LA MODA Y OCCIDENTE. EL MOMENTO ARISTOCRATICO

LA INESTABILIDAD DE LA APARIENCIA

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, se sabe que las diferentes sociedades han funcionado desconociendo el agitado juego de la frivolidad. La legitimidad indiscutida de los legados ancestrales y la valorización de la continuidad social han impuesto en todas partes la regla de la inmovilidad, por esto la repetición de los modelos heredados del pasado, como así también del conservadurismo a ultranza de las maneras de ser y de aparecer. En tales configuraciones colectivas el proceso y la noción de moda no tienen ningún sentido. No es que los salvajes no manifestaran a veces un marcado gusto por las ornamentaciones y persiguieran ciertos efectos estéticos al margen de las vestimentas rituales, pero no era en absoluto nada que pudiera compararse al sistema aplicado en la moda. Aunque numerosos, como los tipos de decoración, los accesorios y los distintos peinados, pinturas y tatuajes, siguen siendo fijados por la tradición, sometidos a normas inalterables, de generación en generación. 

Una sociedad hiper conservadora como lo es la primitiva, prohíbe la aparición de la moda porque ésta es inseparable de una relativa descalificación del pasado: no hay moda sin prestigio y superioridad atribuidos a los nuevos modelos y, por tanto, sin cierto menosprecio por el orden antiguo. Centrada por completo en el respeto y la reproducción minuciosa del pasado colectivo, la sociedad primitiva en ningún caso puede dejar que se consagren de forma manifiesta las novedades, la fantasía de los particulares, la autonomía estética de la moda. Sin Estado ni clases y con la estricta dependencia del pasado mítico, la sociedad primitiva está organizada para contener y negar la dinámica del cambio y de la historia. ¿Cómo podría librarse a los caprichos de las novedades cuando al hombre no se le reconoce como autor de su propio universo social, cuando las reglas de vida y las costumbres, las prescripciones y prohibiciones sociales, se imponen como logros de una época fundadora que se trata de perpetuar en una inmutable inmovilidad, cuando la antigüedad y la continuidad del pasado son las bases de la legitimidad? En la medida en que las sociedades han sido sometidas, tanto en sus actividades más elementales como en las más cargadas de sentido, a los hechos y gestos de los antepasados fundadores, y en tanto que la unidad individual no ha podido afirmar una relativa independencia frente a las normas colectivas, la lógica de la moda se ha encontrado absolutamente excluida. La sociedad primitiva ha puesto una barrera redhibitoria a la constitución de la moda, en virtud de que ésta consagra explícitamente la iniciativa estética, la fantasía, la originalidad humana y, por añadidura, implica una orden de valores que exalta el presente nuevo en oposición frontal con el modelo de legitimidad inmemorial basado en la sumisión al pasado colectivo. Para que el reino de las frivolidades pueda hacerse presente será preciso que sean reconocidos no solamente el poder de los hombres para modificar la organización de su mundo, sino también, más adelante, la autonomía parcial de los agentes sociales en materia de estética de las apariencias.

A lo largo de los siglos se perpetuarán, idénticas a sí mismas, las mismas formas de hacer, de sentir, de vestirse. En el antiguo Egipto, el mismo tipo de vestido túnica común a los dos sexos se mantuvo durante casi quince siglos con una permanencia casi absoluta; en Grecia, el peplos, vestimenta femenina, se impuso desde los orígenes hasta mediados del siglo VI antes de nuestra era; en Roma, la indumentaria masculina, la toga y la túnica persistió, con variación de algunos detalles, desde los tiempos más lejanos hasta cl final del Imperio. La misma estabilidad en China en la India, en las civilizaciones orientales tradicionales en las que la ropa no ha admitido más que excepcionales modificaciones: el kono japonés ha permanecido inalterable durante siglos; en China entre los siglos XVII y XIX el atavío femenino no experimentó ninguna verdadera transformación. 

Con toda seguridad el Estado y las conquistas, la dinámica del cambio histórico, las corrientes de importación y de difusión alteraron progresivamente los usos y las costumbres, pero sin adquirir sin embargo un carácter de moda. Si el cambio es con frecuencia resultado de las influencias externas, del contacto con los pueblos extranjeros de los que se copia tal o cual prenda, es también unas veces impulsado por el soberano, a quien se imita los griegos se cortaron la barba siguiendo el ejemplo y las órdenes de Alejandro, y otras veces decretado por los conquistadores que imponen su indumentaria a los vencidos, al menos a las clases ricas: así el atavío de los mongoles llegó a ser obligatorio en la India por ellos conquistada.’ Pero las variaciones en ningún caso proceden de una lógica estética autónoma, no traducen el imperativo de la renovación regular propia de la moda sino influencias ocasionales o relaciones de dominación. No se trata de la cadena ininterrumpida de pequeñas variaciones constitutivas de la moda, sino de la adopción o de la imposición excepcionales de modelos extranjeros que se erigen después en normas estables. Incluso aunque algunas civilizaciones hayan sido mucho menos conservadoras que otras, más abiertas a las novedades del exterior, más deseosas de muestras de lujo, nunca se han acercado a lo que se llama la moda en sentido estricto, o, dicho de otro modo, el reino de lo efímero sistemático, de las fluctuaciones cercanas sin futuro.