
Todo comenzó en París; más adelante, nos centraremos en Nueva York, Milán, Londres o Tokio, pero la mayoría de los expertos concuerdan en señalar que la moda, tal y como la conocemos en la actualidad, nació en la capital francesa. París ha sido el epítome del estilo por excelencia, desde los tiempos en que el modisto Worth diseñaba vestidos para la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, hasta el último episodio de Sexo en Nueva York (con toda seguridad, la serie televisiva que más hincapié ha hecho en la moda en los últimos tiempos). Como señala Bruno Remaury, antropólogo social y profesor del Institut Français de la Mode, la más importante escuela de moda francesa: “El término propiamente dicho (fashion) proviene del francés façon, que significa trabajar de una determinada manera, y travaux à façon es el término francés que tradicionalmente designaba a la modistería”.
París continúa transpirando moda; en la orilla derecha del Sena (históricamente, el corazón comercial de la ciudad), el área donde se sitúan los comercios de moda se despliega como un abanico incrustado de joyas cuyo vértice es el Musée de la Mode, situado en una de las alas del Louvre, y que abarca las resplandecientes boutiques situadas a lo largo de la Rule du Faubourg Saint Honoré (donde también se hallan las oficinas de la edición francesa de Vogue), la ultramoderna Colette (que comercializa ropa de diseñadores). Y eso no es todo: más allá de esta zona, más conocida y dedicada a los negocios de moda, se hallan otras importantes zonas calientes del estilo y la moda, como, por ejemplo, la Avenue Montaigne, Saint Germain y Le Marais. En todos estos lugares hay colas en los probadores y gente hablando frente a los escaparates, bolso de marca al hombro. Quienes trabajan en la industria de la moda os dirán que el sector está en crisis, pero en la calle no existen indicios que apoyen esta afirmación. La actividad durante la temporada de ventas en París es una mezcla entre un partido de rugby y un combate de boxeo, pero sin las buenas maneras. A comienzos del siglo XXI, está terriblemente de moda ser moderno.
Adictos al estilo
Las marcas de moda emplean técnicas variadas para persuadirnos de que gastemos el dinero ganado con el sudor de nuestra frente a cambio de la emoción transitoria de ponernos algo nuevo. En nuestro interior, sabemos que todo es un espejismo, ya que todos tenemos prendas más que suficientes, ninguna de las cuales corre el peligro inminente de caerse a jirones. ¿Entonces, por qué seguimos comprando ropa? ¿Puede realmente atribuirse todo al marketing? Como señala el erudito de la moda Bruno Remaury: “El marketing tradicional se basa en la necesidad: se toma un producto que responde a una demanda existente y se intenta demostrar que es el mejor de su categoría. Sin embargo, la moda se basa en crear una necesidad donde, en realidad, no la hay. La moda es una factoría que fabrica deseo”.
Muchos de quienes se dedican al negocio de la moda parecen sorprendidos (o, al menos, ligeramente divertidos) por la proclividad de los consumidores a ser seducidos. El consultor de moda Jean Jacques Picart, quien ha trabajado para marcas como Christian Lacroix y Louis Vuitton, comenta al respecto: “Para aquellas personas genuinamente obsesionadas con la moda, ésta es una especie de droga; esto es una teoría personal, aunque creo que es cierta, ya que, para estas personas, el cambio exterior equivale a un cambio interior, y tienen la sensación de que si cambian su aspecto también evolucionan emocionalmente”. Picart señala que la preocupación por la moda es síntoma de una cierta inseguridad: “Los fashionistas más extremos tienen algo de vulnerable, como si temieran ser juzgados. Viven en un estado de perpetua ansiedad en lo que concierne a su aspecto”.
Con una franqueza aplastante, Picart describe su profesión como “un poco cínica, un poco perversa (…) La profesión de la moda tiene un único objetivo: crear atracción por la marca, del mismo modo en que se intenta crear el sex-appeal. Todo lo que hacemos está pensado para que la gente se enamore de nuestra marca. Todo el ornato propio de nuestro sector (los desfiles, la publicidad, los famosos, la cobertura mediática) se conjuga para que, si hemos hecho nuestro trabajo adecuadamente, alguien entre por la puerta de una tienda”. Todo esto suena diabólicamente moderno. Sin embargo, aunque el anzuelo se haya hecho más sofisticado, la creación de marcas de moda ha estado presente entre nosotros durante mucho tiempo, casi tanto como la Venus atrapamoscas.
