Aunque no logra saber si el proceso creativo colaboró en el conjuro de los fantasmas del pasado o si contribuyó a desatar traumas nuevos, lo que Robirosa tiene claro es que “la pintura me ayudó a pasar el tiempo” (que no es poco). Tanto de chiquita. Cuando pasaba horas enteras dibujando sola en su cuarto actividad alternada con la lectura que, practicada con voracidad, indudablemente la nutrió con un caudal indeleble de imágenes y conceptos, como después, cuando fue más grande y el arte se impuso como el único modo de canalizar sus necesidades expresivas. En ese sentido la artista afirma que “siempre pinté lo que me tocó pintar”. “Un día apareció por casa Kenneth Kemble. Yo vivía en Martínez, y él vino a invitarme a participar de una muestra de arte destructivo, le gustaba mucho lo que yo hacía. En ese tiempo tenía una neura total, padecía de disritmia, tenía que ir una vez por mes a hacerme los electrodos, me sentía loca… estaba sufriendo muchísimo, con mi separación y mis chicos y todo eso.
La anécdota, narrada por Robirosa en más de una oportunidad, condensa varios puntos clave: por un lado, registra la noche oscura por la que su alma debió atravesar. Por otro, habla de su colocación marginal dentro del campo cultural de artistas argentinos de la segunda mitad del siglo XX: amiga de varios de ellos, querida y respetada por muchos, no inscribió a escuelas ni se sumó a grupos mismos porque le resultaban invariablemente ajenos (“Yo nunca me hallo en los círculos” asegura. Y aquí es menester aclarar que, si se sintió outsider entre los artistas, mucho más lo fue en su medio social, que el incomprendido larga y duramente). Pero la escena también pone en evidencia su desdén por el tipo de obras que, como objetivo primordial, buscan impactar. Este desdén ha sido creciente y las características que ha tomado el arte contemporáneo no han hecho más que agudizarse.
“Hoy, el ochenta por ciento de los artistas está motivado por ser punta de lanza. por época. y no por ver qué es uno, qué va hacer y cómo encara la vida. Yo creo que acá se valora el coraje, pero malinterpretado, no el coraje de entenderse con uno mismo, de enfrentarse con el propio ego, ¡la ira, el dolor… Aplausos para los tipos que pintan militares con botas, cuando todos sabemos que eso ya está!”, exclama. Y va por más: “¿Sabes qué? Yo no creo que el arte modifique nada. Y el otro día en el diario vi un artículo donde Gabriela Massuh decía lo mismo, referida a una exposición que ella tiene en este momento (se refiere a “La normalidad’, montada en el Palais de Glace de Buenos Aires entre febrero y marzo de 2006). Esa fue una idea que yo siempre tuve de chica, pero nunca creí en mí. Como era tan insegura, tuve que corroborar todo lo que pensaba. Por suerte cuando crecí. Samuel Paz desde Bellas Artes y el Di Tella me fue dando la razón”.
Y vuele de su digresión: “Poco a poco y como no hay una forma de encaramarse en el poder más que decir soy el único que tiene la verdad (o tener mucho dinero, porque la gente es obsecuente con el dinero), he visto crecer la actitud de los críticos de confundir lo nuevo o irreverente o hasta agresivo hacia el que mira, con lo bueno. La novedad está llenando el lugar de la calidad. Y por eso me gusta lo que dijo Massuh, porque no es tiempo de crítica social; ¡al contrario, lo que hace falta en el mundo son espacios de silencio y reflexión, y ése es el lugar del arte hoy!” Serena y enfática a la vez, completamente despreocupada de cuán políticamente correctas suenen sus palabras. Robirosa tiene mucho para decir sobre los parámetros estéticos del presente. Naturalmente, no se trata de una cruzada contra el arte contemporáneo. Nadie podría afirmar que ella no ha sido una artista de su tiempo. Lo suyo es un cuestionamiento a la relación sistemática entre radicalidad y estrellato. que ve como una característica del mercado (o mejor de la crítica) actual.
ARCHIVO
El presente la encuentra tan comprometida como siempre con su producción pictórica. Y a esta actividad se le ha sumado una tarea igualmente exigente. Josefina trabaja con ahínco en la organización de un archivo personal. Los sucesivos espacios de su casa han sido invadidos por cajas enormes destinadas a guardar toda la documentación (fotos, escritos, catálogos) sobre su trayectoria. La movida ha generado una merecida valorización de sí misma. “Esto de los archivos es toda una caída de ficha de auto respeto y de explicar mis zonas, porque cuando yo empecé, había muy poca gente que pintaba y muy pocos críticos. La historia del arte venía muy burda…después con la Nueva Figuración. El Di Tella y todo eso. empezó a haber más ruido. Pero yo me he sentido muy discriminada. Lo que es notable, es que el proceso de ordenamiento del pasado ha tenido alcance incluso sobre la obra. “Estoy retocando cuadros… agarré todos los cuadritos que hice sobre los chicos y estoy tratando de mejorar para atrás la infancia de mis hijos, ¡y creo que se puede!” Otra vez la carcajada fresca y sincera, expresión de este bienestar profundo con el que parece haberse encontrado para siempre.
De esta manera, la mirada regresiva ordena y sistematiza, pero, además, reconcilia y restaura. ¿Qué pintura sobrevendrá a este proceso de semejante potencia reparadora? Ella resiente cerca de una integración “estoy ansiando hacer una síntesis de todas mis etapas, porque todas me dejaron algo que me interesa”, cuenta. Es posible, pero sólo si se trata de esos Todos que son más que la suma de las partes. Para acompañar el movimiento retrospectivo, la pintora ha comprado el departamento aledaño al suyo al que se accede con sólo atravesar el palier con el fin de utilizarlo como galería propia. El nuevo espacio no sólo permitirá exhibir su colección en un marco óptimo, sino que además dará alivio a la zona de vivienda, que se encuentra tomada por los lienzos. Encantada con la adquisición ultima los detalles de su muestra permanente con envidiable vitalidad.
