Cómo convertirse en una marca de moda de diseñador

En la misma edición del International Herald Tribune que mencionaba a los adolescentes con aspiraciones, un artículo de Suzy Menkes comparaba a dos diseñadores bien diferentes: el prometedor Zac Posen, cuyos patrocinadores incluyen a Cartier y al magnate de la música Sean “P. Diddy” Combs, y Miguel Adrover, un diseñador reflexivo y multicultural quien, al finalizar su último desfile, apareció sobre la pasarela vistiendo una camiseta en la que se leía: “¿Habéis visto por ahí a algún patrocinador?”. Para ser diseñador, además de talento, hace falta tener suerte, un propósito firme y ser hábil en el arte de la autopromoción, y sólo unos pocos poseen todas estas cualidades. Unas semanas después de mi encuentro con Jean Paul Gaultier, me apresuro por una calle del centro de Londres, donde reina un calor inesperado, sudando copiosamente; llego tarde a mi entrevista con uno de los diseñadores favoritos de la ciudad. Si el evento de Gaultier era un asunto multitudinario donde yo sólo era uno más entre cientos de periodistas, Matthew Williamson y su socio, Joseph Velosa, han accedido dedicarme, a mí y a mi libro exclusivamente, algo de su tiempo.

Williamson hizo su aparición en escena, como se suele decir, durante la London Fashion Week de 1997. Su colección de debut fue presentada por modelos como Kate Moss, Helna Christensen y Jade Jagger, entre otras, lo cual no estaba nada mal para un principiante, y la prensa no pudo por menos que hacerse eco del asunto. El desfile apareció en las primeras planas de la prensa británica y Williamson fue rápidamente aclamado no sólo por la edición británica de Vogue (de quien ya era conocido, como veremos más adelante), sino también por las revistas de moda de todo el mundo. En la actualidad, Williamson desfila en Nueva York, sus prendas se venden en más de cien tiendas de todo el mundo y posee su propia boutique en el barrio londinense de Mayfair. Madonna, Sarah Jessica Parker, Gwyneth Paltrow, Kirsten Dunst y Nicole Kidman visten sus diseños, que atraen a las famosas como un imán. Williamson es, probablemente, el diseñador británico más descaradamente comercial.

La empresa de Williamson está ubicada en una calle cercana a Tottenham Court Road, en una bonita casa unifamiliar colorida y abarrotada, de un estilo muy neo Bloomsbury, y lo primero que hago al entrar es tropezarme con un perrito. “Ah, veo que ya has conocido a Coco”, me dice la recepcionista, cuando el spaniel de ojos brillantes me sigue hasta su oficina. Unos instantes después, subo la escalera hacia lo que parece el piso superior de la casa, mientras vislumbro a gente trabajando en áreas que parecen madrigueras: un ordenador por aquí, un montón de dibujos por allá. Las paredes están pintadas en tonos cálidos y suntuosos que traen a la mente la India o Marruecos, lugares que han servido de inspiración para los diseños de Williamson. Joseph Velosa (un joven de cabello oscuro y voz calmada y mesurada) me conduce hasta una oficina amplia y luminosa. Mi vista se dirige hacia las ilustraciones que cuelgan de la pared del fondo, pertenecientes a la colección de primavera verano 2005 de Williamson, que el diseñador presentará en Nueva York en septiembre.

Velosa y Williamson se conocieron cuando el diseñador todavía estudiaba en Saint Martin’s; en aquel entonces, Velosa cursaba la carrera de Filosofía, lo que difícilmente parece encajar con sus evidentes dotes para el marketing. De aquella atracción mutua nació una asociación empresarial en1 la que Velosa está al cargo de la parte estratégica mientras que Williamson diseña y pone rostro a la marca. No obstante, esta frontera entre ambos aspectos del negocio es menos estricta de lo que parece a simple vista, como Williamson se apresura a señalar: “Siempre se nos presenta como si (Joseph) se pasase el día revisando extractos bancarios mientras yo hago remilgos con el lápiz”, bromea el diseñador, cuyo leve acento de Manchester le confiere un aire sardónico y autocrítico. “De hecho afirma, a mí me encanta la vertiente empresarial, y Joseph es muy creativo.”

Esta dinámica de trabajo tiene ciertos precedentes; quizá la comparación más obvia sea con Pierre Bergé e Yves Saint Laurent, pareja tanto en la vida privada como en los negocios, quienes fundaron su compañía en 1961, con Bergé en el puesto de director general (el mismo cargo que ocupa Velosa); de hecho, el museo parisino dedicado a la obra de Saint Laurent se llama Fondation Pierre Bergé/Yves Saint Laurent. Williamson es delgado y energético, y la pulcra barba que se ha dejado crecer no puede enmascarar un cierto aire juvenil, que, sin embargo, no debe confundirse con falta de seriedad o de ambición, ya que Williamson es una de esas raras personas con vocación: “Siempre supe lo que quería hacer; incluso cuando tenía once o doce años, ya sabía que quería dedicarme al arte o al diseño y, poco tiempo después, me di cuenta de que lo que realmente me interesaba era la moda. En cierto modo, todo era instintivo: durante toda mi etapa escolar se me dio muy bien todo lo artístico, y tenía interés por la ropa; siempre estaba dibujando. Cuando fui a inscribirme en el curso preparatorio en el Instituto Politécnico de Manchester, la persona que me atendió le echó un vistazo a mi portafolio y me dijo que sería una completa pérdida de tiempo, que debía inscribirme directamente en Central Saint Martin’s”. Y eso fue lo que Williamson hizo; fue admitido tras la primera entrevista. “Pensaba que no tenía ni la más mínima posibilidad de ser admitido, así que acudí a la entrevista con desgana. Debieron malinterpretar lo que era nerviosismo como sangre fría y confianza en mí mismo”, recuerda el diseñador con una sonrisa.