
Actualmente, con la democratización de la moda, hay una consecuente ruptura de la relación entre el confeccionista y la clienta: la mujer que compra ropa en un supermercado o en grandes negocios de ropa no conoce al confeccionista ni él a ella; por lo tanto, es cada vez más importante que la mujer desarrolle su propia creatividad interior, utilizando el juego de las máscaras en el proceso de conocimiento. A medida que se vaya delineando alejará el disfraz y aprenderá a vestirse. Para ello es necesario que reúna la fuerza suficiente como para escaparse del círculo vicioso y mágico que la aprisiona: inseguridad necesidad de uniformarse, seguridad aparente, disconformidad inseguridad; vicioso porque no le permite crecer, y mágico porque consigue sin ningún esfuerzo de su parte una seguridad aparente y sumamente cara, ya que el precio que tiene que pagar es una gran insatisfacción personal.
La mujer que sumerge su potencial creador sin permitirle salida se condena a la ansiedad, a la confusión y, la mayoría de las veces, a ejercer una agresión sistemática. Si bien se propone usar a la moda como un juego gratificante y accesible para dar vía de escape a las potencialidades creadoras, tal vez pueda conseguir el mismo resultado a través de otras formas y actividades con distinto grado de compromiso espiritual según la formación y el tiempo de que disponga para ella misma; aunque actualmente el tiempo es tan escaso y el vestirse tan necesario que fácilmente la moda puede convertirse en uno de los pocos caminos posibles.
Conocerse y estudiarse mucho a sí misma, encontrando lo que la afirma y lo que la descoloca, es el camino que la mujer tiene para llegar a la creatividad, o sea al modo de organizar de manera singular lo que la rodea. Sólo al superar la copia se puede llegar a la originalidad, que es una vuelta a los orígenes, a las propias raíces entendiendo por propios a todos aquellos aspectos de la personalidad que son centrales para el sentido de la existencia. Al mismo tiempo, la mujer necesita una gran dosis de modestia y valor, porque al perder su pasividad y tratar de modificar la realidad que la envuelve es posible que incomode a los que la rodean. Romper con el mito que cada mujer se construyó es bastante difícil, porque el mito protege y facilita las cosas, dando respuestas automáticas y digeridas, y alejando del difícil camino de la elección y de la libertad. Porque el elemento central del mundo de cada persona es el “sí mismo”; el “yo” es también un producto social, y cualquiera sea el grado de independencia que una persona crea tener, le es casi imposible permanecer insensible a las opiniones de los demás. El concepto que cada mujer tiene de sí misma deriva de esas opciones y de su modo de interpretarlas, a tal punto que la satisfacción o insatisfacción que una mujer siente ante el espejo cuando termina su arreglo se debe en gran parte a lo que ella juzga que van a ser las reacciones de los otros ante su imagen.
En todas las relaciones sociales las mujeres se preguntan qué piensan los otros de ellas y cómo los afectan sus acciones, vestidos o lenguaje. En nuestro país, el desmesurado peso de la importancia del “qué dirán” forma un marco de referencia que frena y condiciona a las mujeres en sus elecciones y en su desarrollo personal, y no les permite destruir su propio mito. El juicio que cada mujer tiene de sí misma depende exageradamente de su creencia sobre lo que las otras personas piensan de ella. Es decir que una mujer que busca conocerse a sí misma no solamente tendrá que alternar distintos estilos, desconocer sus propios mitos y lograr una apertura hacia lo nuevo, sino también reunir el valor suficiente para evitar ser un espejo de los demás.
Es interesante considerar que para que la moda cumpla con destreza la misión de ayudar a delinear la identidad personal no solamente tendrá que existir una real voluntad de cambio en la mujer, sino que esta necesidad deberá extenderse a la misma moda. La mujer al exigir una mayor creatividad e imaginación, obligará a la moda a adecuarse a la nueva situación. Aunque es sumamente difícil determinar un cambio en la moda que la acerque a la creatividad y a la originalidad, éste debe ser gestado en primer lugar a nivel individual, es decir producirse por una exigencia de la mujer consumidora que obligue a los grupos a seguirla, o, por el contrario, iniciarse en los grupos que conforman la larga cadena de producción de moda.
