
En el período posterior a la Primera Guerra Mundial las mujeres protagonizaron más de una transformación. En Gran Bretaña y en Estados Unidos obtuvieron el derecho a voto y se quitaron el corsé, lo que les dio una nueva libertad, física y simbólica a la vez. La cintura descendió de forma espectacular, el largo se elevó hasta por encima de la rodilla dejando al descubierto las piernas por primera vez en la historia y los vestidos dejaron de tapar los brazos y la espalda. Los tejidos delicados y las gasas realzaban la insinuación del desnudo y el sentido de la provocación. Las mujeres ansiaban una nueva silueta sin pecho, a lo chico, que los vestidos flappers supieron materializar. El pelo largo, símbolo en su día de la feminidad, y de la imagen de las mujeres, dejó paso a cortes al estilo eton crop. A lo largo de la década de 1920 Chanel dc pie a numerosos titulares. Tomando como referencia el vestuario masculino, introdujo las americanas, camisas y chaquetas de hombre en el armario de las mujeres. A menudo utilizaba lana y tweed grueso para potenciar la estética andrógina que buscaba. Por si todo ello no fuera lo suficientemente rompedor, lanzó también pantalones náuticos, que ella misma solía llevar, lo que aceleró su uso por parte de las mujeres.
La edición estadounidense de Vogue lo comparó con el modelo de coche T de Ford y lo bautizó como «el Ford de Chanel […] un uniforme para todas las mujeres con buen gusto». La diseñadora supo apreciar las cualidades del negro como color elegante y favorecedor, y apostó por él. A pesar de los cambios que ha experimentado a lo largo de los años, La Petite Robe Noire sigue vigente, y raras son las firmas que no cuentan con una versión de este básico femenino. Si Chanel fue pionera del look a lo chico, Madeleine Vionnet (1876-1975) se inspiró en la belleza atemporal de las estatuas griegas e interpretó de forma distinta la liberación del cuerpo femenino. Esta auténtica arquitecta del vestido inventó el corte al bies, una técnica para cortar el patrón que consiste en colocar las telas en diagonal, formando un ángulo de 45 grados respecto al orillo. La destreza de Vionnet no sólo liberó la silueta femenina, sino que además la acentuó mediante ingeniosas caldas de tela y dobleces. Al seccionar transversalmente el veteado de la tela, el corte al bies facilita que el tejido adquiera vuelo y caiga de forma natural, generando volúmenes y pliegues. Los que en su día contemplaron a Vionnet trabajando en sus primeros diseños y probándolos sobre muñequitas ya habían detectado en ella a una escultora que creaba vestidos neoclásicos modernos. La sensibilidad con que trató a la figura femenina consolidó su reputación en la historia de la moda, y su famoso corte al bies sigue inspirando a diseñadores contemporáneos como John Galliano y Azzedine Alaïa.
Como ya es sabido, el crack de la bolsa de 1929 derivó en recesión mundial y provocó un desempleo masivo durante la década de 1930.La industria francesa de la alta costura, que dependía de las exportaciones a Estados Unidos, vio cómo disminuían o se anulaban los pedidos de grandes almacenes y clientes particulares, lo que la obligó a tomar medidas drásticas. Los precios se redujeron de forma espectacular y empezaron a producirse gamas más baratas, prêt à porter, y otros artículos relacionados con la moda. Se dejó de trabajar con técnicas laboriosas, como los bordados, y se dio prioridad al patronaje. Las formas cuadradas y holgadas de la década de 1920 dejaron paso a patrones más provocativos, que marcaban el contorno del cuerpo. Y el corte al bies se utilizó para focalizar la atención en cada curva.
La ocupación alemana de París durante la Segunda Guerra Mundial supuso la mayor amenaza para la industria de la alta costura, puesto que corrió el riesgo de tener que trasladarse forzosamente a Berlín y Viena. Con el apoyo del gobierno colaboracionista francés, la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne se mantuvo firme e independiente, y la mayoría de las casas de costura continuaron funcionando. Los mafiosos del mercado negro y las esposas de los oficiales nazis y embajadores extranjeros mantuvieron vivo el negocio. Más de un centenar de talleres, entre ellos los de Worth, Pierre Balmain, Jeanne Lanvin, Lelong y Balenciaga, lograron sobrevivir y permanecieron abiertos, lo que permitió salvar unos doce mil puestos de trabajo. Para contribuir al esfuerzo bélico se introdujeron nuevos reglamentos que gestionaban la industria de la indumentaria. La seda se destinó a la fabricación de paracaídas, y la lana, a la confección de uniformes militares. La alternativa estaba en las fibras sintéticas, como el rayón, el nailon o el punto sintético. Entre las normativas aprobadas por la Junta de Producción de Guerra estadounidense, la regla del «no fabric on fabric» (‘nada de tela sobre tela’) prohibía las vueltas en los puños y los bajos de los pantalones, así como los bolsillos superpuestos.
