LA MUJER SUPERFICIALMENTE LIBERADA

La más convencional mujer de finales de la época victoriana y de lejos de lo que según los criterios actuales se considera una mujer liberada. Aunque su aspecto era regio, como le sucedió a casi todo el re restricciones. A menudo se la llamaba «divina”, y como es costumbre con las diosas, se la ponía en un pedestal, que es un lugar incómodo si aparte de dejar que te veneren quieres hacer algo más. Si te mueves lo más mínimo corres el riesgo de caerte, de convertirte, según la frase popular en aquella época, en una «mujer caída». El feminismo de la primera generación, como han señalado los historiadores del vestido, no liberó a la mayoría de las mujeres de las voluminosas y engoladas ropas de la época. En muchos sentidos, las modas femeninas de aquel tiempo eran de hecho más agobiantes que las de mediados de siglo. Antes el corsé acababa en la cintura o justo por debajo de ella, dando así acomodo a los muchos embarazos de la mujer de principios del periodo victoriano. Ahora los avances de la medicina habían hecho descender la mortalidad infantil, y ya no era necesario ni estaba de moda tener muchos hijos. El corsé tardo victoriano se alargó hasta medio muslo, restringiendo drásticamente la locomoción. Poco a poco comenzó a empujar el pecho hacia adelante y las caderas hacia atrás, creando la silueta en forma de ese con su mono pechera caída y su mono trasero saliente. Sobre el corsé se llevaba un cubrecorsé, una camisola, varias enaguas y vestidos con faldas que arrastraban por el suelo y colas. Todas estas prendas iban ricamente adornadas con encaje, volantes, alforzas, cintas y bordados, y estaban en continuo peligro de arrugarse o mancharse. La mujer normal que tenía un trabajo u opiniones independientes podía llevar, en lugar de un vestido largo con adornos de encaje, un traje de lana o de hilo de corte más sencillo (el traje sastre) con una blusa, una corbata y un canotié de paja imitando los de hombre. Pero esta imitación era superficial. Debajo de la ropa el corsé era igual de incómodo y restrictivo que siempre, y cuando levantaba su pesada falda mostraba un batiburrillo de finas enaguas y medias de encaje. El mensaje de esta indumentaria estaba claro: la supuesta eficacia o la fuerza intelectual «masculinas» eran sólo externas; por debajo, la mujer seguía perteneciendo al sexo más débil. Sin embargo, llevar este tipo de ropa no significaba necesariamente aceptación del statu quo. Algunas famosas por su elegancia. Esta estratagema se utilizó también durante la segunda oleada de la liberación de la mujer, por parte de Gloria Steinem, entre otras.

LA CHICA MODERNA

A principios del siglo XX se lograron avances sustanciales en la re-forma del vestido. Lentamente, las mujeres empezaron a liberarse de la obligación de actuar como anuncios ambulantes de su propio desamparo y de la riqueza de sus parientes varones. (Sin embargo, la lucha fue ardua y de ningún modo ha concluido.) Hubo también un relajamiento gradual del corsé y una subida de la falda, que dejó ver la Una vez que a las mujeres les resultó más fácil respirar y ya no tenían cola con la que tropezar, estaban en mejor situación de participar en los deportes. Algunas, aunque a nuestros ojos aún en condiciones de absurda desventaja, entraron en la competición profesional. A finales de la primera guerra mundial la ropa de mujer era ya relativamente poco restrictiva, pero aún estaba condicionada por el sexo y de ningún modo era tan cómoda como la de hombre. Se produjeron diversos intentos contrarrevolucionarios-particularmente, la introducción de la falda tubo, pero por lo general no prosperaron. Sin embargo, como en to-dos los periodos de transición, constituyeron una guía útil sobre las opiniones políticas y sociales de las mujeres que las llevaban. La ropa de los años veinte se pensó que representaba la máxima libertad para las mujeres, y ciertamente fue un alivio para cualquiera que tuviese la edad suficiente para haber llevado los estilos de veinte años antes. Sobre todo, esta ropa redujo drásticamente el tiempo que había que dedicar a lavarla, plancharla, arreglarla y simplemente a vestirse y desvestirse. La mujer que se cortó el pelo que antes le llegaba hasta la cintura, por ejemplo, se ahorraba varias horas a la semana que antes empleaba en cepillarlo, lavarlo y secarlo, trenzarlo por la noche y hacerse un copete montándolo sobre estructuras de tela metálica y pelo postizo todas las mañanas. Los vestidos de los años veinte a menudo llevaban cuellos o corbatas de niño, pero no eran más que toques divertidos para una indumentaria indudablemente femenina: declaraban que quien los llevaba tenía el encanto de un muchacho, pero que no era un muchacho. Las anda-nadas de los críticos de la época contra las mujeres hombrunas y los años veinte hombres y mujeres se parecen muchos, pero esto se debe entre ambos sexos es menos pronunciada. Incluso con su cuello Buster chica de una generación antes, con su camisa y su corbata tan masculina falda, sus medias de seda y sus escarpines proclaman que básicamente es una mujer.