Los estilos en la moda

Los colores brillantes, las sedas, terciopelos y encajes pasaron a ser materiales exclusivos de la moda femenina, convirtiéndose las mujeres en las compradoras consumidoras del mundo moderno, mientras que los hombres, con sus modas sobrias y discretas, se dedicaban a obtener poder a través del dinero y el trabajo. Esta situación se mantuvo relativamente estable hasta 1960, cuando desde la misma Inglaterra comienza la reacción juvenil que provoca la disminución de la brecha entre la moda masculina y la femenina: el unisex. En los últimos 25 años el proceso de democratización de la moda, que implica el aumento continuo del número de personas que ingresan a sus ciclos económicos, determina un desarrollo sin precedentes en las industrias textiles y confeccionistas.

Resulta imposible sustraerse del trasfondo económico de la moda cuando, al apoderarse de las grandes poblaciones, va a necesitar no solamente mujeres compradoras consumidoras sino hombres y mujeres que se asocien por igual a los ciclos de la moda, empujados por una industria que no puede darse el lujo de permanecer ociosa. Tampoco debemos olvidar que este hecho se ve favorecido por la creciente igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, lo que históricamente ha servido para limar las desigualdades. Los siglos siguientes al absolutismo español, saturados de sentido práctico, provocaron un cambio en las costumbres, sin que hasta la actualidad se retornara a la situación anterior. Hoy los hombres, liberados por el avance social de la mujer, no sienten la compulsión de tener que utilizar ropas sobrias para reforzar sus tradicionales y exclusivos roles.

Recordamos especialmente la moda de fin de siglo, con las mujeres encorsetadas acompañadas por hombres que, para reforzar su imagen patriarcal, llegaban hasta usar anteojos sin necesitarlos. Liberado el hombre actual de semejante atadura por el avance continuo de la mujer que está provocando una reacomodación en los roles femeninos y masculinos, vuelve paulatinamente a adornarse y a gastar cifras antes impensadas en artículos de belleza. Al mismo tiempo se atreve a utilizar colores y diseños antes vedados al sexo masculino. De modo tal que, si nos guiamos por las prendas expuestas en las vidrieras de los negocios tanto femeninos como masculinos, nos resulta difícil, en un primer momento, llegar a distinguirlos. Resalta especialmente la curiosidad histórica de una España actual que cierra el capítulo de discreción en la moda masculina que inició hace cuatrocientos años, reivindicando los adornos y coloridos masculinos. Esta tendencia, que ya había aparecido muy tímidamente en los desfiles de 1985 con la aparición de algunas faldas para hombres mostradas por Jean Paul Caultier, nos puede estar indicando que la posibilidad de igualdad de los sexos en sus vestidos sea un anuncio de la igualdad en la condición social, queriéndonos demostrar que ni la femineidad pasa por un par de tacos altos ni la masculinidad por un sobrio y elegante conjunto inglés.

Estilo: su expresión a través del cuerpo

Es imposible dudar del enorme poder de la moda y de su forma caprichosa de demostrarlo, al permitir con sus dictados hasta la misma transformación del cuerpo humano. Sin embargo, ese cuerpo que se transforma al compás de la moda, engordando o adelgazando, achicando con apretados vendajes los pies de las mujeres chinas o disminuyendo las cinturas con apretados corsés, es también soporte de la moda, mostrándonos su estrecha relación con ella cuando cada año va anunciando sus ideales estéticos. Hacia fines del siglo pasado, cuando para los elegantes hombres argentinos era imprescindible completar sus conjuntos con anteojos, en el Correo del Domingo se escribía: “Para los lentes, la moda ha hecho un guiño y ha dicho: ‘Será elegante ser enfermizo’ y ha adoptado la enfermedad más triste, la ceguera….

Año tras año se determina cuáles y qué cuerpos encararán la moda, moviéndose por supuesto dentro de los límites que cada sociedad considera como los adecuados estéticamente. A su vez, si la moda impone, por ejemplo, las minifaldas, el cuerpo debe responder con figuras altas y delgadas para servirle de marco y soporte: la modelo inglesa Twiggy en la década del 60 nos muestra esta relación. La relación se da, como en este caso especial, siempre que las culturas de cada sociedad consideren a la delgadez y el mostrar las piernas como algo bueno y positivo para ellas; de otra manera la moda no resultaría viable.

La importancia del cuerpo se presenta en toda su magnitud cuando descubrimos que a pesar de la estrecha relación entre cuerpo y moda esa relación no es única ni se agota entre ambos. Aparece también una unión profunda entre el cuerpo humano y el “yo íntimo”de cada persona, resultando el cuerpo el enlace natural entre moda e identidad.

Esto surge naturalmente porque dentro de los aspectos de la personalidad (en este caso, femenina) ocupa un lugar muy importante el sentimiento corporal. Sentimiento que incluye todas las sensaciones placenteras o no que surgen dentro del organismo, así como también la imagen de sí que abarca la imagen real (cómo soy), la imagen idealizada (cómo me gustaría ser) y cómo nos vemos reflejados en la mirada de los otros. La mayoría de las veces, la mujer se guía por su propia valoración, de acuerdo con la forma en que es mirada por los demás. Utiliza a los otros como un auténtico espejo, modificando su comportamiento al compás de las diferentes reacciones que va encontrando.