Bill Gibb. Las colecciones que diseñó Ossie Clark en colaboración con su esposa, la diseñadora textil Celia Birtwell, aunaban en perfecta armonía estampados originales con patrones técnicos y creativos. En los desfiles de Clark, con una gran coreografía, las modelos bailaban sobre la pasarela al ritmo que marcaban los disc-jockeys. Aquellas exhibiciones, todo un espectáculo por derecho propio, sentaron las bases de las pasarelas tal como las conocemos hoy día.

A pesar de que Londres era en aquel momento el epicentro creativo y la capital de la moda, las colecciones para el mercado del prêt-à-porter de los modistos parisinos Pierre Cardin, Paco Rabanne, André Courrèges y Emanuel Ungaro evitaron la extinción de la industria de la alta costura francesa. Inspirándose en las aventuras espaciales y las innovaciones futuristas, aplicaron nuevas técnicas la confección, al diseño de los tejidos, al uso de los colores y a los accesorios. No obstante, los turbulentos acontecimientos políticos de finales de los años sesenta apagaron la diversión y el optimismo. La Guerra de Vietnam, el Watergate, los disturbios raciales y las protestas estudiantiles, que llenaban los diarios día tras día, hacían que el mundo pareciera un lugar distinto. La misma juventud que marcaba la agenda política en la utópica década de 1960 se transformó en una juventud antisistema. El cinismo se apoderó del sentir general y provocó una actitud de rechazo hacia la moda, que se consideraba superflua. Aun así, continuó siendo un medio de expresión importante, pero el estilo cambió drásticamente. En la década de 1970 Londres cedió la batuta a San Francisco, cuna de la cultura hippy, que abogaba por la paz y el amor libre. Vaqueros acampanados y personalizados, fulares indios, chales de punto, túnicas de flores, faldas y vestidos largos hasta los tobillos, me llenas largas tanto en chicas como en chicos y accesorios baratos marcaron la imagen del movimiento antimoda, que soñaba con un futuro mejor.

La música soul, de raíces negras, se popularizó y sembró un estilo chic radical bajo la influencia de Angela Davies, James Brown y Diana Ross. La fiebre discotequera se extendió por Estados Unidos y Europa, generando siluetas más volátiles y sensuales. Los estadounidenses Roy Halston, Bill Blass y Oscar de la Renta captaron el sentir del momento y trasladaron esa imagen sexy a sus clientas. El sector de la moda experimentó un relevo completo, protagonizado por nuevos diseñadores que apostaron por una 《estética más liberada». En vista de la prosperidad del prêt-à-porter a ambos lados del Atlántico, el gran maestro Balenciaga anunció el fin de la alta costura y cerró parte de su negocio. Yves Saint Laurent recogió el testigo, como abanderado de la moda de París, y recibió el espaldarazo de todas las editoriales de moda importantes. Su estilo ostentoso y espectacular sintonizaba con las tendencias y los gustos juveniles. Saint Laurent vistió a las mujeres con trajes masculinos para redimirlas de la recargada parafernalia de los vestidos. En os años setenta el traje masculino se convirtió en un elemento básico del diseñador e influyó en diseñadores como Karl Lagerfeld (en Chloé) y Ossie Clark.

A finales de los setenta, en pleno declive económico, se fraguó en Gran Bretaña el movimiento punk, antisistema y antimoda. El tándem que formaron los Sex Pistols, liderados por Malcolm McLaren, con la diseñadora Vivienne Westwood instituyó el look punk: pantalones ceñidos, faldas escocesas, camisetas con motivos provocadores, botas, cadenas, chaquetas de cuero y pelo esculpido con crestas multicolores. Completaban la imagen una amplia variedad de chapas y piercings. Individualista y dogmática, la tendencia encarnó la voz de la anarquía. La diseñadora londinense Zandra Rhodes interpretó este estilo en clave más convencional, y sus diseños llegaron a un público más amplio.

Lo que más se recuerda de aquellos años son seguramente los zapatos de plataforma, los bajos acampanados, los hippies, los punks y, en general, el mal gusto. Sin embargo, es importante no perder de vista que la década de 1970 fue una época de auténtica manifestación personal, en la que la moda no se limitaba a mostrar una imagen determinada, sino que además transmitía una actitud y unas convicciones políticas. La década de 1980 fue completamente distinta: un período de eclosión en el que volvió a reinar el consumismo. Los símbolos de estatus y las etiquetas de marca se convirtieron en necesidad: agendas Filofax, estilográficas Mont Blanc, relojes Rolex, bolsas de viaje y maletas Louis Vuitton, joyas y bolsos Chanel, automóviles Porsche. Símbolos que representaban a una sociedad volcada en el dinero. En el panorama de la moda también se notó el giro hacia una imagen más cara y ostentosa. En un clima saturado de medios de comunicación, el buen marketing y las relaciones públicas lanzaron a la fama nuevos diseñadores y modelos. Las mujeres reivindicaban su papel en un mercado de trabajo dominado por los hombres, de modo que aquellas con expectativas de hacer una carrera laboral lo reflejaban en su forma de vestir. El traje adquirió un carácter más versátil que el básico vestido negro; los hombros exagerados y las espaldas anchas acentuaban la estrechez de las caderas, cubiertas por faldas ceñidas y cortas.