
Las modificaciones rápidas solo afectan sobre todo a los accesorios y ornamentos, a la sutileza de los adornos como así también a la amplitud, en tanto que la estructura de los trajes y las formas generales permanecen mucho más estabilizadas. El cambio de la moda concierne ante todo a los elementos más superficiales y afecta con menos frecuencia al corte de conjunto de los vestidos. El verdugado, ese armazón con forma de campana que reemplaza al vestido, y que aparece en España hacia 1470, no se abandonará hasta mediados del siglo XVII; el ringrave se utiliza todavía durante un cuarto de siglo, y el jubón, alrededor de sesenta años. La peluca conoció un auge de más de un siglo, la ropa a la francesa conservó el mismo corte durante varios decenios desde mediados del siglo XVIII. Son los ornamentos y perifollos, los tonos, cintas y encajes, los detalles de forma, los matices de ancho y largo, los que no cesaron de renovarse: el éxito de los peinados a la Fontanges bajo Luis XIV duró treinta años, pero las formas fueron variando. Se trataba siempre de una construcción elevada y compleja compuesta de cintas, encajes y bucles de cabello, pero la arquitectura fue presentando múltiples variantes, a la cascada, a la descarada, en empalizada, etc. Los miriñaques del siglo XVIII, esas enaguas provistas de aros de metal, estuvieron de moda más de medio siglo, pero con formas y holguras diversas: de velador, de forma circular, de cúpula, de góndola, que hacía parecer a las mujeres «aguadoras», de recodo, fomando un óvalo, la menor, las cbillonas, por el ruido de su tela engomada, las consideraciones, enaguas cortas y ligeras.
Avalancha de «naderías» y pequeñas diferencias que forman la moda, que desclasifican o clasifican rápidamente a la persona que las adopta o se mantiene al margen, que convierte súbitamente en obsoleto lo anterior. Con la moda empieza el poder social de los signos ínfimos, el asombroso dispositivo de distinción social otorga al uso de los nuevos modelos. Debido a que los cambios han sido módicos y han preservado la arquitectura de conjunto del traje, las renovaciones han podido acelerarse y provocar «furores». Es cierto que la moda conoce también verdaderas innovaciones, pero son mucho más raras que la sucesión de pequeñas modificaciones de detalle. La lógica de los cambios menores es lo que caracteriza propiamente la moda; ésta es, según la expresión de Sapir, ante todo «variación en el seno de una serie conocida》. La efervescencia temporal de la moda no debe ser interpretada como la aceleración de las tendencias al cambio, más o menos realizadas según las civilizaciones, pero inherentes al hecho humano social.
En G. de Tarde encontramos ya el correcto análisis de ese proceso: mientras en las edades de la costumbre reinan el prestigio de la antigüedad y la imitación de los antepasados, en las eras de la moda domina el culto de las novedades, así como la emulación de los modelos presentes y extranjeros. Se quiere ser más parecido a los innovadores de la propia época y menos a sus antepasados. Gusto por el cambio e influencia determinante de los contemporáneos, estos dos grandes principios que rigen los tiempos de la moda tienen en común que implican el mismo desprecio por la herencia ancestral y, correlativamente, la misma dignificación de las normas del presente social.
La radicalidad histórica de la moda instituye un sistema social de espíritu moderno, emancipado de la influencia del pasado; lo antiguo ya no se considera venerable y solo el presente parece que debe inspirar respeto. El espacio social del orden tradicional ha desaparecido en beneficio dc un vínculo interhumano basado en los decretos versátiles del presente. Figura inaugural y ejemplar de la socialización moderna. La moda ha librado una instancia de la vida colectiva de la autoridad inmemorial del pasado: En los momentos históricos en que prevalecía la costumbre la gente estaba más infatuada del propio país que dc la época, pues se vanagloriaba sobre todo de tiempos anteriores. Por cl contario, en las etapas en que domina la moda se está más orgulloso de la época que del país. Con la moda aparece una de las primeras manifestaciones de una relación social que encarna un nuevo tiempo Legitimo y una pasión propia de Occidente, la de lo «moderno». La novedad se ha convertido en fuente de valor mundano, marca de excelencia social: hay que seguir «lo que se hace» y es nuevo, y adoptar los últimos cambios del momento. El presente se impone como eje temporal que rige un aspecto superficial pero prestigioso de la vida de las elites.
Modernidad de la moda. El tema merece profundizarse. Por una parte, la moda ilustra el ethos de fasto y dispendio aristocrático, cn las antípodas del moderno espíritu burgués consagrado al ahorro, a la previsión, al cálculo. Con la agitación propia de la moda surge una clase dc fenómeno «autónomo» que únicamente responde a los juegos dc deseos, caprichos y voluntades humanos; ya nada de lo externo se impone en virtud de costumbres ancestrales, tal o cual atavío, respecto a la apariencia todo está, por derecho, a disposición de las personas, de ahora en adelante libres de modificar y alterar los signos de frivolidad con los únicos límites de las conveniencias y los gustos del momento. Era de la eficacia y época de las frivolidades, la dominación racional de la naturaleza y las locuras lúdicas de la moda sólo son antinómicas en apariencia; de hecho, se da un estricto paralelismo entre esos dos tipos de lógicas. A la vez que en el Occidente moderno los hombres se han dedicado a la explotación intensiva del mundo material y a la racionalización de las tareas productivas, a través de lo efímero, de la moda, han confirmado su poder de iniciativa sobre la apariencia. En los dos casos se afirma la soberanía y autonomía humanas que se ejercen sobre el mundo natural como sobre su decorado estético. Proteo y Prometeo provienen del mismo tronco, han instituido juntos, según caminos radicalmente divergentes, la aventura única de la modernidad occidental en vías de apropiación de los datos de su historia.
