
Sin embargo, a principios del siglo XIX apareció un nuevo ideal femenino. Se redefinió a las mujeres como seres a mitad de camino entre los niños y los ángeles: criaturas débiles, tímidas e inocentes de nervios sensibles y pudor vulnerable que sólo podían estar verdaderamente seguras y felices bajo la protección de un hombre. Se admiraba la ligereza y la fragilidad físicas, y lo que por entonces se llamaba «salud robusta “se consideraba burdo y de clase baja. La palidez y la delicadeza, sonrojarse y desmayarse fácilmente y estar tirada por los sofás era cosa de damas; la fuerza y el vigor eran características de criadas vulgares de mejillas sonrosadas y ancha cintura y de trabajadoras de fábricas. Cuanto más inútil y desvalida pareciese una mujer, más alta se suponía su posición social y más elegante y bella se la percibía. Las modas de principios del siglo XIX estaban diseñadas para dar un aspecto de frágil inmadurez. Ponían de relieve la debilidad de la estructura y de la sustancia mediante el uso de colores pálidos y tejidos delicados y fáciles de estropear. Más inquietante era el hecho de que estas ropas perpetuaban la encantadora mala salud de quienes las lucían al obligarlas a llevar zapatillas de suela fina y vestidos escotados de manga corta hechos de muselina semitransparente. Cuando se usabre y los dolores de garganta que son tan frecuentes en las novelas de Jane Austen y de las hermanas Brontë; viendo los retratos de la época, no es de extrañar que la tisis fuese la enfermedad más temida de aquel entonces.
LA MODA DE LA DEBILIDAD: EL CORSÉ
Hacia la década de 1830, las modas de mujer ofrecían algo más de protección contra el clima, pero siguieron sugiriendo y fomentándola fragilidad física. La indumentaria de principios de la época victoriana no sólo hizo a las mujeres parecer débiles y desvalidas. El principal agente de esta debilidad, como han señalado muchos autores, fue el corsé, que por entonces se veía no como una simple moda sino como una necesidad física. La «estructura» de las damas, se pensaba, era extremadamente frágil: sus músculos no podían mantenerlas en pie sin ayuda. Como otras muchas creencias de tal índole, ésta tenía que hacerse realidad por obligación. A las niñas bien educadas, con la mejor de las intenciones, las comprimían en versiones juveniles del corsé a la temprana edad de tres o cuatro años. Gradual pero incesantemente, sus corsés se iban haciendo más largos, más rígidos y más ceñidos. Al llegar al final de la adolescencia iban metidas en jaulas de pesada lona reforzada con barba de ballena o acero. Como consecuencia la mujer que iba vestida a la moda se sonrojaba y se desmayaba con facilidad, sufría de falta de apetito y de molestias digestivas, y se sentía débil y cansada al hacer un esfuerzo excesivo. Cuando se quitaba el corsé la espalda empezaba a dolerle enseguida, y a veces seguía sin poder respirar bien porque había tenido las costillas oprimidas durante mucho tiempo.
Sobre esta debilitadora prenda de base la mujer victoriana llevaba varias capas de camisones, tres o cuatro enaguas más, un miriñaque y un vestido largo que podía llevar hasta veinte metros de gruesa lana o seda y que con frecuencia también iba emballenado en el corpiño llevando adornos adicionales de tela, cinta y abalorios. En total podía llevar entre cinco y quince kilos de ropa; un escritor de la época, pensando que esto era una carga excesiva, sugería un peso de tres kilos como el mínimo para una mujer respetable. Pero incluso con todo este peso a la espalda la dama victoriana no iba protegida contra el clima, pues la moda (especialmente la moda de noche). Pero entonces las damas no «andaban》, pues en el discurso educado no tenían piernas más bien se 《deslizaban》o se «desplazaban» por el suelo como una aspiradora, y por supuesto no corrían. En una emergencia lo apropiado era desmayarse, confiarse a la protección del caballero más cercano.
Más importante aún que la justificación médica del corsé era su justificación social. Una dama podía ser pura e inocente, por supuesto, pero esa pureza e inocencia sólo se podían conservar con vigilancia constante. Por tanto, no debía ir a la universidad ni ejercer una profesión; no debía viajar sin una dama de compañía; no debía visitar las habitaciones de un hombre; y no debía ver ninguna obra de teatro ni leer ningún libro que pudiera encender su imaginación: hasta Shaler. Pese a esta protección, la mujer de principios de la época victoriana hombre y de su propia debilidad. Necesitaba estar al mismo tiempo mente reforzada, que haría del acto de desvestirse un proceso difícil y demasiado largo. Pese a tan grueso blindaje contra un ataque frontal, la mujer de mediados de la época victoriana a menudo era fácilmente accesible desde otra dirección, puesto que no llevaba ropa interior como la moderna. Si quería podía ponerse lo que se llamaban «calzones» ropa interior ancha compuesta de dos secciones independientes, unidas sólo por la cintura y por lo demás completamente abierta, pero éstos conferían más status que protección. Aunque esto dejaba a la dama victoriana embarazosamente expuesta en caso de accidentes, la ropa interior cerrada se consideraba indecente porque imitaba la de hombre. Las feministas victorianas llamaron más tarde la atención sobre esta contradicción: la doctora Mary Walker, por ejemplo, señaló que «si los hombres fuesen realmente lo que profesan ser no obligarían a las mujeres a vestir de tal manera que las facilidades para el vicio fuesen siempre tan asequibles».
